El evangelio según San Jesús

Yo (sin superpoderes)

Recuerdo mi vida en este planeta desde, aproximadamente, un año de edad. No sé bien por qué lo de antes lo he olvidado, si es que alguna vez se me grabó en la memoria, pero el caso es que desde los doce meses ya era plenamente consciente de mi existencia. No sabía quien era, no sabía por qué mis palabras solo funcionaban en mi mente, no sabía por qué mis piernas no respondían al erguirme, pero razonaba plenamente, veía a mis padres hacer cosas claramente equivocadas, sobre todo conmigo, pensaban que tenía sueño cuando tenía hambre, pensaban que quería moverme cuando estaba perfectamente tumbado, pensaban que la comida no me gustaba porque, tampoco sé por qué, un reflejo que nunca llegué a dominar, decidía que tenía que expulsarla con fuerza por la boca… el caso es que lo recuerdo todo.

Siempre he sido alguien pragmático, incluso en esa época lo era, que mis palabras no significaban nada en forma de balbuceos, pues bueno, ya lo haré mejor, que mis piernas se doblaban nada más levantarme, pues bueno, mañana tendrán más fuerza, no me agobiaba, tenía claro que era un proceso a seguir y no le daba más importancia.

Tal vez si desde el primer momento hubiera sabido lo que supe luego la cosa habría sido distinta pero creo que fue un acierto de mi padre pensar mi vida en este planeta de ese modo.

Hasta los 5 años era un niño normal, tal vez un poco más avanzado que el resto, tal vez un niño que se preocupaba por cosas que no le tocaban “¿uy qué gracioso, y eso cómo lo sabes tú, ehhhh, pequeñajo, ehhhhhhh?” fue una frase recurrente a la que mi madre solía responder “es que se fija mucho en las cosas”. En realidad nunca he tenido demasiada capacidad de atención por los detalles pero hay muchos conocimientos que, simplemente, los tengo, simplemente están ahí, desde donde sea que vuelen, y yo los cojo y, sobre todo de pequeño, los suelto, de ahí ese pequeñajo tan gracioso que lo sabe todo, no es algo consciente, ni tan siquiera ahora lo es, y con menos de cinco años pues menos aún.

A los 5 años decidí preguntar a mi madre:

- Mamá, ¿por qué los otros niños no saben donde está Roma? ¿Nunca han estado?

- Tú tampoco has estado y sabes dónde está

- ¿Y por qué lo sé?

Y en ese momento María vio que su respuesta era precisamente la respuesta que no quería dar, esa que llevaba evitando desde el inicio, pero justo ese día la cogí despistada zurciendo ropa para mi padre y decidió que la mejor respuesta era la que no conllevaba un pensamiento razonado, algo que siempre iba contra todos sus principios.

Suspiró, hizo un amago de dejar la ropa pero, ahora ya sí con un halo de razonamiento, decidió que tal vez era mejor seguir a lo suyo como si la pregunta nunca se hubiera producido, tal vez la conversación terminase ahí, tal vez alguien llamase a la puerta y dijera “vamos a jugar”, tal vez empezase a llover y había que moverse rápido para cerrar las ventanas, tal vez pasara algo que no pasó.

- ¿Y por qué lo sé?

Un nuevo suspiro y ahora ya sí dejó la ropa, alzó la mirada hasta mis ojos, cogió una silla que tenía al lado y, con un suave gesto que siempre usaba, acarició la silla. Me senté, un nuevo suspiro de mi madre.

- A ver cómo te explico esto para que lo entiendas

- No soy tonto, ehhhhhhh- La verdad que me ofendí un poco

- Cierto, no hablo con cualquiera

- Cuenta y lo que no entienda yo te paro

- Esperaba tener esta conversación mucho más adelante y con tu padre aquí

- Podemos esperar a papá si quieres

- Probablemente sea mejor que empiece yo y luego ya vemos

Se levantó, dio unos pasos rodeándome mientras me acariciaba el pelo suavemente, algo que me encantaba, sus manos en mi cabeza eran capaces de adormilarme en pocos segundos, tal vez buscara eso precisamente, pero ese no era el día ni el momento y mis sentidos estaban completamente alerta. Me rodeó dos veces y

- Verás, tú no eres un niño cualquiera, y no me refiero al “no eres un niño cualquiera” de la madre de tu mejor amigo o al “no eres un niño cualquiera” de la madre del vecino de enfrente, tú no eres un niño cualquiera de tú no eres un niño cualquiera.

- Pero ¿por qué?- me estaban impacientando un poco sus rodeos aunque en realidad tampoco tenía nada mejor que hacer, probablemente seguía esperando a que algo pasara, ese rayo atronador, ese amigo con ganas de jugar, ese cataclismo salvador.

- Porque tú no eres de aquí

- Eso ya lo sé, nací muy lejos, ya me lo habéis contado

- No, tú no eres de aquí- con su pie golpeó varias veces el suelo mientras su brazo aparecía al lado de mi cabeza, con un dedo señalando la ventana- tú eres de allí.

Yo no tenía ni idea de dónde estaba señalando, desde mi posición tan solo se veían nubes que se movían a gran velocidad y se intuía el sol tras ellas. Moví la cabeza intentando posicionarla cerca del dedo, intentando ver lo que mi madre señalaba más claramente pero seguía viendo lo mismo, nada, azul y blanco.

- El cielo es tu casa

- ¿Mi casa no es esta?

- Esta es tu casa pero no lo es, tú eres de allí- y movió el dedo enérgicamente de nuevo hacia la ventana




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