El evangelio según San Jesús

Un nuevo mundo (distinto pero no mejor)

En la breve duración de nuestra caminata hasta la entrada de Séforis, Judas y yo hablamos de muchas más cosas de las que el tiempo real daría para hablar, le puse al día de mis viajes remotos, hablé con entusiasmo de mis Marías, hasta el punto que me llegó a decir “ahora ya no tengo muy claro de qué María hablas”, le hablé de mi padre, de mis hermanos, de mis nulas capacidades para la carpintería, básicamente le conté mi vida desde el inicio hasta el mismo momento de conocernos, a lo que Judas asentía, parecía hacer el esfuerzo de guardar en la memoria y, de vez en cuando, apostillaba o preguntaba cosas que mi narración no dejaban claras o volvían confusas.

Desde la entrada de la ciudad, cuando mi relato había concluido, me habló un poco de él, no de su pasado, eso parecía querer mantenerlo reservado por el momento, pero sí de su vida en Séforis. Hacía un poco de todo, no trabajaba siempre con las mismas personas porque, decía, necesitaba encontrar a las personas correctas y aún no había dado con ellas, aunque cuando le pregunté qué debían tener las personas correctas solo me supo decir “cuando las conozca lo sabré”. Vivía en una pequeña casa con dos cuartos, uno de ellos lo alquilaba para obtener unos ingresos extra, pero le pasaba con los cuartos como con los compañeros de trabajo, no había encontrado aún al correcto, y ahí ya no hice la pregunta porque tenía claro que la respuesta iba a ser la misma.

Describía a su compañero actual como buena persona pero carente de interés, decía que su único impulso vital era beber al finalizar el trabajo y buscar a la próxima mujer con la que despertarse y con la que no volver a dormir nunca jamás, cosa que a Judas le molestaba profundamente pues creía que, de nuevo, solo la mujer ideal para uno debía acompañarlo en actos amorosos en la cama, una reflexión que me sorprendió pues lo cierto es que Judas era alguien bastante atractivo y estaba seguro de que no tendría problema alguno en llevar a su cuarto a la mayoría de mujeres que le interesaran.

Me dijo que pensaba que seríamos buenos compañeros de casa, le había gustado mucho cómo hablaba de María y pensaba que compartíamos valores, aunque lo cierto es que si no hubiese conocido a María mis valores se hubiesen acercado mucho más a los de su compañero que a los suyos, valores no aplicados, por otro lado, pues mi timidez me había impedido acercarme a mujeres durante toda mi vida y, mi no excesivo atractivo, había querido que ellas tampoco se acercasen a mí.

Me preguntó si tenía algún trabajo en la ciudad, le dije que estaba a la aventura y lo único que tenía, por el momento, era una cama en casa de mis abuelos, de la que pretendía huir tan rápido como me fuera posible, así que comenzó a hablarme de los lugares a los que tenía que ir para conseguir un tipo de trabajo u otro, me decía que no faltaba nada a lo que dedicarse, que la ciudad flotaba en dinero, que los ricos no paraban de construir y los que no lo eran no paraban de trabajar, con lo que podía ser aprendiz de cualquier cosa, no habría problema.

Mientras llegábamos a casa de mis abuelos (afortunadamente Judas fue capaz de situarla por mi escasa descripción) pasamos por la fragua de un herrero, un herrero que no paraba de gritar y patear un cuerpo. Judas se puso en guardia y yo intenté frenar sus instintos de meterse en la pelea pero fue en vano, se acercó al hombre que pateaba, claramente el herrero dueño de la fragua, pequeño en estatura pero enorme en corpulencia, con los brazos llenos de quemaduras hace tiempo sanadas pero que lucía como marcas de combate orgullosamente, y le golpeó en la espalda con los puños. El herrero sintió la molestia y dejó las patadas para girarse en busca de lo que estaba provocando esos pinchacitos insignificantes, y al ver a Judas sonrió, le agarró por las muñecas y le sostuvo alejado como quien aleja a un bebé de su lado. El cuerpo pateado sintió que la paliza se había detenido y aprovechó para girarse todo lo rápido que pudo, que en realidad fue muy poco e intentar levantarse para iniciar el proceso de huida.

Dio tres pasos, tambaleantes, y cayó al suelo con unos alaridos que superaban en mucho a los que se le escapaban cuando sus costillas recibían antes los puntapiés, así que corrí a intentar recoger los restos de aquella persona, curiosamente sin marcas significativas de haber recibido violencia alguna, claramente el herrero sabía muy bien lo que hacía y sabía dónde poner y no poner sus golpes. Más adelante supe que por esa época en Séforis agredir a un empleado era el pan de todos los días pero que en la cara quedasen signos evidentes de haberlo hecho era condenado con miradas despectivas y comentarios jocosos durante unas cuantas semanas, no ya tanto en relación a la propia agresión sino en relación a cómo alguien no es suficientemente buen profesional para lograr que sus aprendices sean capaces de hacerse con el trabajo y haber recibido esa paliza, era un claro signo de debilidad del empleador, de no conocer tan bien su oficio si no lo podía enseñar, lo que sugería que tal vez no mereciese la pena contratar sus servicios, en cualquier caso un problema que el herrero jamás tendría.

El herrero soltó a Judas cuando este se cansó de intentar pegarle y dejó de gritar frases que nadie entendía y Judas se nos acercó mientras el herrero observaba la escena y nos escupía despectivamente “lejos de aquí, no os quiero ver nunca más”

Entre Judas y yo levantamos al chico, azuzados por la prisa de un herrero que se nos acercaba lentamente pero con paso amenazante y seguía insistiendo en que abandonásemos el lugar.

Cuando salimos por la puerta, con el chico apoyado en nuestros hombros, buscamos el lugar más cercano para que se pudiera sentar, Judas lo apoyó suavemente y se puso en cuclillas delante, le tocó suavemente las costillas mientras el chico se retorcía de dolor y Judas preguntó “¿Y ahora por qué?”, a lo que el chico intentó responder alzando los hombros pero el dolor se lo impidió.




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