El Efecto Oliver

36. EL DIVORCIO DE LAS CENIZAS

CALI
La mañana después del "incidente" eléctrico, la mansión se sentía como un mausoleo. Leo no había regresado. Sus zapatos seguían tirados en el pasillo, un recordatorio patético de su huida.

Sabía que no tenía mucho tiempo; Leo era cobarde, pero cuando el miedo se disipara, la rabia y el orgullo volverían, y con ellos, sus abogados.

Llamé a Julian.

-Necesito que vengas. Ahora- le dije, mi voz sonaba más fuerte de lo que me sentía.

Julian llegó en veinte minutos. Al ver el estado de la casa —los cristales agrietados, la marca del vino en la pared y, sobre todo, la marca en mi rostro que el maquillaje ya no podía ocultar—, se le desencajó la mandíbula.

-Ese hijo de puta...- susurró, acercándose para examinarme. -Cali, tenemos que ir a la policía-

-No- lo detuve, tomándolo de las manos. -Leo ya no tiene poder. El "inversor" lo ha quebrado. Anoche la casa se volvió loca, Julian. Fue como si las paredes cobraran vida para echarlo. Leo huyó aterrorizado-

Julian me miró con una mezcla de confusión y sospecha.

-Cali, las casas no se vuelven locas. Eso suena a un hackeo de alta gama en el sistema. Quien quiera que sea ese inversor, no solo tiene dinero; tiene acceso a cada cable de esta ciudad-

-No me importa cómo lo hizo. Solo sé que tengo que aprovechar este momento- caminé hacia el despacho y saqué los documentos que los abogados de A.S. Solutions me habían entregado. -Julian, soy la socia mayoritaria. Tengo las pruebas de su maltrato y tengo el control de sus cuentas. Quiero el divorcio. Y lo quiero antes de que el sol se ponga-

Pasamos las siguientes horas trabajando a contrarreloj.

Julian contactó a los mejores abogados de Londres, usando mi nueva posición de poder para acelerar los trámites.

La orden de alejamiento fue lo más fácil; las cámaras de seguridad de la casa (que ahora parecían enviarme los archivos directamente a mi correo sin que yo los pidiera) habían grabado cada insulto y cada empujón de la noche anterior.

Mientras firmaba la demanda, una notificación apareció en mi pantalla. Era un correo electrónico de una dirección cifrada. No tenía asunto. Solo un archivo adjunto: una confesión grabada de Leo Valente admitiendo que había extorsionado a Oliver Vega y manipulado los informes de Dubai para quedarse con la firma.

-Dios mío...- susurró Julian, mirando la pantalla por encima de mi hombro. -Cali, esto no es solo un divorcio. Esto es la destrucción total de Leo. Con esto, irá a la cárcel por fraude internacional-

-Él me lo está dando todo- murmuré, sintiendo un escalofrío. -Mi libertad, la caída de Leo... incluso me está devolviendo la justicia para Oliver-

-¿Sigues pensando que es Oliver?- preguntó Julian con suavidad.

-No lo sé. Julian, si fuera Oliver, ¿por qué no viene? ¿Por qué no me mira a la cara y me dice "te lo dije"? El Oliver que yo conocí nunca se quedaría en las sombras viendo cómo otro hombre me toca-

-Tal vez ese Oliver murió en Dubai- respondió Julian. -Y el hombre que queda solo quiere asegurarse de que tú nunca vuelvas a sufrir, aunque eso signifique que él tenga que ser un fantasma para siempre-

A última hora de la tarde, los abogados de Leo llamaron. Su voz era de pura derrota.

Leo aceptaba el divorcio de mutuo acuerdo, la cesión de todos los bienes y la renuncia a cualquier derecho sobre la firma. A cambio, pedía que no se presentara la grabación del fraude ante las autoridades.

Firmé los papeles con una mano firme. Cuando el último documento fue sellado, sentí que una losa de cemento se levantaba de mi pecho. Era libre. Legalmente, profesionalmente... libre.

Salí al balcón de la oficina de Julian, mirando el skyline de Londres teñido de naranja por el atardecer. El viento soplaba con fuerza, trayendo el olor a lluvia y a metal de las obras cercanas.

-Gracias- susurré al viento, sabiendo que él estaba en alguna parte, escuchando. -Gracias por devolverme la vida. Pero ya es suficiente, Oliver. No quiero a un fantasma. Quiero al hombre que se esconde detras de esa fachada-

En ese momento, en la calle de abajo, un coche negro arrancó lentamente y se perdió entre el tráfico. Por un segundo, creí ver el brillo de unos ojos oscuros reflejados en el retrovisor, pero cuando parpadeé, ya no había nada.

La guerra con Leo había terminado. Pero la verdadera búsqueda de la verdad acababa de empezar.

***

La firma Valente & Partners ahora era simplemente Caliope Arq., pero el éxito me sabía a metal y a soledad.

El "fantasma" me había entregado el proyecto de mi vida: la restauración del antiguo Teatro Royal.

Era una obra colosal, llena de pasadizos olvidados y una acústica que requería una precisión matemática.

Sin embargo, el inversor había impuesto una cláusula que rozaba lo obsesivo.

-Es un genio de la vieja escuela- me había dicho el abogado de A.S. Solutions. -Pero sufrió un accidente... prefiere el aislamiento. Trabajará en la sala del teatro. Usted diseñará desde el palco principal, y él proyectará sus correcciones en la pantalla táctil. No habrá contacto físico-

Acepté porque no tenía opción, pero pronto me di cuenta de que esa sala no era solo un espacio de trabajo. Se había convertido en el corazón de mi existencia.

El teatro estaba equipado con el sistema domótico más avanzado que jamás hubiera visto. Pronto, la opción de que él estuviese detras de todo esto se hizo presente.

Oliver —porque mi alma sabía que era él— empezó a usar el edificio para comunicarse conmigo.

Si me quedaba absorta frente a un plano difícil hasta las dos de la mañana, la calefacción del palco subía dos grados y una luz tenue iluminaba el camino hacia el termo de café que, mágicamente, acababa de terminar de filtrarse solo.

Una noche, mientras lloraba de agotamiento sobre un diseño que no encajaba, el sistema de audio del teatro empezó a emitir un sonido casi imperceptible: el piano de aquella canción que escuchamos en bucle la noche que nos conocimos en Madrid.




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