El siguiente partido oficial fue una masacre. Los Halcones Negros ganaron 3 a 0, y Valeria —para todo el mundo, Lucas— dio dos asistencias que subieron a YouTube con títulos como "La magia del hermano Sandoval" y "El pase imposible del novato". Las gradas vibraron, la afición coreó su nombre por primera vez y en el vestuario le lanzaron una botella de agua helada por la espalda a modo de bautizo. Pero ella no estaba feliz.
Estaba atrapada en una espiral que no sabía cómo parar.
Porque Mateo, durante el partido, no había dejado de tocarla. No era casualidad. No era el roce inevitable de dos cuerpos compitiendo. Era deliberado, aunque cualquiera lo habría interpretado como la pasión del capitán. Un roce en el hombro al celebrar el primer gol: la palma de Mateo se demoró un segundo de más, justo donde la camiseta dejaba al descubierto la clavícula. Una mano en la espalda baja al salir de un corner: dedos que presionaban con la excusa de guiarla, pero que dibujaban una línea que no pertenecía a ninguna táctica. Un golpe en el pecho —controlado, casi cariñoso— para felicitarla por una recuperación en el medio campo: el nudillo rozando la tela, justo encima del latido. Eran gestos de compañero. Eso diría cualquiera. Eso diría Rojas, el defensa, que los veía desde lejos y se limitaba a sonreír con complicidad. "El capitán está echándole un capote al chaval", pensaba.
Pero Valeria conocía la diferencia entre un manotazo y una caricia. Había recibido empujones, palmadas en el culo (con mala leche, de las que duelen), agarres bruscos en el barro. Sabía lo que era un deporte de contacto. Y aquello no era contacto. Era otra cosa.
—Buen partido, Lucas —dijo Mateo en el túnel de vestuarios, con la voz ronca por el esfuerzo. El aliento le olía a menta —chicle del descanso— y el sudor le brillaba en el cuello, formando pequeños ríos que bajaban hacia el pecho. Las luces blancas del túnel lo volvían todo excesivamente nítido: la sombra de su barba de dos días, el parche negro de capitán en la manga, la forma en que respiraba aún con agitación.
Mateo levantó la mano para chocarla. El gesto era automático, el ritual de todo futbolista tras una victoria. Valeria aceptó. Pero cuando sus palmas se juntaron, Mateo no la soltó. No fue un choque seco. Fue un deslizamiento, un entrelazado de dedos que duró un segundo. Dos. Tres. El tiempo suficiente para que el pulso de Valeria se disparara y para que la mente de Mateo se quedara en blanco.
—Has estado increíble —murmuró, con los ojos clavados en los de ella. Las pupilas de Mateo eran oscuras, casi negras, y en ese momento parecían querer atravesarle la cara para leerle los pensamientos—. No sé qué me pasa contigo.
La frase colgó en el aire húmedo del túnel. No era una felicitación. Era una confesión a medias, dicha en voz baja, tan íntima que Valeria sintió que estaba escuchando algo que no debería.
Se quedó paralizada. Esto no es compañerismo. Esto es... No supo ponerle nombre. O no quiso. Porque ponerle nombre significaba aceptar que Mateo Fuentes, el macho alfa del vestuario, el que se había reído de las duchas con bañador, el que la había llamado "princesa" la primera semana... ese hombre le estaba lanzando señales que ella llevaba una vida aprendiendo a identificar. Las señales del deseo. Y lo peor no era eso. Lo peor era que una parte de ella, la parte que había juerto mantener a raya, respondía.
—¿Mateo? —dijo una voz detrás. Rojas, el defensa, apareció con una sonrisa ancha y una toalla colgando del cuello—. ¿Le estás ligando al novato? Fue un comentario en broma. Una coña de vestuario. Pero dio en el blanco como un misil.
Mateo soltó la mano de Valeria como si quemara. Literalmente: la apartó con un tirón brusco, como si los dedos de Valeria estuvieran al rojo vivo. Su rostro se endureció en una fracción de segundo. Desapareció el capitán que susurraba secretos en los túneles. Volvió a aparecer el implacable, el que no pedía disculpas, el que nunca dudaba.
—No jodas —gruñó, apartándose de Valeria con un paso lateral que parecía un movimiento de defensa—. Estaba reconociendo su trabajo. ¿O ya no se puede felicitar a un compañero sin que tu mente vaya a la mierda?
Rojas levantó las manos en son de paz, pero seguía sonriendo. "Tranqui, capitán. Era broma." Y se fue silbando, dejando atrás un silencio incómodo que llenaba todo el túnel.
Valeria se quedó quieta, con la mano aún en el aire, sintiendo el fantasma del entrelazado. La piel le ardía. No sabía si era por el roce o por la vergüenza.
Mateo no la miró. Apretó la mandíbula, puso los ojos en el suelo y salió del túnel con pasos largos, pisando fuerte, como si quisiera romper el cemento. No dijo nada más. No hizo falta.
Pero Valeria lo vio. Antes de que se girase, antes de que la máscara de capitán volviera a caer sobre su cara, lo vio a los ojos. Y por un momento, Mateo Fuentes tenía miedo. No miedo a un rival. No miedo a perder un partido. Miedo a sí mismo. A lo que estaba haciendo. A lo que estaba sintiendo. A la mano que no había querido soltar.
Esa noche, Mateo no fue a cenar con el equipo. Excusó una falsa jaqueca con mensaje al grupo de WhatsApp y se encerró en su casa. Un piso de soltero en el centro de la ciudad, ordenado hasta la obsesión: ninguna foto en las paredes, ningún adorno inútil, una PlayStation y una bicicleta estática. La fortaleza de un hombre que había construido su vida alrededor del control. Y esa noche, el control se estaba desmoronando.
Se duchó con el agua lo más fría que pudo soportar, restregándose la piel con la idea de borrar algo. El recuerdo del hombro de Lucas. El sabor de su sudor mezclado con el césped. La forma en que el novato había mirado sus ojos durante el entrelazado de dedos, sin apartar la mirada, sin rehuirle. Como si no tuviera miedo. Eso era lo que le desquiciaba: Lucas no parecía tener miedo. Y Mateo, sí. Mucho.
Salió de la ducha y se quedó en bata, sentado en el borde de la cama, con el móvil en la mano. El pulso le martilleaba en las sienes. Abrió el navegador. Dedicó unos segundos a mirar la pantalla de inicio, con los dedos temblorosos. Y luego, como quien abre una puerta que sabe que no debería cruzar, empezó a teclear.