El evangelio según San Jesús

Mudanza (en busca de lo desconocido)

Al poner un pie en la carpintería con mi hermano y mi padre y empezar con los encargos supe que eso o era lo mío. En realidad siempre lo había tenido claro pero ahora me veía con la suficiente valentía de expresarlo, de dejarlo claro. Esperé a que terminase la jornada, ellos contaban conmigo y por un día más tampoco iba a pasarme nada así que, cuando íbamos a empezar a recoger les reuní ante unos vasos de vino y les dije “no quiero seguir con esto, lo siento, sé que contabais conmigo pero no es mi lugar ni mi oficio, no voy a continuar”.

Ninguno de los dos hizo gesto de sorpresa, lo cual, si soy sincero, me dolió un poco, mi hermano miró cómplicemente a mi padre y este me miró como miraba él, sin expresión detectable en el rostro y dijo “ya lo sabíamos, teníamos claro que al volver del viaje esto no era tu destino y nos ibas a dejar por otros lugares, no te preocupes, contábamos con ello, en todo este tiempo nos hemos apañado bien y así seguirá siendo, no sientas que nos abandonas ni nada por el estilo porque no es así, simplemente vas a seguir tu camino, que es distinto al nuestro y distinto al de todos” y entonces soltó la bomba, una frase que no esperaba, una pregunta que no me sentó especialmente bien, aunque era tan lógica y evidente que lo que peor me sentó era no haber pensado la respuesta, de hecho lo que peor me sentó era no haberme planteado yo mismo la pregunta para tener la capacidad de pensar la respuesta “¿y dónde vas a ir ahora, qué vas a hacer?”

¿Qué iba a hacer? Que qué iba a hacer me pregunta. ¿Qué vas a hacer? Con todas sus palabras y todas sus letras, con su signo de interrogación y casi de exclamación, ¿qué vas a hacer?

¿Por qué esa pregunta tan lógica, esa pregunta que todo el mundo haría, a mí no se me había ocurrido, no se me había pasado por la cabeza durante ese día de trabajo manual? ¿Por qué solo pensaba en irme pero no en dónde irme?

¿Por qué yo, con un supuesto destino, con un camino, según mi padre, distinto al de ellos, desconocía cual era el desvío a tomar? De hecho ¿por qué ahora mismo, allí con ellos, ni tan siquiera veía el cruce de caminos?

Mi padre vio el desconcierto en mi cara y apoyó su mano en mi hombro unos segundos, no dijo nada, solamente recogió los vasos y miró a mi hermano, que le ayudó a dejar las cosas listas para el día siguiente mientras yo permanecía inmóvil en mi silla, una silla que probablemente hubiese hecho yo porque cojeaba ostensiblemente, igual que cojeaba ahora mismo quien estaba sentado en ella, una silla que me preguntaba cual era el siguiente paso, una silla que no tenía piedad y me cuestionaba sin ponerme la mano en el hombro, esa silla que era el inicio y el final de una etapa.

En un momento, cuando ya casi habían preparado todo, mi hermano se acercó decidido a enseñarme el cruce, a acercarme lo más posible a él “¿y si vas donde los abuelos?”

Séforis era ese “donde los abuelos” un lugar a una hora de Nazaret a pie, que había pasado de ser una villa insignificante, igual que la nuestra, a un lugar enorme, un lugar privilegiado porque el gobernante de turno había nacido en él y se mostraba orgulloso de ello, dispuesto a transformar su pequeño pueblo y a sus habitantes en ricos, donde la opulencia destacase todo por las calles, un lugar repleto de todo lo que no tenía nuestro lugar, en lo bueno, en lo malo y en lo peor, un lugar donde jamás había querido permanecer más de unas pocas horas cuando íbamos a visitar a los abuelos pero que ahora no me sonaba mal, de pronto en el cruce apareció una señal con el nombre y el camino se mostraba soleado y muy fácilmente transitable pero “¿y allí qué voy a hacer yo? No quiero ser carpintero y eso es lo único que sé hacer”

“Allí hay mil oficios y en todos hay aprendices, tengo montones de amigos que se han ido allí y están encantados, ganan dinero, hay mucho trabajo, obras por todos los lados, mansiones nuevas llenas de trabajadores, ve allí, no pierdes nada, si no te gusta siempre puedes ir a otro lado o siempre puedes volver, y seguro que María está encantada en un lugar tan grande, esto se le queda muy pequeño, se os queda muy pequeño”

“No, jamás voy a volver allí” fue la respuesta de María a mi idea que no era mía pero había propuesto como mía.

“¿Volver?”

“Viví allí y no quiero volver pero tú debieras ir, está cerca y nos veremos constantemente, no cambia nada”

“Cambia que no te voy a tener a mi lado cuando vaya a dormir”

María me miró como se mira a un niño pequeño, con esa lástima de quien es mucho más adulto, me besó y me abrazó fuerte y dijo “no estaremos lejos, cuando lo necesites ven, siempre que sientas que estás solo ven, siempre que creas que es un error estar allí ven, no dejes que te pueda, no dejes que esa ciudad se meta en ti, simplemente ven”

Y con esas frases comprendí mucho más de lo que pensaba, comprendí que María hablaba de mí pero también hablaba de ella, que ese “no voy a volver” tenía muchas razones que desconocía y tenía claro que no debía preguntar, cosa que no hice en ese momento y que no hice jamás, porque María me contaba lo que necesitaba y lo que ella filtraba, siempre fue así y jamás pretendí que fuera distinto.

Mi otra María no se lo tomó tan bien, no comprendía qué iba a hacer yo en un sitio así, el sitio donde se había criado y ya no se parecía en nada al sitio donde se había criado, de hecho no acababa de entender muy bien por qué sus padres continuaban en un lugar “tan podido” como aquel, del que “no se podía sacar nada ni nadie bueno”. Mi padre y mi hermano intentaron convencerla de que no era mala idea, de que podía vivir con mis abuelos y ellos se ocuparían de mi (otro cruce no planeado pero que descarté inmediatamente cuando apareció en la conversación, internamente nunca expresado) pero mi madre torcía el gesto mientras intentaba con los ojos decirle a mi padre que iba por el mal camino si pensaba dormir con ella por la noche, cosa que mi padre o no entendía o daba por hecho que iba a ser así y no parecía importarle, es de suponer que la costumbre había creado una coraza en él sobre ese tema que ya ni se planteaba.




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