El Efecto Oliver

35. EL PRIMER GOLPE

CALI
El ambiente en la mansión de los Valente se había vuelto irrespirable.
La derrota profesional había podrido lo poco que quedaba de humanidad en Leo.

Ya no era el hombre calculador que me extorsionó en Dubai; ahora era un animal herido y acorralado que descargaba su frustración en el único blanco que tenía a mano: yo.

Esa noche, el silencio de la casa se rompió con el estruendo de un cristal estallando en el salón.

-¡¿Dónde están?!- rugió Leo desde la planta baja.

Bajé las escaleras con el corazón en la garganta. Lo encontré volcado sobre mi escritorio privado, tirando mis maquetas al suelo y pisoteando el cartón pluma con saña. Tenía una botella de whisky a medio terminar en la mano y los ojos inyectados en odio.

-Leo, para. Estás borracho- dije, intentando mantener la voz firme, aunque mis manos temblaban.

-¡Estoy harto de tus aires de grandeza, Caliope!- gritó, caminando hacia mí con paso errático. Me acorraló contra la barandilla de la escalera. -¡Crees que eres la dueña de todo esto porque un imbécil anónimo te regala acciones! ¡Pero sigues siendo mi mujer! ¡Sigues siendo una moneda de cambio!-

Me agarró del brazo con una fuerza que me hizo soltar un gemido de dolor. Sus dedos se clavaron en mi piel, prometiendo dejar moratones al día siguiente.

-Suéltame, me estás haciendo daño-le pedí, tratando de zafarme, pero él apretó más.

-¿Te duele?- se rió en mi cara, su aliento apestando a alcohol. -Más me duele a mí ver cómo te pavoneas por la oficina mientras ese "fantasma" me quita hasta el derecho a respirar. Pero se acabó. Mañana vas a firmar la transferencia de esas acciones a mi nombre. O juro por Dios que no volverás a diseñar ni una caseta de perro en esta ciudad-

-No voy a firmar nada- le respondí, aguantando las lágrimas.

Su reacción fue un destello de violencia pura. Me lanzó un bofetón que me hizo caer al suelo, golpeándome la mejilla contra el borde de un escalón. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca de inmediato. Me quedé allí, aturdida, mientras él se inclinaba sobre mí, agarrándome por el pelo para obligarme a mirarlo.

-Eres una desagradecida- siseó. -Te saqué de la miseria de Oliver, te di un apellido, y así me lo pagas. Si ese inversor cree que puede protegerte, se equivoca. Aquí dentro, estás sola conmigo-

Me soltó de un tirón y me dejó tirada en el suelo. Subió las escaleras a trompicones, encerrándose en su habitación y dejando tras de sí un rastro de destrucción.

Pasé la noche en el sofá del estudio, temblando, con una bolsa de hielo en la cara. Me sentía más sola que nunca. Mi "protector" me estaba dando el mundo exterior, pero no podía ver lo que pasaba tras las puertas cerradas de mi casa.

A las tres de la mañana, mi teléfono vibró sobre la mesa. No era un mensaje de texto. Era una notificación de la cámara de seguridad de la entrada. Miré la pantalla y el pulso se me detuvo.

En la acera opuesta de la calle, bajo la lluvia incesante de Londres, había una figura. Estaba inmóvil, vestida de negro, oculta bajo una capucha. No se movía. No intentaba entrar. Simplemente miraba hacia mi ventana con una intensidad que traspasaba la pantalla.

No podía ver su rostro, pero sentí un escalofrío. No era un ataque; era una vigilia. Aquella figura estaba allí, bajo el frío, como un guardián silencioso que acababa de presenciar lo que Leo me había hecho.

La luz de una farola iluminó por un segundo sus manos, que estaban cerradas en puños tan apretados que sus nudillos se veían blancos.

Esa noche entendí que el "fantasma" no solo estaba comprando mi deuda. Estaba contando cada golpe, cada insulto, cada lágrima.

A la mañana siguiente, cuando Leo bajó para seguir con su tortura verbal, se encontró con algo que no esperaba. Al abrir la puerta principal para recoger el correo, encontró un objeto clavado en la madera con un cuchillo.

Era el reloj de lujo que Leo había perdido meses atrás en una apuesta, pero estaba destrozado, aplastado como si una prensa hidráulica lo hubiera convertido en chatarra. Junto a los restos, una nota simple:

"Cada marca que dejes en ella, será una grieta en tu propia estructura. No habrá más advertencias."

Leo palideció y cerró la puerta de golpe, echando todos los cerrojos. Estaba aterrorizado.

Yo, desde el comedor, limpiándome la herida de la boca, sentí que por primera vez el miedo cambiaba de bando.
Oliver —o quienquiera que fuese ese espectro— no iba a salir de las sombras para salvarme con un abrazo. Iba a destruir a Leo pedazo a pedazo, convirtiendo su vida en un infierno de paranoia hasta que no quedara nada de él. Y yo, por primera vez, no sentí lástima.

***

El maquillaje era una máscara pesada que apenas lograba ocultar el tono violáceo de mi pómulo.

Leo me había obligado a ponerme un vestido de cuello alto y mangas largas, asegurándose de que ninguna marca de su "propiedad" fuera visible para los invitados.

-Sonríe, Cali- me siseó al oído mientras me apretaba el brazo con una fuerza que me cortaba la circulación. -Si los abogados de A.S. Solutions notan que algo va mal, te juro que lo de ayer parecerá un juego de niños-

Los abogados llegaron puntuales. Eran dos hombres de trajes impecables y rostros inexpresivos que no aceptaron ni una copa de vino.

La cena fue un tormento. Leo intentaba sonar profesional, pero su voz temblaba de ansiedad cada vez que mencionaba la deuda.

-Mi cliente tiene una condición innegociable para refinanciar el proyecto del Southbank- dijo el abogado principal, clavando su mirada en mí. -El control total de los fondos de contingencia debe ser transferido a la firma personal de la señora Thorne. Usted, señor Leo, quedará como consultor externo. Sin voto-

Leo se puso lívido. Sus nudillos se pusieron blancos mientras apretaba los cubiertos.

-¿Consultor? ¡Es mi empresa! ¡Yo soy su marido!-




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