Mi infancia en Egipto duró poco, menos de lo que a mi me hubiese gustado sin duda, pero los dos adultos de la casa tenían claro que en cuanto pasara el tiempo suficiente para que los errores se olvidasen regresarían sin dudarlo.
A mi me gustaba mucho el lugar, era un sitio tranquilo con gente de todo tipo pero muy diferentes a los que luego conocí en el resto de sitios que fui visitando. Como todos los niños tenía buenos amigos, amigos con los que pasar el rato, amigos de verdad (de estos nunca hay suficientes pero siempre se cuentan con los dedos de una mano) y enemigos mortales. El grupo que nos juntábamos casi todos los días éramos una pequeña tribu de apátridas desahuciados por los errores de sus padres, y no hay nada en el mundo infantil que una más que el odio hacia un adulto. Contábamos lo mucho que nos gustaría volver a la tierra que nos vio nacer aunque en realidad ninguno la habíamos conocido de manera consciente. Nos podía esa nostalgia que se fomentaba en nuestras casas pero cuya existencia no tenía otro motivo que delitos o faltas de todo tipo, de lo más variada y de lo más absurda.
La mayor parte de nuestros vecinos más cercanos tenían tantas deudas con tanta gente que no veían otra opción que salir huyendo lo más rápido posible en cuanto se corría la voz de que no tenían intención de pagar a nadie, cosa que era absolutamente cierta y cosa que sucedía con mucha asiduidad. Lo que no me cabía ninguna duda era que harían lo mismo allí donde acabasen, expectantes por emprender de nuevo el camino, porque si algo se le da bien al ser humano es tropezar una y otra vez en la misma piedra, que también es cierto que al tropezar con ella se mueve hacia delante y, por mucho que lo evites ahí está otra vez, mirándote.
A José le sacaban una y otra vez todo lo que podían pero este seguía ayudando sin problemas a sus vecinos de buena gana. Sería una persona con más o menos fallos pero siempre estaba dispuesto a echar una mano, era lo que mi madre llamaba “un tonto de los buenos”, donde la última palabra siempre tenía por igual un tono de reproche y afecto, menos en las discusiones, ahí no, ahí siempre el tono era de arma arrojadiza.
Unas casas más abajo vivía mi mejor amigo. Su padre trabajaba con José en el campo y ambos ahogaban, una tarde sí y otra también, sus penas antes de volver a casa en el único lugar que había cerca, un riachuelo en el que mojaban sus pies con la esperanza de que la bebida que ingerían por arriba se diluyese un poco por las plantas cansadas de cuidar el trigo ajeno. Supongo que allí se contarían sus respectivas historias y, conociendo a ambos, exagerarían hasta que fuesen irreconocibles y, me jugaría lo que hiciese falta, la de un día no tendría nada que ver con la del siguiente y mucho menos con la de una semana más tarde.
Por lo que me contó mi amigo ellos habían llegado allí escapando de la familia de su padre, por lo visto al matrimonio concertado que tenían para él no le hizo mucha gracia que ya tuviese un hijo con otra persona y decidió anular dote y casamiento, algo que provocó la ira de los abuelos de mi amigo que ya se veían instalados en la lujosa mansión que habían conseguido que cediera la otra familia. Cuando todo se anuló amenazaron con vehemencia a su hijo y este decidió que era mejor marcharse lejos que tener que soportar el constante reproche de aquellos a los que se refería con una gran colección de insultos de lo más variado.
Había también fugas por adulterio, o mejor dicho fugas por miedo a que un marido provocase la muerte de aquel que había yacido en la cama equivocada, fugas en busca de un destino mejor, fugas en busca de un destino peor (que en el mundo hay y ha habido de todo), fugas por las ganas de cambiar de aires y hasta una fuga por equivocación: en aquellos tiempos si no te sabias guiar por el cielo podías terminar en cualquier lugar menos en aquel al que pretendías ir y, cuando te dabas cuenta de que habías tomado el norte en vez de el sur, ya era demasiado tarde para echarse atrás.
El caso es que me gustaba el lugar, nunca faltaba la luz, la comida, los amigos, los enemigos, las buenas historias y las malas, los borrachos caminando por las calles y cayendo al diminuto río que pasaba cerca de nuestras casas, los baños en ese río siempre que el calor nos asfixiaba, que al cubrir apenas por las rodillas tenía la ventaja de que nadie nos quería vigilar por temor al ahogamiento, si alguien hubiese sido capaz de perder la vida allí habría durado dos minutos igualmente en el mundo fuera de aquella minúscula corriente.
Como he dicho antes también tenía un par de enemigos, como todos los niños los tienen y como es sano que suceda, no hay forma de conocer el amor sin ser consciente de la existencia del odio. He intentado recordar sus nombres pero no soy capaz, de hecho tampoco recuerdo sus caras, las dos caras de ese niño y esa niña que eran capaces de amargar la mejor de mis tardes, pero sí recuerdo con claridad el odio que sentía al verlos.
Él tenía la voz más irritante que he oído nunca, y puedo asegurar que no han sido pocas, y ella era la niña más lista, guapa y graciosa que había allí, lo que siempre ha sido y será un motivo de odio para todo aquel que no sea capaz de llegar a ese nivel o no esté dispuesto a esforzarse para conseguirlo. Obviamente estas no podían ser las únicas motivaciones que provocaban mi rechazo hacia ellos pero lo cierto es que son los únicos que me vienen a la mente, y tal vez para un niño de esa edad fueran más que de sobra.
Por aquella época mi Padre había decidido que sería bueno que demostrase calladamente que no era un hombre común, uno más entre los que allí pacían. Entre sus cualidades no está la paciencia ni la comprensión por el ser que creó y que ha sido incapaz de controlar, con lo que si a un niño le concedes el arma cargada de la venganza tan solo se puede esperar que la use.