El espejo del vestuario no mentía, pero Valeria deseaba romperlo.
Llevaba veinte minutos frente a su reflejo, y cada segundo confirmaba lo mismo: aquel uniforme no le pertenecía. La tela negra de los Halcones Negros olía a detergente industrial y a noches de lavandería clandestina. La camiseta número siete, la que debería haber lucido Lucas en su prueba definitiva, le colgaba de los hombros como un recordatorio de todo lo que estaba robando.
Sus manos, enfundadas en vendajes elásticos, temblaron al ajustarse las espinilleras. Las piernas que veía en el espejo eran demasiado finas para un futbolista de élite, pero las había endurecido a base de correr al amanecer en las calles de tierra de su barrio. El pantalón corto cayó justo por encima de la rodilla y Valeria contuvo el aliento. Sus caderas, ese rasgo que la delataba, quedaban ocultas gracias a una postura rígida que había ensayado durante meses. El jersey de entrenamiento, pegado al pecho con tiras de venda quirúrgica, decía L. Sandoval.
Cerró los ojos. Respiró hondo.
Lucas estaba en una clínica de rehabilitación a trescientas millas de distancia, con la rodilla izquierda inflamada y el sueño roto. La lesión había llegado en el peor momento: justo cuando el entrenador de los Halcones Negros, un tipo de sesenta años con cara de perro viejo llamado Domínguez, había llamado para ofrecerle una prueba definitiva. Lucas había llorado esa noche. Valeria lo había abrazado, le había dicho que todo saldría bien, que Dios tenía otros planes.
Pero Dios debía estar distraído, porque Valeria tomó el teléfono de su hermano mientras él dormía y confirmó la prueba en su nombre.
No era la primera vez que se hacía pasar por él. Desde los doce años, cuando los mellizos jugaban en el mismo equipo infantil, Valeria había aprendido a copiar sus gestos. La misma voz grave que Lucas había desarrollado a los quince y que ella había ensayado en la ducha hasta enronquecer. El mismo corte de pelo al rape que se hacía cada dos semanas con una máquina prestada. Los mismos andares desgarbados, la misma forma de escupir al suelo antes de un penalti.
La diferencia era que Lucas era ella. Y ella no era Lucas.
Se miró las manos vendadas y pensó en su madre, que trabajaba en una fábrica de costura y nunca supo que su hija era más rápida con el balón que su hijo. Pensó en su padre, que se había ido cuando ellos tenían siete años y dejó una frase grabada a fuego: «El fútbol es para hombres». Pensó en todas las veces que la echaron de las canchas por ser niña, por tener tetas, por no llevar los pantalones adecuados.
—Hoy no eres ella —musitó al espejo, asegurándose el vendaje por última vez—. Hoy eres un chico con miedo a que lo descubran. Nada más.
Salió del vestuario y caminó por el túnel del estadio. El eco de sus propias pisadas contra el cemento sonó a condena. Y entonces, el olor a césped recién cortado le golpeó las entrañas como un puñetazo.
El campo del Club Deportivo Halcones Negros era un tapiz perfecto de verde inglés, rodeado por gradas que podían albergar a cuarenta mil personas. Esa mañana estaban vacías, pero Valeria sintió el peso de los fantasmas: los gritos, las banderas, la gloria. Era el mismo césped donde jugaban sus ídolos.
Ahí estaban ellos. Los veintitrés jugadores de la primera división, repartidos por el campo como piezas de un tablero mortal. Piernas de acero, miradas de depredador, sudor y testosterona condensada en el aire. Valeria los reconocía a todos: al portero Chávez, un gigante con cara de pocos amigos; al central Montes, que llevaba siete tarjetas rojas en la temporada; al mediapunta Delgado, que era puro nervio y fintas imposibles.
Y en el centro, como un sol oscuro, estaba Mateo Fuentes.
Lo había visto cien veces en la televisión. En la pantalla, Mateo era solo un futbolista excelente: velocidad endiablada, regate seco, golpeo de falta quirúrgico. Pero en persona, Mateo era otra cosa. Era una fuerza de la naturaleza. Caminaba con la seguridad de un animal que sabe que no tiene depredadores. El brazalete de capitán le apretaba el bíceps derecho, marcando la tensión de un músculo que parecía esculpido en granito. Su mandíbula pronunciada, sus cejas espesas, la sombra de barba de tres días... todo en él gritaba peligro.
Valeria sintió que la garganta se le secaba. No. No podía permitirse eso.
Mateo levantó la vista del balón que estaba domando con el muslo y la clavó en ella. Fue solo un instante, pero Valeria juró que el tiempo se detuvo. Los ojos de Mateo eran negros, profundos, imposibles de leer. La escanearon de arriba abajo como si estuviera comprando un coche de segunda mano.
—El nuevo —escupió Mateo sin mirarla, mientras seguía controlando el balón con una indiferencia felina—. El hermanito Sandoval. Se te pasó la hora de firmar autógrafos.
Algunos jugadores rieron entre dientes. Valeria sintió el calor subirle a las mejillas, pero no bajó la mirada. Sus manos vendadas se cerraron en puños.
—Solo vengo a jugar —dijo, y su voz salió más firme de lo que esperaba.
Mateo alzó una ceja. Había algo en esa ceja, en su arco perfecto y despectivo, que parecía diseñado para hacer sentir pequeño al resto del mundo. Dejó el balón en el suelo y se acercó a Valeria con paso lento. Cuando habló, su voz era apenas un susurro que solo ella podía oír.
—Aquí todos venimos a jugar, Sandoval. La pregunta es si tú vienes a ganarte un puesto o solo a calentar el banquillo.
Invasión de espacio personal. Valeria pudo olerlo: tierra mojada después de la lluvia, jabón de sándalo, y algo más primitivo, algo que era solo sudor y testosterona. Su corazón se aceleró de una manera que no podía permitirse. La piel se le erizó bajo el vendaje del pecho.
—A ver, Lucas —dijo Mateo, y la forma en que pronunció ese nombre falso le clavó una aguja en el estómago—. Demuéstralo.
Y dio media vuelta sin esperar respuesta.
El entrenador Domínguez pitó con su silbato oxidado. El sonido rasgó el aire de la mañana y todos los jugadores se colocaron en posición. Primer ejercicio: posesión en espacio reducido. Un cuadrado de veinte por veinte metros, siete contra siete, presión constante. El infierno.