Valeria desarrolló un sexto sentido para localizar a Mateo en cualquier habitación.
También desarrolló una úlcera.
Porque Mateo llevaba tres días observándola como un halcón. No solo en el campo, donde sus miradas se habían vuelto más insistentes, más profundas, más incómodas. En el comedor del club, cuando ella elegía la ensalada en lugar de la carne roja y él la miraba desde el otro extremo de la mesa como si estuviera diseccionando cada uno de sus movimientos. En los estiramientos, cuando sus piernas se abrían en espagatos imposibles para un chico —flexibilidades femeninas que no podía disimular del todo— y él silbaba bajo su aliento. En el autobús del equipo, cuando fingía dormir para que nadie le hablara y sentía sus ojos negros clavados en la nuca, quemando, preguntando.
El martes, Mateo se sentó a su lado en el autobús rumbo al partido amistoso contra el Rayo Vallecano. No dijo nada durante los primeros veinte minutos de viaje. Simplemente estaba ahí, con su hombro rozando el de ella, su muslo presionando el de ella cuando el autobús tomaba una curva, su respiración lenta y controlada como la de un depredador que acecha a su presa.
Valeria no se atrevía a moverse. Tenía las manos sudando dentro de los bolsillos de la chándal. El vendaje alrededor de su pecho le apretaba más que de costumbre —quizá por los nervios, quizá porque lo había enrollado con demasiada fuerza esa mañana—. Cada respiración era una pequeña victoria.
—¿Duermes, novato? —murmuró Mateo al cabo de un rato, con la voz tan cerca de su oreja que sintió el calor de su aliento.
—No —respondió ella, sin abrir los ojos.
—Bien. Así podemos hablar.
Valeria abrió los ojos y se encontró con la mirada de Mateo a centímetros de la suya. Era la primera vez que lo veía tan cerca sin tener un balón de por medio. Pudo contar las arrugas diminutas alrededor de sus ojos —sol, esfuerzo, quizá demasiadas noches sin dormir—, pudo ver el tono ámbar de su iris, pudo oler su colonia mezclada con el olor a hierba recién cortada que aún impregnaba su ropa.
Mató el pensamiento antes de que pudiera crecer.
—¿De qué quieres hablar, capitán? —preguntó, forzando la indiferencia.
—De ti. De por qué evitas las duchas como si el agua fuera ácido. De por qué te pones nervioso cada vez que alguien te toca. De por qué tienes las manos más suaves que mi exnovia.
La última frase fue un puñetazo.
Valeria sintió cómo la sangre abandonaba su rostro. Se obligó a reír, una carcajada hueca que sonó falsa hasta en sus propios oídos.
—Qué exagerado. Me pongo crema hidratante, ¿algún problema?
—Ninguno. —Mateo se recostó en el asiento, pero su pierna no se apartó de la de ella—. Solo me parece curioso. Llevo doce años en vestuarios. Me he cambiado delante de cientos de tíos. Y tú eres el primero que me parece... distinto.
—Pues igual deberías cambiar de gimnasio.
El resto del viaje lo hicieron en silencio. Pero el silencio hablaba más que las palabras.
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El jueves, tres días después del incidente del vendaje, Mateo decidió que había esperado suficiente.
Después del entrenamiento, cuando el vestuario se vaciaba lentamente —unos se iban a la sala de masajes, otros al gimnasio, otros directamente a casa—, Mateo se plantó delante de la taquilla de Lucas y apoyó una mano en la puerta metálica. Valeria, que estaba guardando sus botines, levantó la cabeza con una mezcla de irritación y algo que prefería no identificar.
—Sandoval —dijo Mateo, con una tranquilidad que daba más miedo que si hubiera estado gritando—. Te he estado vigilando.
A Valeria se le heló la sangre. Forzó una sonrisa arrogante, la misma que usaba Lucas cuando le picaban los defensas rivales, la misma que había ensayado mil veces frente al espejo para que pareciera natural.
—¿Me quieres pedir autógrafo, capitán? —respondió, con la voz un par de tonos más grave de lo que le salía naturalmente. El esfuerzo de mantener ese registro durante horas la dejaba ronca al final del día.
Mateo no sonrió. Simplemente se sentó en el banco de al lado, a una distancia incómoda. Llevaba el torso desnudo —se había quitado la camiseta nada más terminar el partidillo, como hacía siempre—, una toalla al cuello. Las gotas de agua que aún resbalaban por sus abdominales marcados parecían seguir un mapa de músculos que Valeria conocía demasiado bien. Había soñado con ese torso dos noches seguidas. No iba a admitirlo ni bajo tortura.
Desvió la mirada con violencia. Miró la pared. Miró sus botines. Miró cualquier cosa que no fuera ese cuerpo esculpido en mármol y sudor.
—No me gusta perder el tiempo —dijo Mateo, con una calma que daba miedo—. Y hay algo en ti que no me cuadra.
—Somos dos. A mí no me cuadra tu obsesión conmigo.
Mateo se rió. Un sonido grave, ronco, que le hizo cosquillas a Valeria en la base del estómago. Esa risa había protagonizado sus sueños. Esa risa la perseguía hasta cuando estaba despierta.
—Obsesión es una palabra fuerte —dijo Mateo, inclinándose ligeramente hacia ella—. Digamos... curiosidad mórbida.
—Suena igual de enfermizo.
—Puede. —Mateo encogió un hombro, pero su mirada no se apartó del rostro de Valeria. Recorrió cada rasgo: la mandíbula demasiado suave, los pómulos demasiado altos, las pestañas demasiado largas. Todo en Lucas era demasiado perfecto para ser un chico de diecinueve años. Todo en Lucas era un rompecabezas que Mateo necesitaba resolver.
Entonces lo hizo.
Mateo se inclinó hacia ella con una lentitud deliberada, dándole tiempo para reaccionar, para apartarse, para decir algo. Pero Valeria se quedó paralizada, como un conejo ante los faros de un coche. Y él alargó la mano y le tocó la nuez.
Con un dedo.
Directo sobre la garganta.
La piel era suave. Demasiado suave. No había el bulto característico, no había la dureza del cartílago tiroides. No había nada. Solo una curva femenina, delicada, que la camiseta no lograba ocultar del todo.