El evangelio según San Jesús

Cena de familia (con familia que no se sabe que lo es)

Los meses en la carpintería no me hicieron mejor artesano, simplemente me hicieron uno más rápido. Lo cierto es que ninguno de los dos que trabajábamos allí teníamos la pretensión de mejorar los resultados, las piezas se vendían bien y si la cosa funciona es mejor no cambiarla, si hay algo que se aprende al instante es que os le aterran los cambios. La rutina de los días al principio era difícilmente soportable pero con el paso del tiempo hasta a tu propio cansancio se lo come el día a día y vas acostumbrándote a vivir de un modo que no te gusta por el simple placer de acomodarte. Sí, podía haber hecho milagros para acabar antes una vez conocido el oficio pero mi padre terrenal me lo tenía absolutamente prohibido y, por otro lado, si acababa rápido, ¿qué más íbamos a hacer que no fuera acabar en la taberna?

Por suerte para mi todo se rompió cuando a Nazaret vinieron a vivir mi primo Juan y su padre José, que era hermano de mi madre y con el que ella no tenía una gran relación. Recuerdo preguntar en la cena donde nos conocimos (no les había visto nunca antes y apenas me habían mencionado sus nombres) por qué habían elegido ese pueblo para mudarse, por aquel entonces era un lugar donde caerse y no uno donde voluntariamente recalar. Mi tío me explicó que era un buen sitio para expandir su negocio, era comerciante y vendía especias traídas del lejano oriente, había conseguido un almacén y una casa por un buen trato gracias a José, al que tildaba de gran negociante, con la sorpresa de aquellos que conocíamos a la persona de la que hablaba. Fue una cena agradable, donde nos contó cómo eran aquellos lugares remotos que tenía que visitar de cuando en cuando para volver a llenar los almacenes y, tras ver mi cara de asombro, me ofreció un asiento en el próximo barco que zarpara. Yo miré a mi madre imponiendo un sí, ella miró a José suplicando un no y este resolvió la disputa con un “mientras no sea mucho tiempo ni corra peligro”. Ni que decir tiene quien durmió varios días después en casa de su yerno.

Juan y yo nos hicimos amigos íntimos, él era muy tímido pero a la vez tenía la capacidad de convencerte de cualquier cosa que deseara con su discurso, no había un solo argumento que no pudiese rebatir y tampoco había uno solo que, si quería poner fin a la conversación, pudieses rebatirle. Me contó que su madre había muerto en el parto y que sentía que su vida tenía que ser vivida por dos personas, que no podía cometer errores una y otra vez en una búsqueda imprecisa. Se había unido a un grupo que luchaba por la expulsión de los romanos de esas tierras y crear así un estado propio “por y para las gentes de aquí”. A mi todo eso me sonaba a un peligroso intento de buscar la muerte pero he de reconocer que me divertían las charlas en las que se exponían los motivos, no carentes de razón, de aquella gente y además siempre tenían la capacidad de escuchar puntos de vista contrarios incluso llegando a admitir modificaciones en los preceptos si veían que algo cuadraba mejor que las posiciones existentes. Me pidieron unas cuantas veces que me uniese al grupo pero yo sabía que mi destino había de ir por otro lado, muy parecido en el fondo pero distinto en las formas, así que intenté rechazar lo más amablemente posible todos los ofrecimientos. Las cualidades de mi primo no quedaron en rebeldía de juventud, con el tiempo fue haciéndose nombre y, cuando se le ocurrió que bautizaría a la gente en una fe que aún apenas existía, sumergiendo sus cuerpos en los ríos cercanos, empezó a hacer también fortuna.

Mi tío, al contrario que Juan, carecía de idealismos y su única fe era vivir de la mejor manera posible rodeado de los mayores lujos que pudiera conseguir. Como en el pueblo la mayoría de la gente tiraba con lo justo y como la envidia es un arte tan fácil de cultivar que ni en el desierto se niega a dar sus frutos, pronto empezaron a circular sobre el hermano de mi madre decenas de historias sobre la muerte de su mujer, las amantes que tenía, el lugar de la casa dónde escondía el oro, los tratos que tenía con los romanos y muchas otras cosas, algunas tan falsas como otras del todo acertadas. Pero lo que más le molestaba era el mote que empezó a correr como la pólvora de pronto y del que intentó deshacerse inútilmente, incluso llegando a ofrecer, en un secreto a voces, una buena recompensa por pistas sobre el autor del mismo. Como digo el pueblo era muy aficionado a las habladurías así que decidieron que si alguien tenía mucho dinero y cada vez su fortuna crecía más y más eso era que no despegaba la cabeza de las cuentas, un arte que apenas dominaba nadie, con lo que no podía llamarse de otro modo que no fuera “Jose de Aritmética”. Lo cierto es que no era difícil descubrir al autor de un sobrenombre tan descriptivo pues en el pueblo se podían contar con la palma de la mano aquellos que realmente conocían el significado de la palabra, pero si careces de aliados es complicado llegar a lo que se busca. Viendo el disgusto de nuestro familiar, Juan y yo nos pusimos a investigar para ver si por nuestros métodos éramos capaces de a quien había ideado el mote, pero cuando llegué al origen del mismo hube de pararlo todo por el bien de la familia desviando la atención a otra fuentes que se perdían fuera de Nazaret.

Con el tiempo yo iba más y más por el almacén de mi tío, me gustaba ver lo que hacía y cómo trabajaba, del mismo modo que poner algo de orden en el caos que tenía montado y que dominaba a la perfección. Organicé varios modos más eficientes de trabajar y, poco a poco, fui pasando más tiempo en aquel lugar que en la carpintería, cosa que los dueños de ambos lugares agradecían por igual. Descubrí que se me daba muy bien ordenar las cosas, descubrí que mi incapacidad con los trabajos manuales se tornaba destreza a la hora de poner todo en el mejor de los sitios posibles, descubrí que hay una armonía en los espacios y que, siguiendo unas reglas muy básicas, todo puede mejorar, descubrí que al ser humano siempre hay que darle una guía con la que sostenerse, una que tarde o temprano puedes saltarte, o no, pero siempre teniendo la referencia básica en la que mirar y esa en la que puedes marcar claramente los lados y poner a cada uno de ellos un nombre, descubrí que necesitáis un suelo y una frontera y eso no fue poco descubrir.




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