A mi padre le gusta sobremanera llamar la atención. No me refiero a ello de un modo despectivo sino que su sentido del espectáculo, su sentido de la grandiosidad sobrepasaba lo imaginable: si vas a hacer algo hazlo enorme, que no pase desapercibido, por eso mismo sé que el día de mi regreso no quedó satisfecho en absoluto.
Era un día lluvioso, de esa lluvia fina que parece no mojar pero al llegar a casa puedes ver claramente tu rastro en un reguero de agua que se esparce. Sé que a mi padre le hubiera gustado una lluvia torrencial, un diluvio desde el que se formase una muralla de sol que ni una gota pudiese atravesar mientras miles de rayos caían constantemente y cientos de truenos hacían temblar todos los edificios. Pero también sabía que nadie en su sano juicio estaría en la plaza un día así con lo que tuvo que moderar mucho la climatología, si un árbol cae en un bosque desierto ¿hace ruido? (Joder, pues claro, vaya chorrada de duda filosófica os habéis montado con eso).
Ya había anochecido cuando una luz se formó en medio de la plaza de Pedro y en medio de varios fogonazos de luces de colores aparecí yo, arrodillado, exhausto, porque pasar del cuerpo etéreo a la carne y el hueso hace que ya solo andar sea un esfuerzo descomunal, sudando a mares en el único sitio de Roma donde no caía una sola gota. Inmediatamente los móviles dieron buena cuenta del hecho, las cerca de 20 personas que estaban en la plaza no dudaron en grabar el evento en cuanto recogieron sus mandíbulas del suelo ante lo que acababan de asistir y en cuanto finalizó la ovación que me dedicaron. La luz seguía rodeándome y nadie se atrevía a acercarse demasiado, solo grababan y grababan, mientras yo intentaba ponerme en pie.
Por entonces yo no era consciente de lo que hacían, gente con cosas que soltaban un poco de luz y que me apuntaban mientras miraban a lo que después supe que eran pantallas y no a mí. Creo que nadie realmente vio nada en directo si me pongo a recordar. Con el tiempo llegué a internet y a “Espectacular truco de magia en El Vaticano”, “Un mago desconocido asombra Roma”, “El Vaticano asiste a un gran truco de magia y esto es lo que sucede” y, mi favorito sin duda “Así es como se hizo el genial truco de magia en El Vaticano”.
Antes de poder erguirme por completo sentí cómo un par de hombres vestidos con unos colores que competían con la luz que me rodeaba se acercaron y comenzaron a empujarme hacia unas vallas.
- No tiene usted permiso para lo que acaba de hacer
- No entiendo
- Estamos en Viernes Santo y no queremos detener a nadie, le estamos haciendo un favor, por favor venga con nosotros y abandone el lugar sin resistencia antes de que las cosas se enturbien
- ¿Pero para qué y de quien necesito permiso?
- No vamos a discutir cosas que usted tiene que saber de sobra dedicándose a esto, por favor no se resista
Yo no me estaba resistiendo a nada, entre otras cosas porque mi cuerpo estaba completamente agradecido de que esos dos hombres me estuviesen ayudando a caminar, pero ellos insistían una y otra vez con la frase, hasta que atravesé las vallas y me advirtieron:
- Por favor, no intente esto más veces de esta manera, este no es el lugar y no volverá a ser Viernes Santo por ahora.
Ahora, dos años después de aquello, sé lo que significa Viernes Santo (ya sé que suena increíble pero si tengo que recordar todas las fechas no volvería nunca, y si tuviera que estudiarme las costumbres de allí donde regreso… bueno, eso sí reconozco que debiera hacerlo pero es que me da tanta pereza a estas alturas), sé lo que intentó hacer mi padre con aquella declaración en aquel día concreto (sí, él sí recuerda las fechas), sé lo que tenía que haber sucedido y no sucedió, sé cómo han cambiado las cosas desde la última vez que estuve aquí, aunque en realidad no tanto en lo básico, sé todo lo que me negué a saber antes de mi regreso, sé que volver a ciegas no fue la buena idea que me pareció (por pereza) pero supongo que el ego incomparable es hereditario al fin y al cabo.
Con apenas fuerza para moverme caminé a los hoteles y hostales más próximos que pude encontrar en busca de una cama que me diera cobijo, un barreño donde lavarme un poco y en el que poder mojar el sudor de mis ropas.
Con cada “es Semana Santa, estamos repletos. Tendría usted que haber reservado, son fechas imposibles, hombre” mi cuerpo recuperaba la fuerza necesaria para terminar abatido en el siguiente hotel donde la respuesta era la misma del anterior y del siguiente.
Después de no sé muy bien las negativas decidí que había que cambiar el criterio de búsqueda, igual que hicieron mis padres en su día, y comencé a buscar ese lugar donde sabía que no sería rechazado. Pregunté por un lugar y vi que ya no era tan público como en mi anterior regreso, vi que los que contestaban lo hacían ruborizados y los que no contestaban lo hacían con cierto enfado.
Después de un tiempo una mujer se me acercó, tras oírme preguntar a un policía que soltó una enorme carcajada, y me dijo que ella conocía el sitio que necesitaba si podía permitírmelo. El oro que saqué de mis ropas iluminaron sus ojos y ese fue el momento en el que mi cuerpo se derrumbó para despertar un par de días más tarde en una habitación llena de espejos y luces azules que no se apagaban nunca.
- Hola, guapo, pensaba que no despertarías nunca.
No tengo claro, aún a estas alturas, si aquello fue otro de los golpes de efecto de mi padre pero cuando me giré buscando la voz Magdalena estaba ahí (eso es de lo poco que no he podido olvidar y nunca podré olvidar seguramente, ya pesen dos mil años o cien mil siglos). Su tez era un poco más clara, su pelo un poco más corto, sus ojos un poco más tristes y su olor un poco más intenso pero era ella de manera inconfundible. Una sonrisa enorme se moldeó en mi rostro y antes de que pudiera pronunciar una sola palabra mojó mis labios bruscamente con un vaso de agua.