OLIVER 2 AÑOS DESPUES
Dos años.
Setecientos treinta días de exilio voluntario en una pequeña aldea de la costa portuguesa, donde el Atlántico ruge con una honestidad que el acero de Londres nunca pudo ofrecerme.
Aquí, nadie sabe quién es Oliver Vega. Para los pescadores y los carpinteros locales, solo soy "el extranjero de las manos hábiles", un hombre que llegó con el alma en pedazos y se dedicó a trabajar la madera hasta que los callos de sus manos ocultaron las cicatrices del pasado.
Durante el primer año, la tentación fue un veneno constante.
Cada noche, frente a mi vieja computadora, mis dedos temblaban sobre el teclado, ansiando hackear el sistema de seguridad de su oficina, solo para verla un segundo a través de una cámara.
Quería saber qué cenaba, si dormía bien, si Leo seguía siendo una pesadilla en sus sueños. Pero me obligaba a cerrar la pantalla.
Si volvía a ser el "fantasma", si volvía a invadir su privacidad, no habría servido de nada marcharme. Amarla significaba, por primera vez, dejar de vigilarla.
Aprendí a construir de verdad. No rascacielos que desafían la gravedad para alimentar el ego de un inversor, sino hogares.
Ayudé a levantar una escuela y tres casas para familias que lo habían perdido todo en un temporal.
Ahí, cargando sacos de cemento bajo el sol abrasador, entendí lo que Cali intentó decirme tantas veces:
la belleza de una estructura no está en su fachada, sino en la seguridad que brinda a quienes habitan en ella.
Ella, mientras tanto, se convertía en leyenda.
Me permitía una sola debilidad: una vez al mes, viajaba a la ciudad más cercana para comprar la revista Architectural Digest.
La veía en las portadas, radiante, con esa mirada felina que ahora proyectaba una confianza absoluta. Vi las fotos de la inauguración del teatro. Analicé cada detalle de las fotos de la obra y sonreí al ver que ella había mejorado mis propios cálculos.
Mi pequeña ingeniera ya no era pequeña; era un gigante.
En una de esas fotos, vi a Julian riendo junto a un hombre, y a Maya con un niño en brazos. Todos seguían adelante. El mundo giraba y yo ya no era el eje sobre el que orbitaba el dolor de nadie. Esa fue mi verdadera liberación.
Hoy, el taller está en silencio. He terminado mi último encargo: una mesa de roble macizo para la biblioteca del pueblo.
Me he mirado en el espejo y apenas he reconocido al hombre que me devolvía la mirada. Tengo el rostro curtido por el salitre, el cabello más corto y una serenidad que me resulta extraña. Ya no hay rastro del Oliver que extorsionaba en Dubai o que se escondía tras cristales esmerilados en Londres.
He sacado de debajo de mi catre un tubo de planos que he guardado como un tesoro. No es un proyecto para un cliente. Es el diseño de una casa en los Cotswolds, un lugar que ella siempre mencionó que le gustaba.
Es pequeña, llena de luz, con un estudio de ingeniería que da a un jardín de lavanda. Es mi propuesta de paz. No es un regalo para comprar su amor, sino un lugar donde, si ella me lo permite, me gustaría envejecer viéndola dibujar.
Esa misma tarde conduci hasta el aeropuerto de Faro. El aire olia a sal y a despedida.
Mientras hago la fila para el mostrador de facturación, el corazón me golpea las costillas con una fuerza que no sentía desde la tarde que nos reencontrarmos en el observatorio, ya no recordaba cuanto tiempo habia pasado desde aquel momento.
Saco el pasaporte y, junto a él, el boleto de avión.
Destino: Londres-Heathrow.
Me pregunto cómo reaccionará cuando me vea.
¿Me cerrará la puerta en la cara con toda la razón del mundo?
¿Llamará a seguridad?
O peor...
¿Me mirará con la indiferencia de quien ya ha olvidado a un muerto?
Cierro los ojos y trato de imaginar su rostro. Imagino que entro en su oficina, sin trucos, sin apagar las luces, simplemente caminando hacia ella como un hombre común.
Imagino el momento en que deje el tubo de planos sobre su mesa y ella reconozca mi trazo. Sé que se pondrá tensa, que sus ojos buscarán en los míos al monstruo que la lastimó. Pero espero que, entre las sombras de lo que fuimos, encuentre al hombre que ha pasado setecientos treinta días aprendiendo a ser digno de ella.
-¿Maleta para facturar, señor?- pregunta la azafata.
-Solo esto- respondo, señalando mi mochila y el tubo de planos.
-Buen viaje, señor-
Camino hacia la puerta de embarque. El miedo es una presión fría en mi estómago, pero por primera vez en mi vida, no trato de controlarlo. Lo acepto. Es el precio de volver a casa.
Sé que ella dijo que me esperaría toda la vida, pero no cuento con eso.
El amor no es una deuda que se cobra, es algo que se mantiene día a día. Y estoy dispuesto a pasar el resto de mis días ganándome el derecho a poner un ladrillo junto al suyo.
Londres me espera. Cali me espera, aunque ella aún no lo sepa. Y esta vez, no habrá muros de cristal ni sintetizadores de voz.
Esta vez, solo seremos nosotros y el vacío que solo se llena cuando dos personas deciden, a pesar de las ruinas, volver a construir.
Guardo el boleto en el bolsillo de mi chaqueta, respiro hondo y cruzo la pasarela hacia el avión.
El Fantasma ha muerto.
Oliver Vega está volviendo a casa.
Gracias a todos por acompañarme en esta hermosa historia ❤️
Espero que les haya gustado tanto como a mi.
Admito que la historia no iba a ser como lo es ahora, pero me gusto mucho cambiarla, sentia que los personajes merecen otras cosas, otras tramas, otra vida.
Cuéntenme, que les parece este final?
Como creen que Cali reaccionara al ver a Oliver?
Lo perdonara?
Lo hara sufrir?
Y lo mas importante...