El espía que me rompió el corazón

Capítulo 8

La piscina techada es una de las amenidades más alejadas del edificio principal del resort. Casi nadie la usa, puesto que la gente prefiere nadar al aire libre disfrutando el espectacular clima de la isla. Aunado a ello, Heidi reservó todas las habitaciones para sus invitados. Le Château está literalmente vacío fuera de los novios. Lo cual hace aún más improbable que alguien nos descubra.

Mi ansiedad provoca que llegue unos minutos antes al encuentro con el Embustero. Aún así, no me sorprende que él ya esté ahí cuando llego.

El Embustero detesta la tardanza, es un hombre tan exageradamente puntual que llega temprano a todas partes.

—Hola —saluda cuando me ve acercarme. Sus ojos grises brillan casi como si le causara ilusión tenerme ahí. Va vestido con ropa deportiva para mantener la mentira que le dijo a su prometida para poder encontrarse conmigo.

—Hola —replico en voz apretada, sintiéndome boba. ¿Hola? Resulta una palabra tonta y vacía tratándose de nosotros. Un simple hola después de cuatro años de ausencia y silencio, de haber desaparecido como un fantasma. Es muy poco, más bien, es nada—. Aquí estoy, explícate —exijo cruzando los brazos.

El Embustero agacha la mirada al tiempo que pasa su mano sobre su sedoso cabello.

—Daria, por dónde comenzar… —suspira—. Lamento lo que hice en París. Fue una bajeza.

—¿Te refieres a desvanecerte en el aire o a que me mentiste sobre dónde trabajabas?

—A ambas.

—Pues decir lo lamento no es suficiente. ¿Quién rayos eres? ¿Por qué te estás haciendo pasar por Jasper Thornhill? —debo hacer un esfuerzo para no alzar la voz. Aunque en el resort no haya huéspedes, aún hay empleados y elementos de vigilancia, no quiero llamar la atención de alguno.

—No me estoy haciendo pasar por Jasper Thornhill. Es quien soy realmente.

—¿Y por qué narices me dijiste que tu nombre era Ryan? —pregunto, apretando un poco más mis brazos entre ellos—. Debes ser una persona muy enferma para inventarte personalidades. Primero me engañas a mí, luego a Heidi…

—A Heidi no la estoy engañando —me corrige, omitiendo el “solo a ti” que me acabaría de romper por dentro.

Me muerdo el labio inferior con mucha fuerza, esperando que el dolor físico me distraiga del emocional.

Él guarda silencio, esperando que yo esté lista para volver a hablar.

—¿Por qué te hiciste pasar por alguien más en París? No comprendo. —Inspiro hondo para mantener a raya mi pena y que mi voz no me delate.

El Embustero agacha la mirada de nuevo antes de volverme a encarar.

—Lo siento mucho, Daria. Estaba pasando por un mal momento, me sentía perdido y en conflicto con la persona que era. Pedí licencia en el trabajo y viajé a París para buscar claridad. Necesitaba un tiempo a solas, desconectarme de mí mismo y del camino que había elegido. No planeaba comenzar una relación con alguien… Luego te conocí…

—No —lo corto—. Lo haces sonar como si hubiera sido una coincidencia, pero tú entraste a la cafetería en la que yo estaba y te sentaste a mi mesa. Tú me buscaste, no es algo que te sucedió.

Él asiente.

—Tienes razón, yo lo provoqué. Entré a la cafetería y quedé arrebatado por tu belleza. Actué sin reflexionar. Te di un nombre falso porque buscaba desligarme de mi vida en Londres, olvidar quién era por un rato. No creí que tuviera relevancia, pensé que tontearíamos un poco, tal vez que incluso pasaríamos la noche juntos y eso sería todo… La situación se me salió de las manos, cuando me di cuenta, llevábamos meses saliendo, las cosas se estaban poniendo serias —la voz del Embustero es suave, no obstante, la tensión en sus palabras es palpable. Le está costando mucho trabajo explicarse.

—Pobrecito de ti, te forcé a una relación que no deseabas.

—Eso no es lo que estoy diciendo, Daria.

—De acuerdo, entonces, inadvertidamente empezaste un noviazgo que no querías bajo un nombre falso y, ¿cuál fue tu solución? ¡Desaparecer! Pudiste terminarme como un hombre, tener los pantalones para mirarme a la cara y decirme que lo nuestro había sido un error…

—Pero no fue un error —exclama dando un paso al frente. Me da la impresión de que va a tomarme por los hombros, pero, afortunadamente, no lo hace.

Doy un paso largo hacia atrás para recuperar la distancia entre nosotros. Entre más cerca lo tenga, más difícil va a ser mantener bajo control mis emociones.

—No fue un error, entonces solo un inconveniente cuando fue momento de retomar tu verdadera vida —digo girando el rostro a un costado para disimular el enrojecimiento en mis ojos.

—Daria, no sabes cuánto lamento lo que te hice. Entré en pánico y huí. Mis sentimientos por ti eran intensos, como nada que hubiera sentido antes por una mujer…

La rabia se atora en mi garganta. Lo encaro ya sin importarme si me ve llorar o no.

—Oh, eres un descarado. ¿Cómo puedes hablar de sentimientos cuando pasaste cinco meses mintiéndome? ¡Cinco meses! Caramba, me hiciste creer que tu nombre era Ryan, ¡que eras australiano! ¡Fingiste un acento por cinco meses! ¿Qué clase de psicópata hace eso? —Hace rato que tiré por la ventana mis intenciones de no alzar la voz. Soy un hervidero de enojo, me es imposible contenerme—. Incluso inventaste que tenías el sueño de comprar un rancho a las afueras de Sydney. ¿Alguna vez siquiera has estado en Sydney? Y yo de tonta creyendo que los… —me muerdo el labio inferior una vez más para reprimir lo que estaba a punto de escapárseme. “Los tres” iba a decir. Pero el Embustero desconoce que tiene un hijo y así se mantendrá. Esta charla me ha dejado ver que la situación es infinitamente peor de lo que pensaba. Él no solo desapareció sin dejar rastro, sino que se hizo pasar por otra persona, pasó meses mintiéndome sobre cada aspecto de sí mismo. Es un monstruo, no merece el privilegio de saber de Tiago—. Qué boba fui al confiar en ti.




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