En los siguientes días, la policía coloca la foto de los niños rescatados en la isla en una página que fue creada para este fin. Algunos de los niños rescatados han sido devueltos a sus familias en distintas partes del mundo. En la redada de la isla también cayeron pedófilos muy adinerados, que han contratado expertos abogados para que los defiendan, pero la población y diversos grupos y ONG protestan por las calles y frente a edificios de gobierno pidiendo sean castigados severamente todos los implicados.
La prensa, la TV y portales de noticias cubren la noticia haciendo del dominio público todos los acontecimientos. Bella y Eduardo se preparan para viajar a Suiza el fin de semana. Marco, que ha estado visitando a su hijo, realiza una llamada a Violeta.
—Buenos días, Violeta, ¿serías tan amable de decirme cuántos niños y niñas hay en la hacienda y su edad, por favor?
Del otro lado, la amable voz de la psicóloga contesta:
—Tenemos 15 niños, 8 son varones y 7 son niñas; las edades te las paso en un mensaje.
Marco le da las gracias y cuelga. A las 6 de la tarde llega a la hacienda en su camioneta pick up con una bicicleta personalizada para cada niño.
—¡Las niñas primero! —dice Marco sonriendo.
Sube a la parte de atrás y las llama a cada una por su nombre; todos los niños están felices. Cada niña ya tiene su bicicleta y ahora está entregando las bicicletas a los chicos. Cuando cada uno tiene su bicicleta, comenta:
—Vamos a la pista de aterrizaje, allí podrán andar en sus bicicletas sin ningún peligro.
Marco, Julián y los niños parten por la calle que lleva a una pista de aterrizaje que tiene la hacienda; la pista está rodeada de árboles altos y está en muy buen estado. Los niños más grandes suben a sus bicicletas y muy pronto están pedaleando por la pista, mientras los más pequeños se tardan más, algunos porque están aprendiendo y dos pequeños de 6 años, cuyas bicicletas tienen ruedas de aprendizaje, se quedan rezagados.
Todos se divierten mucho hasta que empieza a oscurecer y regresan a la hacienda.
—Hijo, ¿te gustó tu bicicleta?
Junior contesta con una sonrisa:
—Me encantó, gracias papá.
—¿Te gustaría ir el fin de semana a casa? Yo le pido permiso a Violeta y, si quieres, la invitamos también.
Junior lo piensa un poco y responde:
—Ok, está bien.
Los niños van con Julián a guardar sus bicicletas en un galpón que se usa de garaje y Marco entra a hablar con Violeta.
—Gracias Marco, has hecho felices a los niños.
Marco sonríe y responde:
—Yo fui más feliz que ellos al ver sus caritas alegres. Invité a Junior a nuestra casa para este fin de semana y aceptó, y acordamos invitarte a ti, ¿aceptas?
Violeta sonríe y se ve linda; es una mujer de edad indefinida, con grandes ojos café, cabellera larga, muy lacia y castaña, con unos pocos kilos de más que enmarcan las curvas de su cuerpo.
Me alegra que todo vaya avanzando bien, ¡claro que acepto!, y Junior está mejorando mucho; antes no quería ir a la ciudad ni a comprar ropa, tuve que traerle su ropa porque no quiso ir a probársela.
Marco observa todos sus gestos y oye su conversación siempre interesante; ella, cuando habla, es para decir algo importante. Marco le da un abrazo y se despide, luego va a despedirse de su campeón y se marcha con el corazón contento.
Marco se ha estado reuniendo con el grupo de rescate y entrena con ellos: tiro al blanco, realiza entrenamiento de agilidad, fuerza y destreza casi todos los días. Hoy va a cenar en la mansión de Eduardo, se viste muy elegante y lleva una botella de buen vino. Eduardo le abre la puerta y Marco se queda admirando las obras de arte y la elegante decoración; después se sientan en la sala de estar a tomar un aperitivo. Bella se une a ellos y conversan hasta que los llaman a cenar.
Se sientan a degustar los exquisitos platillos, conversan de diferentes tópicos y Eduardo anuncia:
—Este fin de semana nos vamos a Suiza a visitar a mi mamá; te encargamos a Lourdes.
Marco le guiña un ojo a la linda anciana y le dice:
—¡Excelente!, mi hijo viene este fin de semana a casa, estás invitada, Lourdes; serás la abuela oficial de Junior.
La linda anciana sonríe y contesta:
—¡Encantada!
Bella intercede:
—Te encargo a mi abuelita; ella esta semana que viene debe ir al restaurante, ver que todo vaya bien y el contador va a evaluar las ganancias.
Marco los tranquiliza:
—Vayan tranquilos, yo cuidaré a Lourdes y la voy a acompañar a todas partes donde tenga que ir, no se preocupen.
Eduardo le agradece:
—Gracias, Marco, ha sido muy bueno conocerte.
Marco sonríe:
—Ha sido un honor para mí haberlos conocido; voy a colaborar para que viajen y estén tranquilos, lo haré con mucho gusto.
Terminan de cenar y Lourdes se retira a descansar. Bella, Eduardo y Marco se sientan a tomar un té de flores.
—Marco, perdón por agregar más cargas, pero me gustaría que trabajes con Ranier; ya lo conoces y sabes dónde está, solo tienes que visitarlo un rato cada día y ponerte al día.
Marco, que está atento, responde:
—¡Claro!, Bella, estaré pendiente de eso; me encanta cómo Ranier espía.
Eduardo interviene:
—Si surge algo nuevo que solucionar, pueden llevar a cabo cualquier misión; están preparados para ello.
Después de conversar se despiden; al siguiente día van a viajar y necesitan ordenar algunas cosas. Al poco rato Eduardo sale a abrir la puerta para atender a uno de los chicos que cuidan la mansión de Bella.
—Jefe, encontramos este pasaporte y estos documentos; espero que sea suficiente.
Eduardo toma los documentos:
—Es suficiente, gracias. ¿Cómo está todo por allá?
—Todo está bien, jefe; ningún problema.
El joven se va y Eduardo regresa a la alcoba. La pareja hace dos maletas y las deja listas para el día siguiente. La noche pasa sin novedad; en la mañana se levantan y se preparan para partir, salen hasta el comedor y encuentran a Lourdes desayunando. Mientras desayunan, Bella da instrucciones: