No soy escritor.
No pretendo ser escritor.
No pretendo contar una verdad, ni tan siquiera mi verdad, ya empañada por millones de recuerdos que se confunden con miles de vivencias en miles de eternidades.
Entonces ¿para qué escribes esto? Te preguntarás y me preguntarás.
Por imposición, como casi todo lo que hago, lo que he hecho y lo que haré.
No unas imposiciones a las que me oponga, no digo que mi existencia sea un suplicio ni nada por el estilo, soy afortunado y, como todos, a veces no queda más remedio que hacer cosas que no apetecen, y en realidad no es que no me apetezca, es que tampoco me siento muy capaz de hacerlo, de contar la historia en este lugar, de intentar no mezclar existencias en otros lugares, vivencias, experiencias, charlas, amigos, amigas, relaciones, pero es lo que toca así que intentaré hacerlo lo mejor posible.
La última vez que visité este planeta fue hace algo más de dos mil años, habéis cambiado bastante en lo técnico, habéis avanzado en cosas materiales de un modo admirable, no como los mejores pero tampoco como los peores, os encontráis en un intermedio alto que no está nada mal y que, en realidad, tampoco pensaba que seríais capaces de alcanzar tan rápido, son demasiadas civilizaciones vistas y, a estas alturas, suelo ser capaz de adivinar por dónde van a ir los caminos, no es inmodestia, es haber visto tanto que las cosas se suelen volver un tanto predecibles.
En lo que no hay demasiado cambio es en lo esencial, seguís siendo esos seres de instintos irrefrenables que, en la mayoría de casos, apenas podéis controlar, os domina lo básico, y admito que es algo que siempre he entendido porque, por mucho que diga mi jefe/padre/creador (ahí ya cada cual que ponga la palabra que mejor le convenga a sus creencias personales), las existencias evolucionan partiendo de la base, a veces se olvida, se supera, se transciende, y nunca he acabado de encajar bien con ese tipo de seres, pero en la mayoría de casos lo más básico permanece, guía los instintos, ayuda a superar muchas cosas y a no superar muchas otras, pero no estoy de acuerdo en que haya que descartar lo básico, enterrarlo un poco para que no se oiga demasiado puede que sí pero enterrarlo del todo me parece un error.
En fin, que me enrollo, hace dos mil años erais como ahora pero un poco más rústicos en los materiales, como ese plato que hay en casa y que nadie se atreve a tirar porque, oye, era de la abuela y además es que no es bonito pero tampoco feo, solo que se hizo en otro tiempo y es mucho más resistente que los de hoy pero a la vez tampoco lo sacarías nunca para que alguien comiese en él, que al final es la base para ese plato cuadrado en el que ahora sirves la última receta que te cuesta hacerla el doble de horas de lo normal porque tampoco sabes muy bien qué son algunos pasos ni qué orden hay que seguir (y que seamos sinceros, ciertas cosas van a ojo: me falta una balanza, me falta un termómetro, no tengo ganas de andar cortando tan pequeño, tan grande me parece que no está bien...).
Yo nací en Jerusalén, hijo de María y José, sí, soy ese a quien llamáis Jesucristo, nunca me gustó demasiado ese nombre pero, en el tiempo que llevo aquí de vuelta, he visto que se ha convertido en importante así que no pretenderé llamarme de otro modo, y tampoco sabría cual escoger porque tengo tantos en tantos lugares que me sería imposible, y los que me gustan probablemente seríais incapaces de pronunciarlos, aquellos que los crearon son muy diferentes a vosotros y, al igual que ellos no podrían pronunciar Jesucristo, vosotros no podríais pronunciar los suyos.
Una vez aclarado quien está detrás de cada frase creo que tengo que explicar un poco por qué estoy de vuelta antes de proceder a contar lo que viví hace dos mil años en vuestro planeta.
El motivo de mi vuelta no es el fin de los tiempos, no es un planeta que se va a destruir ni la búsqueda de aquellos que han incumplido unas leyes que, lo siento, os habéis inventado un poco en mi nombre. El motivo es tan profano como que: ya tocaba. Así de simple, tocaba, era el turno, la ruleta se ha parado aquí y aquí es donde me he tenido que bajar. He existido en miles de planetas, algunos mucho más desarrollados que el vuestro, algunos mucho menos desarrollados que el vuestro y la mayoría de un tipo al vuestro. No os flageléis por ser de la zona media, hay muchísimos factores que no os dejan progresar a mayor ritmo, es una medida de seguridad para evitar que las cosas se desmadren, está todo muy medido y, aunque el destino no existe, eso os lo aseguro, sí puedo asegurar que hay ciertas barreras que no se pueden cruzar sin haber levantado antes otras. No es algo malo, insisto, es una medida de seguridad que pretende garantizar un funcionamiento óptimo. Decís que el universo es caos pero, con el tiempo, descubriréis que todo tiene un sentido, que el caos existe pero no del modo que creéis, y que ese caos ayuda mucho más de lo que parece.