El evangelio según San Jesús

El trabajo dignifica (en realidad no)

Tarde o temprano llega siempre ese momento en el que dejas de ser un crío para convertirte en un adolescente proveedor de mano de obra. En mi caso el destino de ese trabajo se encontraba muy claro y poco podía yo oponer al respecto. El trabajo manual nunca me hizo demasiada gracia, aunque estaba convencido de que a poco interés que pusiera en él obtendría resultados más satisfactorios de los que el carpintero lograba.

Había también motivos de esperanza en mi madre, que la llevaban a creer que si José tenía a su lado a un ayudante, de su conciencia brotaría lo que de vez en cuando aparecía por casa, pero en realidad los tres sabíamos que eso no iba a ocurrir.

-Ya es hora de que el niño te ayude y aprenda el oficio

-Como veas pero no parece tener muchas ganas

-Seguramente más de las que tienes tú

-Sí, seguramente. ¿Tú quieres venir a trabajar mañana conmigo?

-Pues...yo...es que…

-Tienes que aprender el oficio de tu padre, no puedes seguir por ahí todo el día sin hacer nada, o haciendo lo que no debes

-Pero yo solo...es que…-en lo segundo llevaba razón, no nos vamos a engañar.

-Está decidido, mañana os vais los dos juntos

-No se hable más, me voy a la cama que mañana tenemos mucho trabajo

-Pero madre, es que…

-A dormir, que mañana tenéis mucho trabajo

Y de este modo se producían en mi casa gran parte de las conversaciones, daba igual si el tema era trabajar en una carpintería, visitar a unos familiares, comprar un par de cerdos, el asunto a tratar era lo de menos en estos casos.

Y ahí estaba yo, el hijo de dios, sin voz ni voto, esperando que al despertar y entrar en la carpintería un milagro arreglase todo, mi especialidad.

Aquella noche dormí más bien poco, y yo si no duermo mis doce horas al día siguiente soy un desperdicio humano, con lo que los primeros momentos de aprendizaje produjeron unos rendimientos casi tan malos como los que obtenía el maestro cada vez que se ponía a la tarea. Intenté un par de veces hacerlo por la vía no humana pero mi padre terrenal me vio y simplemente esperó a que acabase, sabía perfectamente que un milagro, sin tener ni idea de lo que había que hacer, no iba a arreglar nada. Desconozco si algo de lo que yo hice ese día se vendió o acabó en el horno que nos calentaba la comida, me hubiese gustado guardar un pequeño recuerdo de algo de lo hecho aunque en ese momento lo único que deseaba era llegar a casa y tumbarme lo antes posible, me faltaba mucho sueño.

Mi madre se pasaba de vez en cuando a ver mis progresos, que realmente no eran demasiado alentadores, e intentaba darme ánimos a través de la comparación “Lo haces casi igual que alguien que se lleva dedicando a esto toda la vida”, pero obviaba que una vida de dedicación no tiene por qué implicar necesariamente maestría y si algo se hace mal con veinte es probable que con treinta se haga incluso peor gracias a la capacidad del ser humano por quedarse con todas aquellas trampas que apenas se notan pero reducen considerablemente el esfuerzo.

Mis sillas eran funcionales, no cojeaban, no creaban esa duda constante sobre su robustez que era marca de la casa, pero al mismo tiempo carecían de cualquier virtud estética que hiciese querer que tus posaderas descansaran ahí. Cuando alguien entraba en la carpintería encontraba algo que no había en ninguna de las otras carpinterías del lugar: una variedad más allá de lo imaginable a un precio ridículo. La táctica de José seguía funcionando perfectamente con mi presencia, la gente que iba allí salía con lo que buscaba dejando aquello que llevaba a cambio, nunca regateamos porque nosotros no teníamos la capacidad y los que venían consideraban más que justos los tratos.

Cuando caía la tarde y llegaba la hora de cerrar me convertía en una excusa humana: María había pensado que si José me tenía al lado dejaría las tabernas de lado y ambos cruzaríamos el umbral de la puerta de casa a los pocos minutos de sacar la llave de la cerradura, pero José interpretó que si era capaz de aficionarme a lo mismo que él entonces mi madre tendría que guardar la cara que siempre ponía al verlo entrar con paso ahogado. El primer día, en un movimiento que he de reconocer que me sorprendió, fuimos directos del trabajo a casa. María, al vernos entrar, hizo del momento una recepción digna del mejor de los gobernantes, de esos que, según José, no hay uno bueno, pero aquello era un espejismo meditado por parte del hombre ya que al día siguiente no dudó en cogerme por los hombros y decirme “Ya va siendo hora de que veas dónde se hacen las relaciones en este lugar, que eres muy callado y eso no es bueno”.

Cinco minutos después de esconder la llave de la carpintería dentro de un hueco, luego tapado con algo de tierra, llegamos a la cantina. El ambiente era bullicioso, hombres de todos los tipos, pero igual de borrachos, mantenían acaloradas discusiones gritando sus argumentos y haciendo que nadie fuese capaz de distinguir de ellos una sola palabra. Cada cierto tiempo un chico pasaba intentando deleitar a los asistentes con algo de música, pero duraba el tiempo que el camarero tardaba en darse cuenta de que el escándalo tenía un nuevo protagonista no deseado y, tras llenar su vaso de vino que era el fin último del artista, lo acompañaba a la salida para que no interrumpiera el escándalo con su escándalo.

Nos sentamos en una mesa donde saludaron a José de forma efusiva e ininteligible y a mi comenzaron a acariciarme la cabeza y a ponerme delante vasos y más vasos. “Prueba, al principio a lo mejor no te sabe del todo bien pero ya verás que cuando termines el vaso querrás más” me dijo el hombre que dormía con mi madre cuando esta no lo echaba de su lado por querer más vasos todo el rato.




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