El evangelio según San Jesús

Los predecesores (esos por los que se llega al lugar que odias)

Lo que sigue es lo que mi madre me narró a mi, alguna cosa que José me dejó caer (no era de hablar demasiado de esa época, ni de ninguna época en realidad) y aquello que fui contextualizando con el paso de los años de otras gentes que pasaron cerca en tiempo o lugar.

Lo primero sería dejar claro que mi edad no corresponde con la que me atribuís hoy en día. Tampoco es una diferencia demasiado importante dado que hablamos de milenios pero simplemente diré que se os ha ido de unos años. Entiendo el error, en el tiempo en que se dio por buena la fecha era más un acto de fe que otra cosa averiguar algo así, y a poco que se te movieran un par de números o acontecimientos astronómicos era muy fácil llegar a la conclusión equivocada sin que nadie se percatase del error. Bastante mérito tiene haber estado tan cerca con los rudimentarios métodos de los que se disponía por entonces. Es una aclaración que bien puede llamarse acto de vanidad, lo se, sobre todo porque, ya digo, no es una diferencia muy grande en un arco de tiempo tan abultado, pero me apetecía que se supiese.

Sobre la historia de mi madre y José tampoco puedo aportar mucha luz, únicamente lo que ella me quiso contar por entonces, tiempos en los que la añoranza podía su mente. Se conocieron casualmente en el mercado y él fue insistente hasta que ella finalmente decidió ver en él algo que no veía, probablemente nunca vio después y probablemente nunca hubo. Sus primeros meses, como el de la mayoría de parejas nuevas, estuvo lleno de esa pasión no recuperable y que permanece siempre en los recuerdos. Tras un breve noviazgo se casaron por las imposiciones familiares de aquel entonces, tampoco pusieron demasiadas pegas, y se fueron a vivir a una pequeña casa a medio camino entre ambas familias.

José mantenía el hogar con la carpintería, que había heredado tras la muerte de su padre, quien le enseñó como pudo el oficio. Su capacidad para los trabajos manuales no era excesiva pero nunca le faltaban clientes porque él mismo era conocedor de que sus creaciones no eran demasiado buenas y aceptaba por ellas cualquier trueque que llevara a la mesa algo de comida o llenara de vino su copa. He de reconocer que jamás nos faltó el plato lleno en hora, y que incluso a veces algunos amigos míos inventaban excusas para acompañarme y de este modo llevarse un bocado al estómago, servidos con cariño por mi madre, a la que todos miraban embobados, en unas mesas que siempre cojeaban y unas sillas que tenían como gran cualidad hacerte dudar de en qué momento se romperían para acabar golpeando los huesos contra el suelo sonora y cómicamente.

Mi madre era una mujer radiante, no creáis que es devoción de hijo, he tenido tantas madres que puedo derribar el velo que nunca tuve, simplemente era de esas personas que giraban todas las cabezas de un pasillo, de una sala, de un mercado, sin ella pretenderlo ni darse cuenta, con una fuerza vital de la que su marido carecía por completo y que te animaba a levantarte de cualquier tipo de situación solo con una sonrisa, una caricia y una frase apenas audible pero tan reconfortante por el tono que nadie sería capaz de reconocer que no tenía ni idea que lo que acababa de salir de sus labios. Era ella quien realmente nos sacaba adelante, más allá de que fuese él quien traía los alimentos.

Sigue siendo un misterio para mí cómo José pudo conquistarla, sobre todo cuando los padres de mis amigos tenían mucha mejor presencia física y hablaban mucho mejor, pero lo cierto es que tampoco fue una elección equivocada visto que éramos de los pocos que vivían desahogados en el pueblo, nada opulento pero sí con el lujo de no tener que preocuparnos demasiado por el futuro inmediato, un lujo del que carecían la mayor parte de mis amigos.

Los meses previos a mi nacimiento, cuando el cuerpo de mi madre empezó a dar signos de su estado, un rumor sobre la paternidad del niño invadió las tabernas del lugar. Nunca llegamos a saber quien lo había difundido, aunque yo sigo teniendo la sospecha de que fue el mismo José a quien se le pudo escapar en una de esas noches en las que volvía a casa con varios litros de vino en el estómago y ningún sólido que amortiguase el efecto en la sangre, y donde a la mañana siguiente me lo encontraba durmiendo en la cuadra junto a los animales después de que mi madre no le hubiese dejado compartir lo poco que ya quedaba de noche con ella, si es que realmente intentaba meterse en la cama y no se iba automáticamente con los animales. Fue este un asunto que nunca se pudo tratar en casa, y uno de los motivos principales por los que decidieron abandonar el pueblo y comenzar una vida lejos de allí. El otro motivo fue el gobernante de la época, el ahora famoso Herodes, pero de un modo muy distinto de lo que se conoce.

Herodes era un atípico lugareño al que los romanos habían conseguido sumar a su visión del mundo, no por convicciones sino por conveniencia, un hombre ambicioso, con el poder de la palabra y la capacidad para saber qué quería para sí mismo y cómo quería vivirlo. No era la mejor persona del mundo pero tampoco la peor, estaba en ese término medio necesario para que nadie te pasara por encima pero con la capacidad y la paciencia de dialogar con todo aquel que lo solicitase, siempre siguiendo los métodos largos, cansados y odiosos que demuestran quien está por encima y quien por debajo en el escalafón social. Era un buen gobernante hasta que le tocabas donde no había que tocar, hasta que conseguías terminar con su paciencia.

José tenía un negocio que, como ya decía antes, no iba mal y eso nos obligaba a pagar más tributos de los que nuestros vecinos pagaban, lo que enfurecía sus borracheras considerablemente, si algo enfurece en la vida sobria tendrá la capacidad de enfurecer mucho más en la vida ebria. El alcohol dejaba salir la valentía que la rutina nublaba y las palabras de las tabernas siempre acababan llegando a oídos superiores y no convenientes. Herodes tomaba los insultos como un signo de su poder y de su cargo, cuanto más rebuscados y más cargados de ira sus sonrisas llegaban más cerca de sus orejas, apenas se molestaba en coartar (por llamar suavemente a las costumbres de entonces y que, en realidad, tampoco habéis transformado tanto) a nadie o en llamar a consultas para pedir explicaciones, seguidas o precedidas por el látigo, pero cuando ese momento llegaba era mejor abandonar lo antes posible esas pocas pertenencias que llenaban la casa minúscula y buscarte la vida a unos cuantos días de distancia, y medir la distancia en tiempo siempre es un claro indicador de hasta qué punto un castigo puede ser doloroso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.