Los siguientes días pasan ensayando y preparándose para la boda. Un día antes de la boda están en el salón de fiesta poniendo música, bailando y tomando champán; la música se vuelve suave a medida que pasan las horas, las parejas bailan muy pegadas. Marianne apaga la música y anuncia:
—Es hora de ir a dormir, no se trasnochen. Mañana es el gran día, tienen que verse frescas y bellas, y los hombres deben verse muy guapos.
Todos están de acuerdo y se retiran a dormir. En la habitación, Nancy está inquieta pensando en Ranier.
—No puedo estar tanto tiempo sin él —dice mientras se levanta y camina hasta la puerta de la habitación de él.
Al llegar, la puerta se abre y los dos se quedan mirándose; Ranier la toma en sus brazos y cierra la puerta tras de sí.
—No podía estar sin ti, por eso vine aquí.
Se besan con pasión y él responde:
—Yo iba a por ti, mi hermosa reina.
Ambos están llenos de pasión; Ranier le va quitando la ropa a su novia, mientras ella le quita la camisa y pasa sus manos sobre los músculos bien definidos de Ranier. Cuando están completamente desnudos, se van al baño y se meten a la bañera donde se prodigan caricias; ya en el éxtasis desesperado de la pasión, Ranier la lleva en sus brazos hasta la cama y se entregan su amor a manos llenas, con caricias que los enloquecen hasta culminar en la entrega total.
—Mi amor, me tienes loca, estoy enamorada de ti, te amo —le dice ella al oído llena de pasión, mientras él le hace el amor.
—Nancy, yo te amo, tú me tienes loco a mí —le susurra a su amada.
Esa noche tienen su noche de amor, y se aman profundamente por todo el tiempo que no lo habían hecho. Por la madrugada, se quedan rendidos, extenuados de tanto amarse.
Es el gran día. Los organizadores están arreglando el gran salón; un camión de flores está siendo descargado. El cortejo nupcial saldrá del castillo hacia la iglesia, todo está siendo preparado. Los novios están desayunando con el resto del grupo que está en el castillo.
—Justo cuando terminemos de desayunar, las damas van al ala izquierda, salón de los espejos; allí las esperan los estilistas. Bella, tendrás un estilista solo para ti, te va a peinar y a maquillar en tu habitación.
Bella da las gracias y Marianne continúa:
—Eduardo, hoy tu habitación será la contigua a la que usan, ya te pusieron tu outfit de novio allá. Ya todos ensayamos, puntuales por favor, todo saldrá hermoso —termina diciendo a modo de calmar los nervios que pudieran tener.
Terminan de desayunar y cada uno se va a duchar y a lavarse el cabello.
A la hora acordada, sale para la iglesia el elegante y guapo novio acompañado por su madre y el conde. Las damas, Violeta y Nancy, están ayudando a Bella a ponerse el vestido; le colocan el velo, arreglan la gran cola y ya está lista. Baja las escaleras mientras un fotógrafo filma con su cámara; afuera espera una limusina color blanca con las puertas abiertas esperando a la novia. Violeta ayuda a subir la cola del vestido. El auto con la novia sale adelante; en otra limusina la sigue el resto del cortejo nupcial.
En la iglesia, al pie del altar, está Eduardo, nervioso por la espera; lo acompañan Tomás y Marianne, que tratan de conversar con él para calmar los nervios del novio. La marcha nupcial se deja escuchar con sus notas musicales a la altura del gran acontecimiento. Eduardo ve entrar a su amada novia del brazo de Lourdes. Bella está ataviada con un traje blanco que entalla su hermosa silueta, su cabeza adornada con un velo transparente que se expande a partir de una corona llena de brillantes.
Violeta y Nancy vienen detrás arreglando la gran cola; cuando la cola queda extendida, marcha el cortejo nupcial. Junior y Ava caminan detrás de la novia; Violeta y Nancy van detrás atentas a la novia. Eduardo pasa su mano por la mejilla secando una lágrima que salió sin pedir permiso.
—Está bellísima, más bella que nunca —murmura para sí mismo.
A medida que avanzan, se sonríen enamorados. Bella lo observa con su traje frac negro, camisa blanca y moño negro; una flor roja adorna el ojal de su traje. Está tan guapo y sexy que algo recorre su cuerpo al mirar a su novio y el corazón le retumba como tambores indios. Al llegar al altar donde la espera su amado, Lourdes la entrega:
—Aquí está mi nieta; es lo que yo más amo en la tierra, pero estoy segura de que la harás muy feliz.
Eduardo la toma del brazo y camina con ella al frente del altar.
—¡Estás hermosa!
Ella sonríe:
—Y tú estás guapo y muy sexy.
La ceremonia da inicio leyendo algunos párrafos de la Biblia. Luego, el clérigo habla sobre los novios exaltando su nobleza y buenos sentimientos; habla de la forma como Eduardo cuidó de su novia cuando estaba herida y enferma, y del gran amor que se tienen. Hacen una pausa donde Ranier, con su voz de tenor, canta Con te partirò; Nancy, que no lo había visto cantando, lo observa y lo oye con admiración.
Después de los aplausos continúa la ceremonia; los novios se turnan para decir sus emotivos votos. Los anillos, entregados por Junior, son bendecidos y, mientras los novios se los colocan, Violeta canta Aleluya con su potente y hermosa voz. Los presentes aplauden; la unión es bendecida y culmina la ceremonia.
Los novios caminan sonrientes por el pasillo, los sigue su cortejo nupcial; Lourdes abraza a su nieta con amor y les desea felicidad, luego abraza a Eduardo. El cortejo continúa hasta llegar a la entrada de la catedral donde la novia, ayudada por el novio y las damas, entra a la limusina que parte rumbo al castillo; detrás viene una caravana de elegantes limusinas y autos que los siguen.
Toda la entrada está adornada con arcos de globos blancos y flores. Al llegar, pasan al gran salón de fiesta, elegantemente decorado para la ocasión; el salón se va llenando con los invitados. Cuando están todos, las damas y caballeros rodean a los novios haciendo un círculo amplio; la pareja comienza a bailar sola, luego se les unen las otras parejas haciendo una coreografía muy elaborada y bien lograda. Los aplausos no se hacen esperar.