Título del video de YouTube: "UN MISTERIOSO COMENTARIO NOS PERSIGUE (¿el hechicero que trajo a Edward?)"
La luz azulada del monitor era el único faro en la penumbra del apartamento, iluminando el rostro pálido y obsesionado de Harold. Mientras él se sumergía en el laberinto digital, Edward recorría el perímetro de la habitación con la sigilosa inquietud de un felino enjaulado. Sus dedos revisaban cada cerradura, cada bisagra de las ventanas, no por un temor infundado, sino por la certeza ancestral de quien sabe que el peligro no siempre llega por la puerta principal.
"No tiene foto de perfil," murmuró Harold, su voz un hilo de tensión en el silencio. "Sus otros comentarios... son en foros raros. Uno se llama 'El Consistorio del Velo'. Hablan de 'fluctuaciones dimensionales' y 'artefactos de anclaje'."
Edward se acercó, su sombra alta cayendo sobre el escritorio. Sus ojos, acostumbrados a descifrar runas antiguas y gestos traicioneros, escudriñaron la pantalla con una desconfianza profundamente arraigada. Se detuvo en un pequeño carácter unicode junto al nombre de usuario: un ojo con un triángulo en el centro del iris.
"Ese emblema..." dijo Edward, y su tono hizo que Harold se volviera en la silla. "Es el de los Vigilantes del Umbral. Una orden de magos que se creía extinta, custodios de los portales entre reinos."
La emoción encendió el rostro de Harold. "¡¿Lo ves?! ¡Es una pista! Tenemos que contactarlo. ¡Escribirle un mensaje directo!"
Pero antes de que su entusiasmo pudiera traducirse en acción, la mano firme de Edward se posó sobre su hombro, un ancla de realidad. "Es una trampa de lo más obvia, escudero. Desconocemos si es un aliado, un enemigo o un simple burlón. Nos está tentando a que nos delatemos. La jugada inteligente," concluyó Edward, su mirada adquiriendo un destello estratégico, "es tender nosotros la trampa."
Así nació la «Operación: Cebo Viral».
El estudio improvisado de Harold en el apartamento estaba listo. La luz anular iluminaba a Edward, quien sostenía un trozo de madera de roble y una gubia con una concentración inusual.
"Bien, bien, público," anunció Harold, ajustando el encuadre en su transmisión en vivo. "Hoy tendremos un stream relajado. Edward ha decidido mostrarnos su talento oculto... el arte de la talla en madera. ¿Verdad, Edward?"
"Así es," asintió Edward, sin levantar la vista. Sus manos, habituadas a empuñar una espada, movían la herramienta con una precisión sorprendente. "Mi padre decía que un hombre debe conocer tanto el filo que destruye como la mano que crea."
Mientras la audiencia comentaba sobre la calma del caballero, la cámara se enfocó en sus manos. No tallaba un diseño cualquiera. Bajo sus dedos, comenzó a emerger un emblema complejo: un grifo rampante, con una espada rota en una garra y una rama de olivo en la otra, el símbolo de su extinta casa noble, la Orden del Grifo. Para cualquiera, era un adorno bonito. Para alguien de su mundo, era un blasón tan claro como una bandera.
"Es un diseño muy intrincado," comentó Harold, acercando la cámara. "¿Tiene algún significado especial?"
"Es el... logo de la Orden del Grifo," Explicó Edward con seriedad . "Representa la fuerza que protege, no la que oprime."
El stream continuó con normalidad, pero la carnada estaba lanzada.
Horas más tarde, Harold revisaba las notificaciones en su teléfono cuando una, en particular, lo hizo detenerse en seco. No era un comentario, sino un mensaje directo de Instagram.
La cuenta se llamaba @Aetherius_77. No tenía foto de perfil, solo una imagen en negro.
El mensaje era corto y directo:
"Vengan a encontrarse conmigo dentro de dos días. En la mañana. El lugar será la Biblioteca Pública Central. Acudan a la sala de archivos históricos. Vengan solos."
Harold leyó el mensaje tres veces. Su corazón latía con fuerza, mezcla de miedo y emoción. Llamó a Edward, que había estado observando la calle desde la ventana con la paciencia de un centinela.
"Ha respondido," dijo Harold, mostrándole la pantalla. "Quiere vernos. En la biblioteca. Dentro de dos días."
Edward leyó el mensaje en silencio. Su rostro, ya de por sí severo, se tornó aún más grave.
"Un lugar público. Neutral. Inteligente por su parte," musitó. "Iremos."
"¿Crees que es él? ¿El hechicero que te trajo aquí?"
Edward se quedó callado un largo rato. Afuera, la ciudad seguía su curso indiferente, ajena al terremoto que sacudía sus vidas.
"No lo sé," dijo al fin. "Pero si es así... ha llegado el momento de dejar de escondernos."