Tres años parecen mucho tiempo… hasta que miras atrás y te das cuenta de que se fueron en una sucesión de proyectos, reuniones y metas cumplidas. Desde mi primer día, la empresa había crecido de forma constante, y gran parte de ese avance estaba ligado al trabajo que Adrián y yo hacíamos juntos.
En esos años habíamos aprendido a leernos sin palabras. Una mirada rápida en medio de una junta bastaba para que yo supiera si él quería que interviniera, o para que él entendiera que debía dejarme cerrar un argumento. Al principio pensé que era pura coincidencia; después comprendí que era química de trabajo, afinada con el tiempo.
No era que estuviéramos siempre de acuerdo —al contrario—. Discutíamos mucho sobre enfoques, presupuestos, prioridades. Pero esas discusiones siempre quedaban en la sala de juntas. Afuera, el respeto era intocable.
La gente comentaba que éramos “el equipo soñado”. Los clientes nos elogiaban juntos: “Si uno empieza, el otro termina la idea” o “Trabajan como si fueran de la misma cabeza”. Yo sonreía, sabiendo que había verdad en eso.
En estos tres años, habíamos sacado adelante campañas complejas, ganado licitaciones y multiplicado la cartera de clientes. Muchas veces, las mejores ideas surgían fuera del horario formal: mensajes a las once de la noche con capturas de pantalla, o correos enviados de madrugada con un simple “mira esto, creo que puede funcionar”.
No era raro que pasáramos horas trabajando en la misma sala sin hablar, cada uno concentrado en su pantalla, pero con la certeza de que el otro estaba ahí, disponible. Ese silencio compartido tenía algo cómodo, casi doméstico, pero sin serlo.
Recuerdo una ocasión, el segundo año, en la que una licitación importante parecía perdida. Adrián me llamó a su oficina y, sin rodeos, dijo:
—No la vamos a dejar ir.
Pasamos dos días encerrados, afinando la propuesta, rehaciendo presentaciones, sumando datos. Ganamos. Esa fue la primera vez que me dijo, mirándome directo a los ojos:
—Esto lo logramos juntos, Gala.
No era un halago vacío; yo sabía cuánto le costaba compartir el crédito de manera tan abierta.
También aprendí que él tenía un sentido del humor particular. No era de carcajadas fáciles, pero de vez en cuando soltaba comentarios irónicos que solo yo entendía. Una ceja levantada, una frase al oído en medio de una presentación, y yo debía contener la risa.
A veces, en medio del trabajo, la conversación derivaba a cosas personales. No de forma invasiva: hablábamos de libros, de películas, de cómo nos iba con los niños en la escuela, de recetas fallidas y viajes planeados que no se concretaban. No sabía exactamente cuándo había pasado, pero en algún momento Adrián dejó de ser solo “mi jefe” para convertirse en un amigo.
Una tarde de otoño, en una sala de juntas semivacía, nos quedamos revisando unos informes después de que todos se habían ido. Él me pasó un café sin preguntarme si lo quería.
—Sabía que ibas a necesitarlo —dijo, como quien constata un hecho.
Me sorprendió lo natural que se había vuelto ese tipo de gesto.
En las reuniones con clientes, él siempre cuidaba de que yo tuviera la palabra en los momentos clave. Y yo, sin pensarlo, lo respaldaba cuando alguien cuestionaba una de sus decisiones. No era un acuerdo verbal, pero funcionaba como un pacto tácito: ninguno dejaba al otro sin apoyo.
Los demás lo notaban. Había comentarios ligeros: “Si no está uno, el otro no funciona igual” o “Seguro se mandan señales con Morse”. Lo decían riendo, pero había algo de cierto en esas bromas.
Yo, por mi parte, me descubrí observándolo más de lo necesario en ciertas ocasiones. No era algo intencional: a veces, mientras hablaba con un cliente, me fijaba en la forma en que movía las manos para enfatizar un punto, o en cómo se inclinaba hacia adelante cuando quería convencer a alguien. Eran detalles pequeños, pero se quedaban conmigo más tiempo del que deberían.
No hablábamos de esas cosas. De hecho, nunca había un espacio para que algo saliera de lo estrictamente profesional o lo amistoso. Pero, muy de vez en cuando, una pregunta fugaz cruzaba mi mente: ¿Qué pasaría si…? No me gustaba quedarme mucho en ese pensamiento. Era más seguro dejarlo pasar.
Hubo un evento en el que, por logística, terminamos viajando juntos en auto a otra ciudad. Cuatro horas de carretera que se sintieron como una conversación ininterrumpida. Hablamos de todo: música, trabajo, infancia, incluso de cosas que nos habían dolido en el pasado. Ninguno lo planeó así, simplemente ocurrió. Al llegar, me di cuenta de que no me había pasado el tiempo tan rápido con alguien en mucho tiempo.
Sin embargo, la línea seguía intacta. Tres años, incontables horas juntos, y nada más allá de lo que cualquiera podría llamar una amistad sólida.
Al cerrar un gran contrato a finales de ese tercer año, el director general nos llamó a su oficina.
—Ustedes dos —dijo señalándonos—, son la dupla que sostiene esta empresa.
Salimos de ahí con un reconocimiento oficial y un bono generoso. Adrián me dio un apretón de manos y, sin dejar de sonreír, dijo:
—Sigamos así.
Esa noche, en casa, mientras cenaba con mi familia, pensé en todo lo que habíamos construido. No solo en cifras o contratos, sino en la certeza de que había alguien en mi vida profesional que siempre estaría ahí, del otro lado de la mesa, listo para trabajar conmigo hasta el final.