Una semana después de aquel primer entrenamiento, Mateo Fuentes empezó a notar cosas.
No eran grandes cosas. Eran pequeños cortes en la realidad que no encajaban. La forma en que "Lucas" evitaba las duchas colectivas con excusas siempre distintas —que si había olvidado la toalla, que si prefería ducharse en casa, que si le había salido un sarpullido por el cloro—. La forma en que se mordía el labio cuando concentraba un tiro libre, un gesto que Mateo había visto antes en alguna parte pero no lograba ubicar. La forma en que su nuca olía a algo dulce después de correr, no a sudor rancio como el resto de sus compañeros.
También había otras cosas. Pequeñas grietas en el personaje que "Lucas" había construido con esmero.
Por ejemplo: la primera vez que el equipo fue a tomar algo después del entrenamiento, el novato pidió una cerveza sin alcohol. “Por el patrocinador”, dijo señalando el logo de una marca deportiva en su pecho. Nadie cuestionó la excusa, pero Mateo notó que sus dedos tamborileaban sobre el vaso con una ansiedad que no parecía propia de un chico al que le importara la opinión de los demás.
Otra: durante un ejercicio de estiramientos en pareja, Mateo le tocó los hombros para corregirle la postura, y "Lucas" se tensó por completo. No como un novato tímido. Como alguien que no estaba acostumbrado a ser tocado ahí por hombres grandes y sudorosos. La reacción fue tan rápida como involuntaria: un encogimiento de hombros, un paso atrás, una mirada de alarma que desapareció al segundo siguiente, reemplazada por una sonrisa forzada.
—Perdón —dijo "Lucas"—. Es que me dio un calambre.
Mentira. Mateo llevaba doce años jugando al fútbol profesional. Sabía reconocer un calambre y aquello no lo era.
Concéntrate, se ordenó Mateo mientras ataba sus botines una mañana de martes. Es tu compañero. Un mocoso con talento. Nada más.
Pero su cerebro no le hacía caso.
El problema, pensó mientras se ajustaba las espinilleras, no era que "Lucas" fuera raro. El problema era que Mateo llevaba una semana entera mirándolo con una intensidad que no podía justificar ni como capitán ni como compañero. Se había fijado en la forma en que "Lucas" se sentaba siempre en el extremo del vestuario, con la mochila apoyada en el regazo como un escudo. Había catalogado sus gestos: el modo en que se pasaba la mano por el pelo antes de cada saque de esquina, la manera en que sus ojos grises se entrecerraban cuando estudiaba al portero rival, el sonido de su risa —sorprendentemente aguda para un chico de su apariencia— cuando alguien contaba un chiste en el círculo central.
Era un escáner humano. Y "Lucas" era su objeto de estudio favorito.
—Fuentes, vas con el siete en el partidillo —anunció el entrenador desde la banda.
Valeria sintió un vuelco en el estómago. Jugar en el mismo equipo que Mateo significaba recibir sus pases. Significaba correr a su lado. Significaba tenerlo tan cerca que podría contar las pestañas que sombreaban sus ojos negros.
Significaba peligro.
Desde su llegada a los Halcones Negros, Valeria había mantenido una estrategia clara: pasar desapercibida. No destacar demasiado en lo técnico para no atraer escrutinios innecesarios, pero tampoco lo suficiente para que la cortaran. Un equilibrio imposible que había logrado gracias a su capacidad lectora del juego. El fútbol, para ella, no era cuestión de fuerza bruta sino de inteligencia posicional. Y en eso era imbatible.
Pero Mateo Fuentes era imbatible en otra cosa.
Era el tipo de jugador que entendía el juego desde las entrañas, que sentía el césped como una extensión de su sistema nervioso. Y esa sensibilidad, que lo convertía en un mediocentro temible, también lo convertía en un observador peligroso.
Mantén la distancia, se repitió mientras se colocaba el brazalete de capitán que el entrenador le había arrojado. No te acerques más de lo necesario.
—No te me desmaya, novato —murmuró Mateo al pasar a su lado.
La voz era baja, ronca, con ese tono de superioridad que los veteranos usaban para poner a prueba a los jóvenes. Pero había algo más. Algo en el modo en que sus ojos recorrieron su rostro, buscando algo, midiendo algo.
Valeria tragó saliva y asintió.
—No voy a desmayarme —respondió, forzando su voz un par de tonos más grave.
El partido empezó con violencia contenida.
Era un entrenamiento a puerta cerrada —sin periodistas, sin aficionados, solo el cuerpo técnico y los veintitrés jugadores de la primera plantilla—, pero los Halcones Negros se mataban entre ellos como si fuera una final. Las entradas eran duras, los codos volaban, las protestas al árbitro interno se sucedían cada dos minutos.
Valeria se movía en el mediocampo con una inteligencia enfermiza, siempre un paso adelante de las jugadas. Su posición natural era extremo izquierdo, pero el entrenador la había recolocado como mediapunta ese día para probar algo. Y ella, obediente, se adaptaba como el agua a los accidentes del terreno.
Cada vez que recibía el balón, giraba antes de que el defensa rival pudiera anticiparla. Cada vez que perdía la posesión, recuperaba con una grinta que sorprendía a sus propios compañeros. Era pequeña para el fútbol profesional —medía apenas un metro setenta, y su complexión delgada la hacía parecer aún más frágil—, pero se movía entre los musculosos centrocampistas contrarios como una cuchilla entre manteca.
Y Mateo, desde su posición de mediocentro, empezó a leerla.
No solo sus movimientos. Algo más.
Porque había algo en la forma en que "Lucas" jugaba que no era masculino. No era la técnica —perfectamente depurada por años de entrenamiento en canteras ilegales— ni la visión de juego —anticipatoria, casi profética—. Era algo más sutil. Era la manera en que caía al suelo: con una gracilidad que no encajaba en un chico de diecinueve años. Era la forma en que se levantaba: llevándose una mano a la cadera, sí, pero también al pecho. Un gesto rápido, casi imperceptible, como si comprobara que algo seguía en su sitio.