El evangelio según San Jesús

Viajar (estupendo si no huyes)

Nunca llegué a tener conocimiento de la manera en que mi tío se hacía con los barcos para traer materias primas pero aunque no eran suyos jamás lo pareció. Se movía por ellos con la confianza de quien lo ha construido, hacía cambios constantemente, modificaba la distribución de los almacenes internos según la carga o rehacía los catres para que fuesen más o menos cómodos pero dejasen siempre el máximo beneficio. Algunas veces las ganancias provenían de la carga y otras provenían de los pasajeros. En ambos casos el transporte de ida o de vuelta implicaba cierto desembolso económico con los guardianes de los puertos, había cosas que no se podían transportar aunque eran de uso común, y también había personas que no se podían transportar, generalmente aquellas de conocimiento común.

Durante mucho tiempo insistí en hacer uno de esos trayectos, en realidad me daba igual el que fuera mientras me llevase lejos y pudiese conocer gentes de otros lugares. Cuando mi insistencia tuvo éxito y obtuve el deseado sí me quedé paralizado ante la noticia y mi tío, sorprendido, solo se atrevió a preguntar si había cambiado de opinión o si ahora que el hecho era una realidad me había podido el miedo. Pero nada más lejos de la realidad, simplemente la noticia se produjo en una cena familiar, estaba allí mi madre, mi primo, José, y yo no tenía claro que la respuesta que deseaba dar fuese algo posible por parte de los mayores. Miré a mi madre y vi en ella la complicidad necesaria para lanzarme a dar la respuesta. María preguntó a José si habría problema con la carpintería si yo me alejaba de ella por un tiempo, lo que se resolvió con un resoplido indiferente que dejó mi camino abierto hacia la India.

Partimos hacia Asia dos semanas después de la oferta, era un viaje que llevaba tiempo planeándose con lo que tuve muy poca cosa que hacer más allá de preparar algunos ropajes y ayudar a mi tío a construir un hueco en el que dormiría de cuando en cuando. Conocí a los pasajeros un par de días antes de emprender viaje, cinco hombres, además de mi tío y yo, y una mujer. Entre ellos todos parecían ya conocerse, aunque en las conversaciones no supe nunca de qué, imaginaba que sería de viajes anteriores dada la confianza que se tenían, aunque luego averigüé que, en realidad, de eso tan solo se conocían mi tío y otro de los hombres, el resto habían coincidido en otro tipo de actos menos formales o prolongados en el tiempo como este que teníamos delante.

El hombre de confianza de mi tío era un robusto habitante de mi propio pueblo, o eso decía él aunque su acento lo desmentía a cada palabra. Muchas veces intenté congeniar con él lo suficiente para que me confesara la verdad, algo que realmente no me importaba gran cosa, pero nunca pude obtener de sus labios otra versión que no fuera esa. Sé que es una contradicción preguntar por algo que no te importa pero lo que había detrás de esas cuestiones era la simple vanidad de llevar razón, de haber pensado desde el primer momento que su historia no encajaba y confirmar que era así. Arrastraba las frases tanto como los pies, lo que tenía la ventaja de que podías saber de su presencia un buen rato antes pero la enorme desventaja de que las conversaciones se prolongaban siempre más de lo necesario, cosa que a todos, menos a mi tío, nos ponía muy nerviosos aún cuando estábamos encerrados en un barco sin muchas cosas más que hacer que escucharnos mutuamente.

Los otros cuatro hombres parecían todos cortados por el mismo patrón, y si las apariencias me han enseñado algo en todo este tiempo es que a veces no se equivocan. Al igual que nuestro forastero no declarado eran todos de otras tierras que yo no había oído ni pronunciar. Se hablaban muchas veces por señas, y se entendían sin problema alguno, en sus brazos podía verse claramente, a pesar de que lo intentaran tapar, que habían tenido barrotes por puertas más de una vez. Eran de trato fácil cuando no interrumpías sus reuniones, a las que nunca nos invitaban, pero el barco tampoco era demasiado grande. Dos de ellos tenían un amplio conocimiento de cómo funcionaba por dentro el imperio, conocían a todos los gobernantes y, sobre todo, a sus soldados más leales, mientras que los otros dos simplemente asentían gozosos a todas las conversaciones que oían y gritaban consignas que nunca fui capaz de descifrar. Los dos seguidores habían sido pescadores antes que incondicionales de una causa, por lo que cuando no estaban en parlamentos secretos llevaban a la mesa mucha más comida de la que hubiese hecho falta de haber sido el doble de pasajeros, ese viaje fue de las pocas veces en mi vida en la que mi estómago alcanzó a rozar las vestimentas.

Lo curioso cuando crees estar huyendo de un lugar es que te sientes un fugitivo aún cuando realmente no hayas hecho nada, y yo creí trabar un vínculo con esos hombres, sentí que estábamos en la misma situación, algo que ellos mismos veían como absurdo pero igualmente acabaron aceptándome en sus charlas los últimos días. Aunque era joven y entendía más bien poco de lo que contaban sí fui capaz de abrirme a una nueva perspectiva de la situación que yo desconocía y que, manipulada claramente a su versión de la historia, me dio una nueva concepción sobre el mundo que nos había tocado vivir. Hablaban de tierras propias, de cultura propia, de clases y gentes propias, todo tan propio y todo tan individual que no fue hasta que llegamos al destino y me encontré con varios de mis maestros cuando todo empezó a tener sentido y brindarme una sensación real de pertenencia a un pensamiento, curiosamente un pensamiento común sobre las teorías de los individuos. A ellos les hacía gracia ver mis expresiones de asombro ante sus palabras y a mí me parecía ridículo que esas conversaciones no se tuvieran en el lugar que hacían falta, que no se tuvieran en los pueblos como el mío, pero mi juventud no me dejaba ver la imposibilidad del mismo y mi inconsciencia luego quiso que fuese yo quien llevara todo eso, en mi propia versión, a aquellos lugares.




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