El evangelio según San Jesús

Al lugar donde has sido feliz (vuelve y entierra el mito)

Cuando ya me sentía ciudadano de aquel lugar tuvimos la visita de un antiguo amigo de José. Era el mismo que nos había avisado en nuestra antigua casa para que saliésemos de allí lo antes posible y ahora traía la noticia de la muerte de Herodes. Mi madre alegró por primera vez en años sus ojos y no tardó nada en mirar a su marido mientras acompañaba los gestos de “regresemos ya mismo”.

José, con el temor evidente de quien se cree perseguido pero con las ganas irrefrenables de abandonar un trabajo que estaba terminando con su espalda y apenas le daba para acabar con su constante sed (jamás me pidió una ayuda extraterrenal, eso he de concedérselo, y eso que yo se la hubiera prestado encantado), empacó lo antes que pudo las escasas pertenencias que habíamos sido capaces de reunir en todo ese tiempo y emprendimos el camino de vuelta al lugar donde mis dos padres nacieron.

El retorno se produjo sin contar con mi opinión, al fin y al cabo mi edad física no alcanzaba para poder formar parte de una discusión de ese tipo, y tanto María como José no veían el momento de salir de allí y regresar con sus familiares, esos a los que yo no conocía de nada y tampoco tenía demasiado interés en ver, sobre todo cuando se me estaba forzando a abandonar la única vida que había tenido y con la que me sentía plenamente cómodo, o al menos eso era lo que pensaba cuando me dieron la noticia porque en realidad hasta ese momento nunca lo pensé en absoluto.

El viaje fue reconfortante, algo que no esperaba en ningún modo. Tanto mi madre como José estaban tan entusiasmados por el regreso que la tensión que los separaba fue desapareciendo poco a poco y logró volver a unirles hasta un punto que yo nunca había presenciado antes. En las pensiones donde hacíamos noche, tras comprobar disimuladamente mis ojos cerrados y mi respiración de un estado de ensueño, más de una vez tuve que disimular las erecciones provocadas al oír lo que se hacía en la cama de al lado, una vitalidad que yo nunca habría creído para aquellas dos personas apagadas que me criaron en Egipto.

La última noche antes de llegar al destino, mientras ingeríamos el poco alimento que nos quedaba y esperábamos a que mi madre encontrase un buen lugar para descansar, oímos un bando en el que se anunciaban varias leyes nuevas, acompañadas de varios impuestos nuevos, así como el nombre del actual gobernador de la zona, un dato que hasta entonces habíamos desconocido completamente. El hijo de Herodes en persona había sucedido a su padre, haciéndose con el poder tras la muerte de este y manteniendo su legado como si fuese algo destacable.

La cara de José abandonó la alegría que nos había acompañado y se torno en pesadumbre, en miedo y en abatimiento. Esperó a que María apareciese y soltó la noticia sin esperar un solo segundo. Sin tener prueba alguna de que el nuevo gobernador conociese la existencia de las culpas del carpintero (que seguro que las desconocía por completo y le importaban aún menos si es que las conocía), pero con la valentía huyendo a pasos agigantados, decidieron que el camino les había llevado hasta allí únicamente para que cogiesen el desvío a Nazaret, ese lugar que sería mi nuevo hogar y, con el tiempo, parte de mi apellido oficioso.

Esa misma noche, de hecho escasos minutos después de que la nueva ruta se hiciese oficial, la cercanía entre María y José desapareció y volví a presenciar las maneras y costumbres que habían acompañado mi vida a miles de kilómetros de ahí. Fue la primera vez que probé el vino, al menos algo con su color aunque carecía de su sabor, llevaba tiempo insistiendo en las comidas para probarlo y siempre se me había negado la oportunidad. Esa noche, con todo perdido, las cosas parecían carecer de valor y, cuando hice el intento pidiendo un pequeño sorbo, no hubo réplica alguna sino que una mano acercó a mi el vaso para echar un trago, uno que no tuvo límite en su contenido y que terminó con el recipiente vacío. Lo que bebí fue tan agrio y horrible que me costaría años volver a atreverme de nuevo con un sorbo.

Al llegar a Nazaret José empezó a trabajar de nuevo en una carpintería, con la misma táctica que le había dejado en buena posición en su antiguo pueblo: hacerlo todo con precios tan baratos que la calidad final no podía ser reprochada por nadie.

Igualmente empezó a labrarse un nombre en todas las tabernas y casas de compañía del lugar, lo que llevó a mi madre a perder la esperanza de recuperarle a menos que volvieran a cambiar de lugar, pero ninguno de los dos parecía tener el valor ni las ganas suficientes de empacar lo que teníamos y empezar en otro lugar, además “seguramente no serviría de nada”, en palabras de mi propia madre, hundida en la desesperanza y cansada de luchar por todo lo que no podía conseguir.




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