El grupo aterriza en el helipuerto recién construido; Roko sale como un bólido, corriendo por todos lados. Bella baja de un salto, mientras Eduardo ayuda a Lourdes a bajar y la conduce del brazo hasta la cabaña. Salim está bajando los víveres y hortalizas. Eduardo regresa con un carrito para ayudar a Salim; los dos hombres traen el equipaje y la comida. Salim se pone a preparar el almuerzo; todos tienen mucho apetito.
Lourdes está desempacando su ropa en la habitación que le asignaron. Bella trajo pocas cosas, ya que tiene mucha ropa en la cabaña. Eduardo saca un llavero y va a la cocina.
—Salim, estas son las llaves de la pequeña cabaña; está detrás de la arboleda, por el camino de atrás. La hice limpiar hace tres días; te va a gustar, es muy acogedora.
Eduardo deja las llaves en el tope de la cocina.
—Gracias, jefe.
Bella se quedó dormida en el sofá de la sala y Eduardo la lleva en sus brazos a la alcoba principal; la acuesta con cuidado, le quita los zapatos y la arropa. Luego busca la mochila que ella trajo y su cartera, y la lleva a la habitación. Después busca a Lourdes.
—Quiero caminar un poco mientras la comida está lista. ¿Me acompañas?
La abuela toma su abrigo y sale con Eduardo.
—Amiga, quiero que me ayudes; necesito tu colaboración.
—¿Qué necesitas?
Eduardo respira profundo y le dice:
—Quiero ir a visitar a mi madre, presentarle a mi prometida y, si puedo convencer a Bella, aprovechamos y nos casamos de una vez.
Lourdes sonríe y contesta:
—Son muy hermosos planes, te voy a ayudar; pero ella es testaruda y siempre se sale con la suya. Sin embargo, ella te ama y le hará ilusión el matrimonio. Tenemos que ser muy inteligentes para que no descubra que estamos conspirando para que sea feliz.
Eduardo la toma del brazo.
—Gracias, sabía que podía contar contigo.
Se entretienen caminando y viendo los animales silvestres hasta que escuchan una campana sonando.
—Vamos a comer, muero de hambre.
Regresan a la cabaña donde Bella ya está sentada en el comedor y Salim sirve la comida; todos se sientan a la mesa a degustar el almuerzo.
—Estás hermosa, mi niña, tu cabello ha crecido mucho.
—Gracias, abuelita.
Después de comer, las dos mujeres están recogiendo la mesa y Lourdes pregunta:
—¿Por qué ya no usas tu anillo de compromiso?
Bella se observa la mano y contesta:
—Abuela, es que es muy raro que un hombre use un anillo femenino.
La abuela le dice:
—Deberías ponértelo. Eduardo puede sentirse triste, va a pensar que ya no quieres casarte con él.
Ella se queda pensativa.
—Yo quiero casarme con él; desde que lo conocí vivo enamorada de él, pero tienes razón: he estado distante y no le dedico tiempo de calidad.
Lourdes está colocando la loza en el lavavajillas y le dice:
—No desatiendas a tu novio, ve a su lado, ponte bonita para él; se merece tu atención, él te ama mucho, se le nota, y él no pierde oportunidad para demostrar su amor por ti.
Bella corre a la habitación, saca su anillo de la cartera y se lo pone. Busca a Eduardo y lo encuentra en la habitación que ocupaba Bella y que ahora está ocupada por Lourdes; está sacando ropa del ropero.
—¿Qué haces, mi amor?
—Estoy sacando tu ropa de aquí, la voy a pasar para tu ropero nuevo en nuestra alcoba.
Bella se acerca a su novio.
—Quiero un abrazo.
Eduardo coloca la ropa sobre la cama y le da un abrazo.
—Mi reina, es la habitación de Lourdes, vamos a la nuestra.
Eduardo camina cargado de ropa y Bella va a buscar el carrito y lo llena con sus zapatos; saca la ropa íntima del gavetero, pone la ropa que quedaba en el ropero y llega a la alcoba, donde Eduardo ya colocó la ropa en el clóset.
—Me echaron de mi casa, ¿me aceptas aquí? —pregunta con una linda sonrisa.
—¡Sí, para toda la vida! Puede quedarse, pase adelante.
Eduardo se acerca a su amada, la abraza y la besa; toma su mano y besa sus dedos como es su costumbre.
—Veo que mi prometida se puso el anillo, me alegra; pensé que ya no me amabas.
Bella acaricia su mejilla y le dice con ternura:
—Te amo mucho, perdón; no me lo ponía porque siempre ando vestida de hombre y los hombres no usan anillos femeninos.
—Lo sé, mi amor, no tienes que pedir perdón, yo estoy seguro de ti… Cásate conmigo, vamos a Suiza, te presento a mi madre y nos casamos.
Bella le da un beso en la boca.
—Sí, novio mío, me caso contigo; pero primero tenemos que terminar el trabajo que tenemos pendiente, estaría estresada si me voy lejos y no sé qué está pasando con los niños.
Eduardo respira el aroma del cabello de Bella mientras la mantiene entre sus fuertes brazos.
—Está bien, mi amor, pero podemos ir a visitar a mi mamá y regresamos rápido; además todo va saliendo bien, pronto la banda completa va a caer y muchos pedófilos también.
Bella mete sus dedos entre el cabello de Eduardo y le dice:
—Está bien, mi amor, vamos a ver a tu mamá y regresamos a terminar lo que empezamos. ¿Cuándo quieres ir? —termina preguntando.
—Cuando regresemos a la ciudad. ¿Te parece bien?
Ella responde rozando su boca contra la de él:
—Ok, vamos cuando regresemos a la ciudad.
Bella le pone el seguro a la puerta y se desnuda lentamente.
—Mi amor, ¿quieres ducharte conmigo?
Eduardo se quita la ropa y la deja tirada en el piso, la toma de la mano y se van a dar una ducha tibia. Cuando salen del baño los dos vienen muy excitados, están besándose con pasión; Bella lo empuja a la cama y sube sobre su amado besando todas sus partes íntimas, arrancando gemidos de placer de Eduardo, quien la abraza y se da la vuelta con ella y la coloca debajo de él; besa todo su cuerpo hasta llegar a sus partes íntimas, donde se entretiene hasta que Bella tiene un orgasmo.
Bella demuestra cuánto lo desea y lo ama; él está loco de amor por ella, la posee en un acto de amor ansiosamente anhelado. Ella desea mucho más, por eso él se detiene un poco y luego continúa dándole todo el placer que ella desea. El tiempo pasa sin que ellos lo noten, están ocupados amándose sin medida; pasan los minutos y las horas. Bella se siente satisfecha, sube sobre su novio y cabalga la distancia hasta llegar a la pasión infinita de ver la cara llena de placer de Eduardo; cuando lo siente llegando a la cumbre, lo abraza y lo besa... y descansa recostada sobre él.