El espía que me rompió el corazón

Capítulo 12

Los meseros hacen un maravilloso trabajo al acomodar la mesa para la prueba. La cereza del pastel es que consigo que la quisquillosa florista entregue un centro de mesa como lo quiere Heidi. De ese modo, la novia podrá apreciar el montaje completo tal como se verá el día del evento.

Miro el resultado final con un suspiro satisfecho. Haré mi trabajo tan bien como sé y, en unos cuantos días, el Embustero saldrá por segunda vez de mi vida, solo debo soportar un poco más. No permitir que verlos besándose en la piscina me lance en un frenesí de coquetería estupenda con el doctor Carter… problema con el que lidiaré después.

Escucho pasos acercarse. Tomo una respiración profunda antes de girarme para encarar a la feliz pareja. Estoy determinada a ser profesional, el dolor que hurga en mi pecho no interferirá en lo que debo hacer.

En lugar de los novios, al girarme encuentro a Audrey, quien analiza la mesa con cara de que chupó un limón.

—Bastante simple, ¿no crees?

—Es el estilo que Heidi solicitó. ¿No conocen el minimalismo en Nueva York?

Mi respuesta la hace enderezar aún más la espalda, lo cual es notable siendo que ya está rígida cual alfiler.

—Por supuesto que conocemos…

—¡Hola! Estamos listos para la prueba de menú —la voz de Heidi hace que Audrey dé un sobresalto y se gire sobre sus talones para recibir a los novios.

—Señorita Lindemann, señor Thornhill, ¡bienvenidos! —los saluda extendiendo sus brazos a los costados como si el montaje de la mesa fuera obra suya.

Heidi y el Embustero se acercan tomados de las manos., sus rostros poseen el saludable brillo de quien pasó la mañana tomando el sol.

—¿Qué opinan? —pregunto mientras ellos inspeccionan la mesa.

—Si algo les disgusta, lo cambiaremos de inmediato —dice Audrey—. El estilo de Daria es algo simplón…

—Me encanta, no le veo lo simple —interviene el Embustero en voz cortante—. Es la mesa más bonita que he visto. Elegante y de buen gusto.

Mis ojos buscan los de el Embustero. Él me guiña un ojo con mucha discreción. Un gesto pequeño e intrascendente que carga de energía a mis mariposas haciéndolas revolotear por todo mi estómago.

—¿Tú qué piensas, Heidi? —pregunto girándome hacia ella, desesperada por aplacar mi exabrupto interno.

—Concuerdo con Schatzi, es precioso.

Audrey cruza los brazos, disgustada. Me siento un general en batalla con varios frentes abiertos; por una parte, debo lidiar con el tumulto emocional de ser la wedding planner de mi ex y su prometida, además de tenerme que cuidar las espaldas de la mujer que quiere robarse mi trabajo. ¿No perdió Napoleon por pelear en dos frentes? Caramba, ahora resulta que tengo que ser más lista que el mismísimo Napoleon si quiero sobrevivir esta semana.

—Tomen asiento, en un momento traerán el primer tiempo —los invito señalando sus sillas.

—Felicidades, Daria, estoy encantada con los resultados. Es tal como lo imaginé —reitera Heidi una vez que ya estamos en nuestros asientos.

—Tienes muy buen gusto —dice el Embustero y, aunque sé que solo lo dice para que no lo eche de cabeza ante su prometida, su cumplido vuelve a alborotar a mis mariposas. Pequeñas traidoras.

—Solo seguí las fabulosas ideas de tu novia —señalo con un toque de acidez en la voz.

Heidi toma el cumplido a bien. He vuelto a congraciarme con ella tras el desastre de ayer. Parte por el buen montaje, aunque sospecho que el Embustero le habló bien de mí anoche como parte de nuestro acuerdo.

El mesero se acerca con el primer tiempo y coloca dos platos hondos delante de la pareja.

—Se ve apetitoso —comenta Heidi al tiempo que toma su cuchara.

Bon appétit —digo con los ojos fijos en el Embustero.

En el momento que el humeante líquido toca sus labios su boca se retuerce en una mueca de absoluto asco.

—Oh, no, Schatzi —exclama Heidi en cuanto prueba la sopa. Deja su cuchara y se gira hacia Jasper.

—¿Algún problema? —pregunto en tono inocentón.

—La sopa es exquisita, pero olvidé mencionarte que Jasper aborrece la cebolla —me explica Heidi mientras que su novio se limpia la boca con la servilleta.

—Lo siento, no tenía idea —es una proeza que no me eche a reír ahí mismo, pero lo logro—. Como dejaste a discreción mía el menú, elegí los platillos que mejor se le dan a nuestro chef.

—Tengo tanto en la cabeza por la boda que se me pasó por alto —dice Heidi—. Te di mis preferencias alimentarias y olvidé las de mi novio.

Lo sé y lo agradezco, así tuve ocasión de montar esta pequeña vendetta.

—Una disculpa, señor Thornhill. Tenemos otras opciones para el primer tiempo, crema de nuez o incluso podría ser… —Audrey abre su carpeta y comienza a enumerar todas las opciones disponibles.

El Embustero asiente antes de darle un buen trago al vaso de agua delante de él. Al instante, escupe el líquido salpicando a Audrey y su carpeta.

—¡Schatzi! —exclama Heidi al tiempo que Audrey chilla y cubre sus preciados documentos.




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