Los bips que se escuchan en la línea mientras espero a que Rafaela conteste son enervantes.
Mi tía tarda casi siete tonos en tomar la llamada.
—¡Mi Daria, qué bueno que marcas! Tiago quiere…
—¡Está aquí, Rafaela, está aquí! —grito en una voz que no suena mía.
Espero no espantar a las cabañas vecinas. Por si las dudas, me apresuro a cerrar la ventana de mi recámara.
—¿Quién? ¿De qué hablas? —pregunta Rafaela en tono de aguda preocupación—. ¡Habla, mi Daria, me espantas el alma!
—Ryan. Ryan está en el resort. Excepto que no se llama Ryan, ese era un nombre falso. Me mintió, tía, y no solo sobre su trabajo, ¡inventó ser alguien más! —las palabras se atropellan al salir de mis labios. Mis ojos vuelven a anegarse de lágrimas mientras hablo.
—¿Qué? Espera, ¿te refieres a…? ¿Ryan el de…? ¡No puede ser! ¿Ese Ryan?
—Sí, ese Ryan.
—Oh, qué tino el mío. Primera oportunidad que tengo de conocer al misterioso fantasma y estoy a kilómetros de distancia… ¿Y qué hace ahí? ¿Te fue a buscar? ¿Te quiere de vuelta?
—Ni por asomo. Es el novio de la boda que estoy organizando.
Al otro lado de la línea se escucha el “¡¿Qué?!” más potente que nadie haya pronunciado.
Como mejor puedo y me permiten mis emociones, le explico a Rafaela la situación; que Ryan en verdad se llama Jasper Thornhill y que nuestra supuesta relación no fue más que su terapia para salir de una crisis existencial.
Contarle lo que sucede me ayuda a desahogarme y me hace sentir ligeramente mejor. No bien, pero al menos no tan mal como cuando volví de encontrarme con el Embustero.
—Mi Daria, renuncia a la boda. No te obligues a pasar por esa tortura. Cuida tu corazón y hazte a un lado.
—No puedo, Rafaela, sabes que no puedo. Si me hago a un lado, Audrey se quedará con mi puesto. Ese hombre ya ha perturbado demasiado mi vida, no le permitiré arrebatarme mi carrera profesional también.
—Me gustaría estar contigo, necesitas el apoyo —dice angustiada. Toda una vida de siempre correr en mi auxilio, le viene natural.
—Estaré bien, el odio me impulsa —bromeo para hacerla sentir mejor y, de paso, a mí también.
—En unos días estaré de vuelta y entonces juntas lo lanzaremos encima de su tarta de bodas —bromea de regreso, siguiéndome la corriente. No tiene caso que nos ahoguemos en la pena de la situación—. ¿Quién iba a decir que ese sujeto regresaría a tu vida? ¡Y peor, como uno de tus novios! Qué nefasta coincidencia.
—Lo sé, dímelo a mí.
—¿Y cómo luce? ¿Ha perdido cabello? ¿Le creció la panza?
—Quisiera, pero no, sigue tan guapo como siempre —admito a mi pesar.
—Tómale una foto —me sugiere.
—¿Perdiste el juicio? No haré tal cosa.
—¿No decías que lamentabas no tener fotos de él? Que algún día Tiago querría saber cómo lucía su papá y tú no tendrías ni una foto que mostrarle, ¿recuerdas? Pues esta es tu oportunidad.
—Sé lo que dije, pero ahora estoy más convencida que nunca de que mi hijo está mejor sin esa pobre excusa de hombre en su vida. Es un embustero, una basura de ser humano.
—Eso no lo niego, pero, en unos años, Tiago empezará a hacer preguntas acerca de su papá, sin importar si es una basura o no. Deberías hacerlo por él… Al menos, tómale una foto a la distancia, para que el niño se dé una idea, y cuando lo hagas, me la mandas, porque muero de curiosidad por ponerle rostro al hombre que he detestado con tanto fervor en tu nombre.
Pongo los ojos en blanco, aunque Rafaela no pueda verme.
—Estoy agotada, hablamos después.
—No olvides la foto…
La petición de Rafaela me queda rondando en la mente bastante después de que colgamos. Yo preferiría borrar cualquier rastro del Embustero de mi vida, olvidarme incluso de su existencia, pero mi tía tiene razón al decir que algún día Tiago querrá saber al menos cómo lucía su papá y tiene derecho a ello. No es culpa de mi hijito que su padre sea un mentiroso compulsivo. La culpa es mía por no haberme dado cuenta antes… y también de mis mariposas que no tienen ni una gota de sentido común.
Salgo de la cabaña, teléfono en mano. Heidi y el Embustero deben estar en el restaurante del resort cenando.
Solo será una foto a la distancia, una inocente foto que no le hará daño a nadie.
Esta vez estoy segura de que mi teléfono no tiene ningún virus extraño que borra fotos al azar. Llevó dos años con él y jamás ha desaparecido una sola foto de la memoria.
Nunca logré averiguar qué clase de virus era el que entró a mi teléfono mientras estudiaba en Francia. Lo llevé con distintos expertos que jamás pudieron explicar o arreglar el problema, pero que no tuvieron empacho en cobrarme… en Euros para colmo. Mis pesquisas en internet tampoco arrojaron resultados. Nadie en los foros en línea había escuchado de un virus que borrara fotos al azar… Bueno, no tan al azar, puesto que todas y cada una de las fotos que desaparecían eran en las que salía “Ryan, el australiano”. Alguien en un foro incluso sugirió que podía ser el mismo Ryan quien borraba sus fotos cuando yo no me daba cuenta. En ese momento, taché de absurda la suposición. Ahora, sabiendo lo que sé, suena verosímil. Tal vez el Embustero entraba a mi teléfono cuando yo estaba distraída y borraba nuestras fotos para no dejar rastro de su ardid. Él sabía que lo nuestro era falso y que, de un momento a otro, abandonaría el barco. Una posibilidad siniestra, pero en vista de la verdad, estoy inclinada a creerla.