El Ermitaño

La Propuesta

Bella le envía un mensaje a Eduardo.
—Ven acá, por favor.
Él se presenta elegantemente vestido, se ve extremadamente guapo con su traje negro, camisa blanca y moño negro, con su cabello peinado hacia atrás y algunos rebeldes mechones que caen en su frente.
—¡Guao!, mi amor, ¡qué guapo te ves!
—Gracias, mi reina.
—Esta cremallera no la puedo subir, ¿me ayudas, por favor?
Él le cierra el vestido, ya está maquillada y su cabello rubio cae sobre su espalda.
—Puedes ir sin peluca, no habrá nadie más que nosotros en el salón —le dice él.
—Qué bien, ya estoy cansada de esas pelucas.

Él escoge un auto deportivo negro y se alejan de la mansión, llegan a un lujosísimo restaurante donde son atendidos con esmero, él ha reservado solo para ellos todo el sitio. La exquisita cena es servida y antes de cenar, toman las copas y brindan por ellos.
Después de la cena, él la invita a bailar en una amplia pista de baile al lado del restaurante que pertenece al mismo lugar, donde solo están ellos. Están abrazados y muy juntos, se besan a menudo. Cuando terminan de bailar y caminan hasta su mesa, él la sujeta de la mano.

Ella se detiene para oír qué le quiere decir su novio, Eduardo se pone de rodillas y sacando el anillo de brillantes le dice:
—¿Quieres ser mi esposa?
Ella se queda callada y en suspenso.
—Dime que sí, por favor.
—¡Claro que sí!, ¡siiiii!, ¡quiero ser tu esposa!
Él le pone el anillo de diamantes y la besa con ternura.
—Te amo.
—Yo también te amo.
Se sientan a la mesa y brindan con champán.
—¡Por nosotros! ¡Por nosotros dos!
Chocan las copas y toman un sorbo y se dan un beso.
—Estás elegante, sexy y hermosa —le dice al oído.
Ella sonríe y lo vuelve a besar. Tienen una velada muy romántica, bailan y se marchan ya muy tarde, un hombre de seguridad les trae el auto hasta el frente del restaurante y Eduardo abre la puerta y ayuda a subir a su novia.

En pocos minutos llegan a la mansión, con el control remoto abre la puerta del garaje, cuando están dentro y la puerta cerrada, salen del auto y entran a la casa. Bella pone la música y está cantando feliz, abraza a Eduardo y se sientan en la sala de estar.
Ella se recuesta sobre él.

—Gracias, he sido muy feliz estos dos últimos días, pero hoy estoy sumamente feliz —confiesa ella.
—Yo estoy en las nubes, nunca me había sentido tan pleno, me siento amado, y te amo, te amo tanto que esto es lo mejor del mundo que me ha pasado.

Él la toma de la mano y la invita a bailar, mientras bailan se acarician. Ella hace rato se quitó el abrigo, él se quita el saco y se quita el moño del cuello, se besan llenos de pasión, se van quitando la ropa dejando todo regado hasta quedar en ropa íntima.
Él la carga entre sus fuertes brazos y la lleva hasta su habitación, la besa suave por todo el hermoso cuerpo, la acaricia en los puntos sensibles, extendiendo el preámbulo hasta que la siente en la cumbre de la excitación, siente su humedad y los dos arden de deseos.

Con cuidado de no hacerle daño la posee con suavidad, en una entrega total llena de ternura y de placer infinito, disfrutan a plenitud por largo rato, Eduardo la posee y la estimula hasta hacerla llegar al máximo placer varias veces, los gemidos sensuales de Bella lo enloquecen y Eduardo alcanza la cúspide de su placer sintiendo que la ama como nunca ha amado. Dos personas que por azar del destino cruzaron sus caminos, ahora descansan en la cama abrazados, después de haberse amado con locura.

—¿Cuándo nos vamos a casar? —pregunta él.
—No sé, ¿cuándo quieres tú?
—Tenemos un año viviendo juntos, ¿para qué esperar más?, ya nos conocemos. Escojamos una fecha cercana, ¿qué te parece dentro de un mes?
—Me parece bien —contesta ella.
—Quiero que nos vayamos a Suiza a visitar a mi madre y nos casamos allá —le propone él.
—Me parece muy buena idea, pero me gustaría saber la causa de los atentados y quiénes buscan mi muerte, antes de viajar —dice ella pensativa.
—Voy a trabajar en la investigación con más fuerza, para que nos casemos pronto —asegura él.
—Bien, yo te voy a ayudar.

Eduardo acompaña a Bella al baño y se duchan juntos, luego él seca el hermoso cuerpo de su novia.
Esa noche Bella no tiene pesadillas y duerme tranquila muy cerca de su amado. Eduardo se levanta temprano y va a la casa de Lourdes, su anciana amiga, la encuentra preparando el desayuno.

—Vine a invitarte a mi casa, para que conozcas a mi novia. Deja eso, yo te invito el desayuno, vamos.
Ella sonríe y contesta:
—Dame un segundo, voy por mi abrigo.
La linda anciana se coloca el abrigo sobre su vestido verde con flores y sube con Eduardo al auto deportivo.
De camino él recoge el desayuno que ya había encargado y también compra flores más adelante. Al llegar a la mansión le da la mano a Lourdes y la conduce adentro.

Se asoma a la habitación donde está Bella.
—Levántate mi amor, voy a servir el desayuno, tenemos visita.
Ella se levanta desnuda.
—Ponte ropa mi reina, tenemos visita, alguien que quiere conocerte.
Lourdes está entretenida poniendo flores en un jarrón que coloca en el centro de la mesa. Cuando levanta la vista observa a Bella que viene del brazo de Eduardo.
La anciana se pone la mano en la boca ahogando un grito.

—Gloria, mi niña, eres tú, mi corazón me decía que no estabas muerta.
Se acerca a Bella y llorando la abraza.
—Abuela, he querido verte, pero no sabía dónde vivías.
La anciana le quita un mechón de pelo de la cara, y no parece entender.
—Ella perdió la memoria después de un golpe fuerte que sufrió —aclara Eduardo.
—Pero me reconoció, me llamó abuela —dice Lourdes mientras se seca las lágrimas.
—Lo siento, pero te reconocí por las fotos que he visto de ti en la internet, pero la verdad, hace días que quería verte y abrazarte. También pienso que puedes ayudarme a recordar mi pasado. ¿Cómo se conocen ustedes dos? —pregunta Bella.
—Yo viví en su casa mientras tú estabas en el hospital militar, después supe que era tu abuela cuando me enseñaste su foto en la portátil. Quería llevarte a su casa, pero lo consideré imprudente, por eso la traje aquí.



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En el texto hay: persecucion, secuestros, atentados

Editado: 03.03.2026

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