Título del video de YouTube: "CONOCIMOS A UNA HECHICERA DE VERDAD (y su gato sabe más que nosotros)"
La Biblioteca Pública Central se alzaba como una catedral del saber, un santuario de silencio y orden donde el mundo moderno parecía una nota al margen. La luz del amanecer se filtraba por las altas ventanas, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire quieto. Harold y Edward avanzaban entre interminables estanterías de roble, sus pasos amortiguados por una alfombra burguesa. El silencio era tan profundo que parecía una presencia física, roto únicamente por un ronroneo grave y sostenido que emanaba de un sillón de terciopelo granate.
Allí, en un oasis de penumbra, un gato blanco de pelaje esponjoso y ojos de ámbar los observaba con un desdén que parecía milenario. Su postura era regia, imperturbable, como una esfinge custodiando un misterio.
"Por todos los cielos... mira eso," susurró Harold, inclinándose hacia Edward. Su voz era un hilito de aire en la vastedad silenciosa. "Es el gato más gótico y filosófico que he visto en mi vida. Apuesto a que su ronroneo suena a latín y sus sueños son sobre la decadencia de la civilización."
Antes de que Edward pudiera responder, una voz femenina, clara como cristal y cargada de una ironía cortante, resonó desde la balconada superior. "Merlín prefiere el griego antiguo, para su información. Y encuentra su comentario terriblemente mundano."
Katherine descendió por la escalera de caracol con una gracia que no era del todo humana. Su figura era esbelta, envuelta en ropas de líneas sencillas pero de una tela que parecía absorber la luz. Su rostro, de facciones afiladas y pálidas, era una máscara de serenidad, pero sus ojos, del color de la tormenta, evaluaron a Harold con una intensidad que lo traspasó, deteniéndose en él un segundo más de lo necesario, como si leyera una inscripción oculta en su alma.
Edward se interpuso de manera casi instintiva, su cuerpo tenso como un resorte. La irritación le afilaba la voz, aunque la moderaba para no violar el sagrado silencio del lugar. "¿Eres tú, entonces, la arquitecta de mi destierro? ¿La responsable de arrancarme de mi mundo para arrojarme a este?"
Una sonrisa fría, apenas un pliegue en los labios de Katherine, fue su respuesta. "Por favor, concedámonos un poco más de inteligencia. Si yo los hubiera arrancado de su mundo, caballero, no estarían libres para hacer... videos virales." La frase sonó a blasfemia en aquel recinto. "Estarían en una celda, siendo estudiados. No, yo también busco a la persona que te trajo aquí. Soy una hechicera, no una turista dimensional."
Harold, que no podía apartar los ojos del felino, encontró por fin el valor para hablar. "¿Y para qué nos llamaste, entonces? ¿Piensas ayudarnos?"
Katherine alzó una ceja de forma levemente arqueada, casi divertida. "La bondad es un lujo que no paga mis facturas, muchacho. Soy una hechicera, no una filántropa. Pero su caso es... un fenómeno de estudio único. Un caballero de otro reino y su cronista digital. Mi oferta es simple: yo los protejo y localizo al mago responsable de esta ruptura. Ustedes..." Hizo una pausa dramática, y su mirada, pesada como el plomo, se clavó de nuevo en Harold, "...tendrán acceso a mi conocimiento, a los secretos del velo. Y a cambio, yo tendré acceso a su... audiencia. La magia necesita contendores en esta era, y ustedes, sin quererlo, han construido la plataforma perfecta."
"No nos interesa ser marionetas en tu colección, hechicera," replicó Edward, con la desconfianza grabada en cada línea de su rostro.
La frialdad de Katherine se agrietó entonces, dejando ver un destello de impaciencia genuina. "¿Creen que esto es una elección?" Su voz bajó aún más, cargada de una urgencia siniestra. "El velo que los trajo aquí está herido, sangrando energía. Su mera presencia residual es un faro en la penumbra, una antorcha que atrae a cosas para las que su lengua ni siquiera tiene nombre. Criaturas que harían que las pesadillas más oscuras de su mente les parecieran un sueño plácido. Esto no se trata de si desean mi ayuda. Se trata de una simple y llana cuestión: ¿desean sobrevivir la siguiente semana?"
En ese momento de tensión insoportable, Merlín se levantó con parsimonia del sillón. Saltó al suelo con elegancia felina y se acercó a Harold, frotando su lomo esponjoso contra las piernas del joven, rompiendo el hechizo de miedo con un ronroneo que ahora sonaba a absolución.
Harold, sorprendido, se agachó instintivamente para acariciar la suave cabeza. "Vaya... creo que le gusto," musitó, una sonrisa tonta asomando a sus labios. "¿Lo ves, Edward? Hasta el gato místico está de nuestro lado. Es una señal, ¿no? Deberíamos, tal vez, escuchar a la hechicera."
Katherine observó la escena, y por un instante brevísimo, la máscara de indiferencia se suavizó. Algo parecido a la curiosidad, o quizás a un tenue asombro, cruzó por sus ojos. "Merlín... tiene un gusto peculiarmente selectivo," concedió, y su voz perdió un ápice de su filo. "Parece que, contra todo pronóstico, están siendo aceptados." Se dio media vuelta, el amplio doblez de su túnica moviéndose con ella. "Piensen en mi oferta. No tendrán una segunda oportunidad. Los contactaré al caer la luna."
Pero antes de que su figura se perdiera entre las sombras de los estantes, se detuvo. Sin volverse completamente, lanzó una última mirada por encima de su hombro. No fue una mirada para Edward, el guerrero, sino para Harold, el cronista, el puente entre dos mundos. Fue una mirada rápida como el aleteo de un colibrí, pero cargada de una intensidad que prometía, o tal vez advertía, que su historia juntos estaba a punto de complicarse de maneras que él ni siquiera podía empezar a imaginar. Y entonces, se esfumó, dejándolos solos con el eco de su propuesta y el ronroneo de un gato que entendía griego antiguo.
"Bueno... eso fue... intenso," susurró Harold, todavía acariciando al gato.
"Fue una advertencia," dijo Edward, su mirada aún fija en el lugar donde Katherine había desaparecido. "Y una oferta. Debemos considerarla con seriedad."