El fin de mi universo

Capítulo 7: El cuarteto dorado

Ariadna Freeman siempre creyó que, si estudiaba todo lo que su padre quería, tendría un poco de libertad al finalizar la universidad. Pero esto había sido desmentido hace ya bastante tiempo por él. Habían pasado tres largos meses desde su graduación y su rutina seguía exactamente igual que siempre, el único cambio que había conseguido era que le habían agregado esgrima a sus actividades diarias. Esto se le hacía extremadamente tedioso a Ariadna, que quería hacer cosas nuevas y descubrir otros horizontes; por suerte para ella ahora le daban los martes libres así que podía salir a donde quisiera sin ser reprendida. También tenía ciertos problemas así que utilizaba días para ir con una excelente psicóloga ya que sus vívidas pesadillas habían vuelto para atormentarla y en esta ocasión no se querían ir.

Aprovechando que era su día libre iba de salida para el consultorio, había decidido comenzar a escribir sus pesadillas para poder relatarle por completo lo que sucedía en ellas a la mujer que la estaba tratando y llevaba en su bolso de mano una pequeña libreta que ya estaba casi llena.

Sin mucho trabajo llegó al lugar y se registró para que la llamaran, cuando fue su turno siguió hasta el lugar que ya tanto conocía y tocó la puerta. Al instante abrió una mujer mucho mayor que Ariadna.

Hellen West era una mujer bien parecida, de cabello  castaño, liso y corto, tenía grandes mejillas y un cuerpo rechoncho. Hellen había sido su psicóloga desde que Ariadna tenía memoria, y es que siempre la había necesitado por los extraños sueños que solía tener y que su mente intentaba reprimir sin éxito alguno.

—Bienvenida, Ariadna. —saludó Hellen—. ¿Cómo has estado?

Ariadna se sentó en el diván gris platinado de siempre y abrazó una almohada grande que Hellen siempre colocaba para ella a sabiendas de que Ariadna se ponía muy nerviosa al recordar esas pesadillas tan traumáticas que siempre había tenido.

—Para serte sincera, bastante bien. —suspiró— Sólo son los mismos problemas de siempre con mi padre y Nathalie. Me están asfixiando, en serio Hellen. —Ariadna lucía afligida por ello.

Ariadna siempre agradecía que su padre pensara que las personas también necesitaban un buen psicólogo para mantenerse cuerdos porque así tenía la oportunidad de descargar todos sus sentimientos con alguien que podía ayudarla o por lo menos escucharla de verdad.

En pocas palabras, Hellen era un ángel caído del cielo para ella.

—¿Y ya lo has comentado con ellos? —preguntó Hellen mientras tecleaba en su tablet, acción que le recordó a Nathalie—. Tú padre las quiere, Ariadna. Sólo que es pésimo expresando lo que siente y mucho más después de que la única persona con la que logró abrirse completamente murió. El deceso de tu madre fue traumático para todos, incluso para él.

—Puede que tengas razón, Hellen. Pero eso pasó hace más de veinte años, él no puede vivir aferrado al pasado. Y es que siempre que intento ponernos en sintonía para arreglar y recuperar nuestra relación él se niega a escucharme alegando que simplemente no tiene tiempo para esas conversaciones. —dijo Ariadna frustrada por la actitud que su padre siempre tomaba, el hecho de que siempre las alejara le dolía.

—Entonces créalo, quítale un poco de tiempo mientras esté de salida para conversar así él no lo quiera, aunque sea algo corto pero tienes que intentarlo. Si la relación entre ustedes termina fracasando al menos tú puedes decir que hiciste lo que pudiste.

Ariadna apretó un poco más fuerte la almohada antes de hundir la cabeza en ella y quedarse varios minutos así intentando pensar. Cuando sacó la cabeza de la almohada Hellen la miraba fijamente. 

—¿Cómo han estado tus pesadillas, Ariadna? —preguntó  interesada.

—Terribles, Hellen. No puedo ni cerrar los ojos dos segundos porque se me pasan fragmentos de ellas. Algunas veces de las que ya he visto y en otras ocasiones veo unas que jamás había soñado. —se despeinó un poco el cabello al rascarse la cabeza— Es como una televisión vieja que se prende y apaga sola, y que también cambia los canales a su antojo.

—Entiendo... —murmuró Hellen mientras escribía un poco más en su tablet—. ¿Y podrías contarme algunas de las que has tenido hasta el momento? Quiero encontrar una relación entre ellas.

Ariadna buscó a tientas su bolso sin soltar la almohada y cuando lo encontró sacó una libreta pequeña de cuero negro, la abrió y se aclaró la garganta antes de comenzar a leer.

—Estaba en un colegio, no parecía la misma época y país porque no hablábamos inglés. Había una chica a la que le hacía bullying porque quería que me notara y un día, huyendo de mí, cruzó la calle sin ver, justo un camión de carga pesada iba a toda velocidad y no pudo frenar a tiempo así que la atropelló y murió. Eso me llenó de suma tristeza y me tiré a un abismo por el dolor.

Hellen sopesó la historia unos minutos antes de preguntar con más curiosidad que antes:

—¿Alguna más?

Ariadna pasó la página y acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja antes de comenzar.

—Yo era una princesa y me enamoré del príncipe de otro país, ambos cultivamos ese amor pero una mujer que estaba furiosa conmigo y que quería interponerse entre nosotros porque no creía que fuera merecedora del príncipe se lanzó iracunda con espada en mano en contra mía en un intento de asesinarme pero el príncipe se interpuso y murió él. Al ver a mi amado en ese estado me suicidé con la espada que lo había asesinado cayendo junto a su cuerpo.

Hellen anotó eso en su tablet y la examinó con la mirada antes de repetir la pregunta.

—¿Alguna más?

Ariadna volvió a cambiar la página.

—Tenía que asesinar a un presidente corrupto que se estaba llevando absolutamente todos los ingresos del país para él mismo pero su guardia personal se interpuso, alegando que sin importar lo que su jefe hiciera su trabajo era protegerlo a toda costa. Yo no quería pero, al igual que él, tenía una tarea de suma importancia que cumplir y tras una calurosa pelea logré asesinarlos a él y al presidente, después de entregar mi reporte fui a las trincheras y me paré en frente de un fuego cruzado en el que morí.




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