El evangelio según San Jesús

Mis abuelos (y mi casero)

Obviamente me apunté, lo último que me apetecía era quedarme con mis abuelos, así que Judas me ayudó a ponerme en pie y reanudamos la marcha al destino inicial pero ahora ya con otro objetivo.

Cuando mis abuelos nos vieron a los dos el primer saludado fue él, no hacía mucho que les había ayudado a arreglar varios desperfectos de la casa y parecían haber quedado encantados, no tanto Judas que luego me confesaría que le habían exprimido hasta la última gota del presupuesto, que eran unos negociantes duros y que, de hecho, aún no había llegado a cobrar todo lo que le debían.

Judas puso esa cara que se pone cuando se espera que la otra persona cumpla con lo prometido y no quieres buscar problemas, saludó a mi abuelo con un largo apretón de manos, de esos en los que ninguno de los dos sabe cuando acabar y de los que ninguno de los dos quiere ser el primero en terminar, y ahí mi abuela, viendo que la situación podía prolongarse días, se abalanzó sobre Judas, le abrazó y le dio los besos que a mí nunca había llegado a darme desde hace años.

Cuando mi abuelo se vio libre de la mano de Judas vino a saludarme con una dura palmada en mi espalda “veo que has hecho amigos nada más llegar”, otra palmada en la espalada “es un buen chico este”, otra palmada y ya comenzaba a dolerme, las tres en el mismo sitio y cada una con más fuerza que la anterior “tu abuela quedó encantada con él, mira que no se le despega”

Judas intentaba zafarse del abrazo de la manera más disimulada posible pero yo conocía bien esa sensación, cuando mi abuela te atrapaba en un abrazo era imposible salir, y cuanto más forzaras para ello más te atrapaba, eran unas arenas movedizas que, mientras te besaban y te agasajaban, te engullían y engullían y de las que, en realidad, yo nunca quería salir, me encantaban los abrazos de mi abuela, se parecían mucho a los de mi madre pero estos no se terminaban nunca.

“Deja respirar al pobre chiquillo, mujer, que además tienes aquí a tu nieto”

Mi abuela dio el abrazo por finalizado y se acercó a mí, yo extendí los brazos y ella me atrapó, mientras mi abuelo cogía a Judas y se le llevaba a compartir un poco de vino “mientras estos dos terminan con las muestras de cariño, que les lleva un rato”

Judas contaba a mi abuelo cómo nos habíamos conocido, un relato que alarmó a mi abuela, que dio por finalizado el abrazo para comenzar a hacerme un reconocimiento físico, eso del desmayo en medio del camino la causó un gran pánico y no paraba de tocarme y girarme mientras me preguntaba, sin esperar respuesta alguna, “¿estás bien, chiquillo? ¿te duele aquí?” y tocaba un punto aleatorio de mi cuerpo “¿y aquí?” otro nuevo punto aleatorio, y así hasta que Judas contó lo sucedido con el herrero, con su compañero de piso y cómo yo lo había curado y él había comenzado a odiar a todo el mundo en la ciudad hasta salir huyendo.

En ese punto mi abuela dejó de auscultarme y se dirigió a Judas, de un modo suave se acercó, le tocó la espalda y le dijo “el chiquillo no es un chiquillo cualquiera, es especial”. Mi abuelo y Judas se echaron a reír, lo que he de reconocer que me causó sorpresa a la vez que un poco de indignación, ¿qué tenía de graciosa esa frase? ¿había algo de malo en no ser un chiquillo cualquiera?

Me acerqué a los tres y “no le veo la gracia a lo que acaba de decir la abuela, ¿qué tiene de gracioso no ser un cualquiera?” a lo que solo respondieron con una intensidad aún mayor de las risas y un “no serás un cualquiera pero el más espabilado del lugar tampoco eres, eh”. Crucé mis brazos y “no le veo la gracia, a la mierda los dos”

Judas intentó cortar mi enfado dando la noticia de que habíamos decidido ser compañeros de casa, y eso aumentó aún más las risas de mi abuelo a la vez que a mi abuela se le iluminaban los ojos y solo alcanzaba a decir “¡¡¡¡¡¡¡es una noticia estupenda esa!!!!!!!!!” y, supongo que como estaba aún un poco molesto, tantos signos de exclamación se me clavaron por todo el cuerpo y comencé a sentir que no era demasiado querido en esa casa, al menos no tanto como Judas.

“¿Y ahora encima os alegráis de que no viva con vosotros?”

“Nos alegramos de que hayas hecho amigos y de que vayas a ser un poco independiente por una vez” dijo mi abuela con un tono condescendiente que hundía los signos de exclamación en mí hasta sentir cómo se clavaban en todos los órganos internos, no los que están cerca, no, los que hay que cavar bien profundo para encontrar.

“No seas crío, claro que te queríamos en casa pero esto es mucho mejor, seguro que tú opinas lo mismo” obviamente lo opinaba pero oír esas dos frases saliendo de la boca de mis dos abuelos me dolía, tampoco podía entender el motivo, supongo que me sentía rechazado, seguramente celoso de Judas, seguramente inseguro por la situación, seguramente un poco de todo y un todo de poco pero la cosa es que era un chiquillo enfadado sin un buen motivo pero con el mundo conspirando contra él, como sucede a todos los chiquillos del mudo a esa edad.

Mi abuela sacó cosas de comer, vino, agua (yo no podía parar de beber agua y solo esperaba que el sabor metálico de mi boca desapareciera lo antes posible, era bastante desagradable y tenía la capacidad de ocultar el sabor de todo, y la comida de mi abuela me encantaba) y entre mi abuelo y Judas comenzaron a planearme el día siguiente, “tienes que ir aquí para ver si hay trabajo de tal”, “aquí para ver si puedes ser ayudante de cual”, blablablabla, cosa que me empezó a molestar y solo alcancé a decir, creo que más por orgullo que por puro razonamiento “ya sé dónde voy a ir, podéis dejar de romperos la cabeza con mi futuro. Voy a trabajar con el herrero”




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