Lo peor que podía pasar, está pasando. Bueno, fuera de que mi ex reaparezca después de años desaparecido de la mano de una preciosa alemana y que me contrate para que organice su boda… Corrijo, lo segundo peor que podía pasar, está pasando: Chinche rosada.
Esta mañana a primera hora, me contactó el jefe de jardinería del resort para informarme que su equipo había detectado la presencia de la perniciosa plaga en nuestras instalaciones.
Lo último que quiere escuchar una wedding planner a días de celebrar una boda en un jardín es que las plantas de dicho jardín están comprometidas por un insecto difícil de exterminar y que tiene el potencial para estropearlo todo.
Cruzo el resort prácticamente trotando hasta llegar al jardín de banquetes. Que tenga el corazón hecho trizas por culpa del Embustero no significa que no sea la mejor wedding planner de esta isla y no permitiré que una plaga me haga quedar en mal.
Cruzo el túnel de acceso haciendo un sprint. En el lugar ya se encuentra el jefe de jardinería estudiando la situación.
—Por favor, dame buenas noticias —le pido a jadeos cansados.
La sonrisa que me dedica incluso antes de hablar manda oleadas de alivio por mi cuerpo.
—No te hubieras molestado en venir, estaba por marcarte. Fue falsa alarma.
Paso una mano por mi frente, está húmeda por el sudor de mi pequeña carrera bajo el sol.
Ni siquiera me dio tiempo de maquillarme o peinarme adecuadamente, en cuanto recibí el mensaje de la plaga, me vestí a prisa y salí corriendo de mi cabaña.
—¿Estás 100% seguro?
—Lo estoy, yo mismo he revisado las plantas de este jardín, todo está en orden. En este momento, mi equipo está revisando la vegetación en el resto de las áreas verdes y, por si las dudas, realizaremos una fumigación hoy mismo.
—Te lo agradezco… es… —hago una pausa para recuperar el aliento y mi calma.
—Lamento haberte espantado. Fue un novato quien dijo haber encontrado la plaga, no debí tomar su palabra por buena hasta asegurarme yo mismo. Te habría ahorrado el susto.
—Descuida, necesitaba el cardio —replico tratando de imprimirle ligereza al momento.
Con un peso menos encima, vuelvo sobre mis pasos hacía mi cabaña.
En lugar de seguir el camino convencional hacia las residencias de los empleados, decido tomar el atajo que cruza la piscina principal del resort. Normalmente, los empleados tenemos prohibido hacer eso para no importunar a los clientes con nuestras idas y venidas, sin embargo, el resort está vacío, por lo que hoy me puedo dar el lujo de saltarme las normas.
Recordatorio mental: nunca te saltes las normas. Mi voz interna me lo recalca furiosa cuando encuentro al Embustero y a Heidi devorándose a besos dentro de la piscina.
La escena es una patada al estómago. El sol caribeño, el agua cristalina y sus siluetas perfectas unidas en desbocada pasión. Podrían ser el afiche de una película: La pesadilla de la wedding planner. Una historia de terror.
Voy a volver en mis pasos. Ellos no me han visto. Están disfrutando de su mañana libre antes de la prueba de menú. Tengo la oportunidad perfecta para alejarme de forma discreta y silenciosa.
Dos pasos hacia atrás y mi espalda choca contra un objeto suave que cruje como papel.
Suelto el grito más apropiado para mi película de terror al tiempo que me giro de un brinco.
—Oh, lo siento. No quise asustarte —dice el doctor Carter, quien sostiene un ramo de rosas rojas frente a su pecho—. Te vi encaminarte hacia acá y te seguí; te llamé un par de veces, pero no me escuchaste. Vienes muy concentrada, ¿eh?
—Eh… —miro las flores y luego a él, penosamente consciente de que mi grito captó la atención de Heidi y el Embustero, quienes ahora nos observan desde la piscina—. Sí… perdón, suelo repasar mi lista de pendientes mientras camino y pierdo la noción de lo que me rodea —me justifico volviendo a mirar las flores con las que chocó mi espalda—. ¿Viene a otra consulta a domicilio?
—Algo así. Vengo a hacer seguimiento a la paciente más guapa del resort —dice tendiéndome el ramo—. ¿Cómo sigues, princesa Daria?
Mis manos se congelan a medio camino de tomar el ramo. La educación me dicta que lo haga, mientras que el sentido común me aconseja rechazarlo. Aceptar sus flores es darle a entender que sus avances son bienvenidos, cosa que no es así.
Pongo mi mente a andar a toda marcha para que encuentre una forma amable de hacerle saber que no correspondo a su interés por mí.
El chapoteo del agua me recuerda que tenemos público y no cualquier público.
Mi parte mezquina toma control de mis movimientos, mis manos agarran el ramo al tiempo que mis labios esbozan una sonrisa de oreja a oreja.
—Son estupendas, muchas gracias. No se hubiera molestado, doctor.
—Por favor, llámame Logan y ya te he dicho antes que nada concerniente a ti es una molestia —replica él en voz grave y seductora.
—Gracias, Logan —digo con una mueca de travesura, como si llamarlo por su nombre de pila quebrara alguna regla no escrita.