El evangelio según San Jesús

La parada (y el nuevo mundo)

La estancia en India debía durar cinco días, lo justo para que mi tío buscase unos nuevos pasajeros, vaciáramos los almacenes y los volviésemos a llenar. En ese tiempo me di cuenta de que no todo el mundo hablaba el mismo idioma que yo (aunque lo entendía sin problemas y de mi boca salían palabras con las que me comunicaba perfectamente), de que las casas se construían igual pero eran muy diferentes, de que la comida que mi estómago era capaz de aguantar no incluía ciertas especies o plantas, de que el sol parece igual en todos los lugares pero actúa de formas distintas (había viajado de pequeño desde Egipto a Nazaret pero nunca fui consciente de nada de esto), de que deseaba pasar allí más tiempo del que teníamos reservado.

Hablé con mi tío y le pregunté si sería posible que me recogiese allí mismo en el próximo viaje que tenía planeado y su cara entró en pánico en cuanto intuyó cómo iba a terminar mi pregunta. “Pero si te dejo aquí tu madre me va a matar”, que era una frase tan cierta y obvia que me avergoncé de no haber pensado en ella, aunque le dije que tenía decidido quedarme y que, en realidad, la pregunta no era más que una formalidad. Para tranquilizarle jugué una carta que pensaba le iba a encantar y le dije que María se iba a quedar conmigo descubriendo el lugar (María no tenía ni idea de esto y ni se lo había llegado a proponer aún) pero eso estuvo muy lejos de llevar calma a su cara. “¿Tanto que habéis hablado y no te has dado cuenta de que ella no está aquí por lo mismo que tú?”. Descubrió mi farol antes de que acabara de lanzarlo. Callé, intentando que el silencio borrase la pregunta pero eso únicamente dio paso a un lamento “Tu madre me mata, me mata”. Me sorprendió su actitud derrotista, daba por hecho que me iba a quedar y que no había nada que pudiera hacer, cuando yo tenía muy claro que si me agarraba del brazo y me miraba sin decir nada los planes se desvanecerían en ese mismo momento.

Antes de emprender un camino que desconocíamos donde nos iba a llevar, y que no nos importaba demasiado, cumplimos con lo acordado esos cinco días y llenamos el barco de seda, especias, víveres y hombres con la vista permanentemente en el suelo. Yo simplemente asumía el papel de mulo de carga mientras mi tío desplegaba su capacidad para ese idioma que a mi me sonaba a constante pelea. “Es una lengua bonita” me dijo María mientras intentaba describirla cómo eran las negociaciones, y ante mi asombro añadió “¿Como pensabas moverte por esta tierra si uno de los dos no supiera entender a la gente?”. Yo me hice el loco, ella nunca me había oído hablar con ningún nativo y asumió que desconocía la lengua, pero estaba ofreciéndose a lo que yo no había tenido aún el valor de preguntar, cómo iba a decirla que me podía comunicar sin problema. Mi boca se abrió de par en par, ella acercó sus labios a los míos y, mientras me besaba, qué beso fue aquel, nuestro primer beso, añadió “Nunca llegarás a conocerme por completo, asúmelo, no has de hacerlo ni de querer conseguirlo, y seremos felices”, y aunque nunca he podido asumirlo sí que hemos sido inmensamente felices todo este tiempo.

A día de hoy sigo siendo incapaz de saber qué lugares visitamos, si algo no tengo entre mis cualidades humanas es la capacidad de situarme. María siempre me iba informando de los nombres de los lugares de cómo eran sus gentes y de la manera en la que mejor nos podíamos entender con ellos y yo hacía como que poco a poco iba a aprendiendo el idioma, pidiéndola que me diera clases, por el simple placer de tenerla delante todo el tiempo posible. Yo me dejaba llevar, asombrado como estuve todo el viaje, intentando descubrir cómo era posible que conociese todos esos detalles, a lo que ella siempre contestaba “Algún día puede que te explique una o dos cosas”, pero nunca llegó a hacerlo y hubo un momento en el que decidí que tampoco debía continuar insistiendo porque, en realidad, tampoco me apetecía saberlo.

El país era mucho más variado de lo que jamás pude imaginar, de una zona a otra sus habitantes tenían siempre el don de la paciencia y la amabilidad con nosotros, pero entre ellos había enormes diferencias a la hora de expresarse y moverse. Entendí que muchas veces es posible no saber qué está diciendo la otra persona para tener una comprensión absoluta de lo que está hablando, no porque yo no entendiera sino porque en realidad no escuchaba y me descubría asintiendo absúrdamente mientras lo único que hacía era buscar todo el rato los ojos de María.

María se reunía con gente en varios lugares distintos, reían, se enfadaban, golpeaban el suelo con el puño, nos daban pergaminos que yo guardaba y cargaba con la curiosidad de saber su contenido, que nunca me dejó mirar, y que nunca me fue revelado, nos daban de comer del mismo modo que mi madre lo hacía con todos mis amigos, nos regalaban objetos que nunca llegaron a casa, soy muy torpe y la mitad se rompieron, aunque la otra mitad María los volvía a regalar en cuanto tenía la ocasión, lo más lejos posible del lugar donde nos los habían entregado.

Lo que más me impresionó de todos aquellos días fue la capacidad que tenían algunos de los habitantes para hacer cosas fuera de lo común: algunos dormían en maderas llenas de pinchos, puntas tan grandes como mi mano y tan afiladas como la mejor de las espadas; otros escupían fuego por la boca y luego se lo esparcían por el cuerpo sin sufrir el menor de los daños; una mujer comía los más diversos objetos, los troceaba lentamente y afirmaba que cada uno tenía un sabor particular del que siempre disfrutaba; una más introducía en su garganta sables y los hacía desaparecer hasta la empuñadura, volviendo a sacarlos poco después para continuar tranquilamente ingiriendo cualquier otra cosa; un hombre levantó varios palmos del suelo mientras, según sus palabras “entraba en contacto con la naturaleza”; otro caminó sobre el agua mientras a su lado los incrédulos nos hundíamos sin remedio; vi cómo unas simples piedras se convertían en oro y cómo el agua de un río pasaba a convertirse en un vino horrible del que solo pude echar un trago porque el aspecto sí coincidía pero el sabor estaba muy lejos de parecerse, me pregunté si mi padre terrenal, en una de esas tardes que se alargaban hasta la madrugada, habría dado su visto bueno a ese líquido horrible.




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