El evangelio según San Jesús

Perdido (como todo el mundo en realidad)

Durante los primeros meses en la ciudad fui incapaz de entablar amistades con los chicos de mi edad (incluso con mi ya consabida táctica), me sentía que era de un lugar muy diferente y ellos eran incapaces de entender mi habla ni mis formas de actuar. Solía deambular por los mercados y los templos en busca de nuevos amigos a los que acercarme (más o menos), en busca de ese grupo que tanto me había apoyado en Egipto y que tanto respeto había conseguido que me tuviesen.

Un día decidí entrar en un templo, atraído por una bella mujer a la que llevaba siguiendo desde una plaza cercana, tendría unos 12 años. Al pasar por él oí una acalorada disputa que provenía de dentro y me sorprendió que lo que siempre había tenido como un lugar silencioso y respetuoso pudiera albergar semejante alboroto. Me senté en las filas de atrás mientras intentaba captar el origen de lo que allí estaba pasando, pero los gritos enmascaraban las palabras y se hacía imposible acercarse vagamente a las razones de aquella disputa. Me acerqué poco a poco en busca de conseguir hacerme con algo de claridad, me estaba divirtiendo sobremanera el espectáculo y me dejé llevar por el ansia de conocer, hasta que uno de los que no participaba se percató de mi presencia y me preguntó, haciendo que todo el mundo callara sin razón alguna: “¿Estás perdido, niño? ¿Quieres que te llevemos a casa?”

Yo dije que sabía perfectamente dónde vivía y cómo llegar pero prefería que alguien me explicase lo que allí estaba pasando. Todos rieron y me dijeron lo que se le dice a alguien cuando no estás por la labor de dar explicaciones “no lo entenderías”. Insistí en que me probasen, que estaba dispuesto a estar allí el tiempo que hiciese falta para comprenderlo todo y me senté firmemente en uno de los bancos que ocupaban unos de los contrincantes. “Y de aquí no me voy hasta que alguien me diga lo que está pasando”.

Esta frase les convenció de mi terquedad así que uno de los más jóvenes, aún así bastante mayor, decidió aclararme que estaban hablando sobre la existencia de la voluntad divina y de cómo interpretarla. Por lo visto uno de los hombres había recibido señales de mi padre no terrenal en sueños y estaban poniendo en valor qué hacer con semejantes informaciones.

-¿Pero seguro que ha soñado con Dios? -pregunté intentando disimular la carcajada que tenía por dentro.

-Sin duda, me dijo que cogiésemos a nuestros hijos y abandonáramos la cuidad cuanto antes porque se acerca una plaga que limpie de romanos el lugar.

He de reconocer que la frase era digna de mi padre no terrenal, así como el hecho de mandar una plaga para terminar con una situación que se podría controlar de una forma mucho más civilizada, pero sabía que nada de eso iba a pasar pues hubiera sido el primero en enterarme, siempre que se cernía un peligro sobre mi familia me llegaba el soplo días antes.

-¿Y cómo está tan seguro de que Dios en persona le ha hablado? -pregunté en un intento por desenmascarar ante todos al anciano con la cabeza claramente en sus días menos lúcidos

-No es la primera vez que me habla y siempre ha tenido a bien avisarme de los desastres que se avecinaban.

La multitud empezó a relatar sus hazañas, entre las que destacaba una en particular: fue avisado de los planes de Herodes de matar a todos los niños del reino en busca de encontrar a aquel que se creía un nuevo mesías que había de nacer. Y me encendí.

-¿Y la muerte de todo el ganado que llevamos sufriendo meses o la falta de lluvia que impiden cultivar nuestros campos no habría sido un buen anuncio? Quiero decir que un Dios compasivo avisaría para que guardásemos lo necesario para superar esta mala racha, ¿no?

-Obviamente no me cuenta todo, también ha de ponernos a prueba de vez en cuando.

-¿Estás diciendo que tu Dios busca poneros a prueba provocando la muerte de su pueblo mientras los romanos siguen viviendo como antes porque no tienen problema en conseguir lo que aquí no hay gracias a todas las carreteras que han construido?

-Ya te hemos avisado de que un niño no podría entender la voluntad de Dios.

No seré yo quien defienda el extraño sentido de la justicia de mi padre no terrenal, ni tampoco el que perdone alguna de sus bromas más fuera de lugar o sin sentido pero lo cierto es que el tiempo había llegado a calmarle, bueno, en realidad había logrado que su obra me importase más bien nada, y sabía que el tiempo de las plagas había terminado, requerían un esfuerzo de organización que no estaba dispuesto a repetir visto que los resultados nunca fueron satisfactorios.

La conversación discurrió por derroteros similares durante varias horas, yo no daba mi brazo a torcer y ellos lo arreglaban todo con la excusa de un niño incapaz de entender el mundo que le rodea, hasta que no pude más y les dejé bien claro quien era.

-Ese Dios del que habláis es mi Padre y yo he venido a este mundo a salvar a los hombres.

Jamás, antes ni después, he escuchado a unas personas reír tanto y tan fuerte. El estallido de carcajadas duró varios minutos, lo que guió hasta el templo a mi madre, que llevaba buscándome varias horas (ella aseguró que varios días pero a veces lo de exagerar era algo que la encantaba sobremanera), justo desde que no había aparecido a comer (y a cenar y a comer y a cenar y a comer...).

-Aquí estás, jovencito, llevo buscándote desde hace días.

Uno de los hombres exclamó entonces:




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