CALI
El teatro vacío a las dos de la mañana era lo más parecido a una confesión. Las luces del escenario estaban en penumbra, proyectando sombras largas sobre las butacas de terciopelo rojo.
Me senté en el borde del proscenio, con los pies colgando hacia el foso de la orquesta, rodeada por el silencio absoluto del edificio.
O eso creía.
-¿Estás ahí?- pregunté al aire. Mi voz rebotó en la cúpula, regresando a mí como un susurro.
De repente, los altavoces de alta fidelidad, distribuidos estratégicamente para el diseño acústico que estábamos restaurando, emitieron un suave siseo.
Luego, una voz llenó el teatro. No era su voz real; era un sonido procesado, profundo, metálico, como si el propio edificio hubiera aprendido a hablar.
-Siempre estoy aquí, Cali. No deberías estar sentada tan cerca del borde. Es peligroso-
Me estremecí. El tono era artificial, pero la cadencia, las pausas... eso era puro Oliver.
-¿Peligroso?- me reí con amargura, mirando hacia la cabina, donde solo veía el reflejo del cristaL. -Lo peligroso es hablar con una pared. Lo peligroso es que me estés cuidando como si fuera una muñeca de cristal después de haberme roto tú mismo hace meses-
-No eres de cristal- la Voz resonó desde el fondo de la sala, moviéndose hacia los altavoces laterales, envolviéndome. -Eres de acero y mucho mas fuerte de lo que te imaginas. Pero incluso las estructuras más fuertes necesitan descanso. Has pasado catorce horas trabajando sin parar-
-¿Por qué me hablas así?- me levanté, caminando hacia el centro del escenario, donde la acústica era perfecta. -Sal de ahí. Usa tu voz de verdad. Deja de esconderte tras unas pantallas y da la cara-
-Mi voz de verdad dijo demasiadas mentiras- la Voz bajó de volumen, volviéndose casi un susurro que parecía nacer detrás de mi nuca. -Esta voz es más honesta. No tiene orgullo. No tiene pasado. Solo tiene la función de acompañarte-
Me dejé caer de rodillas en el centro del escenario. La soledad de los últimos meses me golpeó de golpe.
-Dime algo que no sea técnico. Dime algo que no sea una orden de descanso-
Hubo un silencio largo. Tan largo que pensé que se había desconectado. Entonces, el sistema de audio cambió. El sonido se volvió más rico, más cálido.
-Ayer te vi detenerte frente a la pastelería de la esquina- dijo la Voz. -No compraste nada, pero te quedaste mirando los pasteles de limón durante tres minutos. Sé que te recuerdan a las tardes en Madrid, antes de que todo se torciera. Quise salir. Quise comprarte la tienda entera. Pero recordé que el hombre que te compraba cosas para comprar tu perdón ya no tiene derecho a acercarse a ti-
-¿Por qué lo haces, Oliver?- lágrimas calientes empezaron a resbalar por mis mejillas. -¿Por qué este martirio?-
-Porque es mi penitencia- la Voz vibró bajo mis pies, a través de los paneles del suelo. -Darte todo lo que necesitas sin que tengas que darme nada a cambio. Convertirme en el aire que respiras, en la luz que te ilumina, en la voz que te lee tus propios diarios cuando no puedes dormir...-
-¿Me has leído los diarios?- pregunté, escandalizada pero extrañamente conmovida.
-He recuperado los archivos que Leo intentó borrar de tu nube. Los he guardado para ti. Sé que escribiste que me echabas de menos. También sé que escribiste que desearías que nunca nos hubiéramos conocido. Ambas cosas son verdad, ¿no es así?-
No respondí. Me tumbé en el suelo del escenario, mirando hacia el techo oscuro.
La voz empezó a recitar un poema de Neruda, uno que solíamos leer en la universidad cuando creíamos que el mundo era nuestro. El sintetizador le daba un tono melancólico, casi de ultratumba.
Me quedé allí, dormida sobre las tablas de madera, arrullada por la frecuencia de un hombre que prefería ser un software antes que enfrentarse al dolor que veía en mis ojos.
En mis sueños, la voz metálica se transformaba en su voz real, y sus manos no eran sombras tras un cristal, sino calor sobre mi piel.
Al despertar, las luces estaban encendidas suavemente y una manta de lana fina me cubría los hombros. La voz se había ido, pero el eco de su confesión seguía vibrando en la estructura del teatro.
Entonces se me ocurrio una idea.
Si él quería jugar a ser un fantasma, yo iba a convertirme en su médium.
Oliver conocía mis rutinas, mis horarios y mis planos, pero había olvidado algo fundamental: yo también conocía sus puntos de quiebre. Sabía qué imágenes, qué olores y qué palabras podían derribar cualquier cortafuegos que hubiera instalado en su alma.
Empecé el lunes con algo pequeño.
En el centro del escenario, justo donde él proyectaba la rejilla de diseño cada mañana, coloqué un frasco de perfume antiguo. No era el mío. Era una esencia de sándalo y lluvia, la misma que él usaba en Madrid. Me senté en la primera fila de la platea y esperé.
-Cali, el perfume entorpece los sensores de humedad del escenario- la Voz resonó, pero esta vez noté una pequeña vacilación en la frecuencia. El software no podía ocultar que la memoria olfativa lo había golpeado. -Deberías retirarlo-
-No es perfume, es un recuerdo- respondí, sin moverme. -¿Te molesta, Oliver? ¿O te recuerda a cuando eras un hombre y no una serie de unos y ceros?-
No hubo respuesta, pero las luces del teatro se atenuaron violentamente, un gesto de rabia muda que me hizo sonreír.
El miércoles subí la apuesta. Sabía que él me observaba a través de las cámaras de alta definición que había instalado para supervisar la obra. Así que llevé al teatro la vieja carpeta de cuero donde guardaba nuestros primeros bocetos de la universidad.
Me puse en el centro del foco principal y empecé a romperlos. Lentamente. Uno por uno.
-¿Qué estás haciendo?- la Voz estalló por los altavoces, esta vez sin el tono metálico. El sintetizador no pudo procesar el grito y emitió un sonido distorsionado, casi humano. -¡Esos planos son historia, Cali! ¡Son el origen de todo!-