El entrenamiento del día siguiente fue un ejercicio de falsa normalidad. Mateo llegó tan temprano que tuvo que esperar media sentado en el bordillo del parking, con las manos metidas en las mangas de la sudadera y la mirada perdida en el asfalto mojado por el rocío. El sol aún no había calentado, y el aire olía a hierba cortada y a silencio. Le gustaba ese momento. Era el único en el que nadie le pedía nada. El único en el que podía permitirse no ser el capitán, no ser el líder, no ser el hombre que todos esperaban que fuera.
Pero esa mañana, ni siquiera el silencio le ofrecía tregua. Porque en el silencio solo oía su propia voz repitiendo la misma pregunta: ¿Qué carajo te pasa, Fuentes?
Los compañeros fueron llegando uno a uno. Rojas con su bocina de bluetooth y su reggaetón a las siete de la mañana. El Puma, el delantero, con sus cascos enormes y cara de pocos amigos. Javi, el mediapunta, siempre el primero en saludar con una palmada en la nuca. El ritual de siempre. El vestuario se llenó de ruido, de chistes verdes, de discusiones sobre la jornada anterior. Mateo se movía entre ellos como un autómata, asintiendo en los momentos adecuados, soltando algún gruñido que hacía las veces de opinión. Nadie notó nada raro. Nadie, porque Mateo Fuentes era experto en ocultar lo que no quería mostrar.
Luego llegó Lucas.
El chico entró con su mochila roja, la misma de siempre, y un termo pequeño que dejó junto a su taquilla. Llevaba el pelo recogido en una coleta baja —algo que Mateo había aprendido a odiar por la facilidad con que la deshacía después de los ejercicios— y las manos ya vendadas, porque Valeria se vendaba antes de salir de casa, un hábito que había adoptado en su club anterior y que nunca abandonó. Iba con la cabeza gacha, concentrada en no llamar la atención, pero aun así, el vestuario enmudeció un par de segundos cuando cruzó la puerta. No porque hiciera ruido. Sino porque su presencia, de algún modo, siempre cambiaba la temperatura de la habitación.
Mateo sintió un nudo en el estómago. Le pareció que el suelo se movía bajo sus pies. Miró a Lucas de reojo, fingiendo atarse las espinilleras con demasiado interés, y se dio cuenta de algo que le heló la sangre: Lucas tampoco le miraba. Pero no era un descuido. Era una evitación deliberada. El novato había entrado, había dejado su mochila y se había puesto a estirar en la esquina opuesta del vestuario, justo la más alejada de donde estaba Mateo. Y no había dicho "buenos días". No había hecho el gesto de chocar la mano que ya se había vuelto rutina entre ellos. Nada.
—¿Lucas? —dijo Mateo, con la voz más seca de lo que pretendía. El nombre salió cortante, como un chasquido.
Lucas levantó la cabeza. Por un instante, sus miradas se encontraron. Los ojos del novato —verdes, de un verde raro, como musgo mojado— se abrieron ligeramente, y Valeria sintió que la estaban leyendo. No con dureza. Con algo peor. Con una especie de ternura asustada, como si supiera algo que Mateo no quería que supiera.
—¿Qué pasa, capitán? —respondió ella, con una calma que sonaba falsa hasta para sus propios oídos.
Mateo quiso decir algo. Quiso preguntarle por qué no había mirado al entrar. Quiso saber si el entrelazado de dedos del túnel había significado algo para él o solo había sido un accidente. Quiso gritar, golpear la taquilla, romper algo. En lugar de eso, apretó la mandíbula hasta sentir dolor y dijo:
—Nada. Calienta bien, que hoy toca presión.
Lucas asintió. Y volvió a bajar la cabeza.
El entrenamiento fue un infierno de dos horas. El míster, que esa semana andaba de mal humor por una derrota del filial, les hizo correr hasta que las piernas temblaron. Ejercicios de posesión, rondos sin tregua, presión tras pérdida. Todo el equipo sudaba como bestias, y Mateo agradecía el agotamiento físico porque le impedía pensar. Pero no del todo. Porque Lucas estaba en su mismo grupo, y cada vez que el chico se acercaba para recibir un pase, Mateo sentía una sacudida eléctrica que no tenía nada que ver con el deporte.
En un ejercicio de paredes, Lucas le devolvió el balón con un toque suave, raso, perfecto. Y en el momento del pase, sus dedos se rozaron. Fue un accidente real, de esos que pasan cuando dos jugadores se sincronizan demasiado. Pero Mateo reaccionó como si le hubieran dado una descarga. Apartó la mano con un tirón tan brusco que el balón escapó rodando hacia la banda.
—¡Fuentes, concéntrate! —gritó el entrenador desde el centro del campo.
Mateo levantó la mano pidiendo disculpas. Pero sus ojos fueron directos a Lucas. El chico lo miraba con una mezcla de confusión y algo que Mateo no supo interpretar. ¿Lástima? ¿Preocupación? ¿O era solo el reflejo de su propio miedo?
—Lo siento —murmuró Lucas, en voz baja, solo para él.
Mateo no respondió. Se giró y se fue a buscar el balón con pasos largos, sintiendo el latido del corazón en las yemas de los dedos.
A la hora del descanso, el equipo se sentó en el césped a beber agua mientras el míster reorganizaba los ejercicios. Mateo se apartó del grupo, se sentó solo en el banquillo, con la toalla sobre la cabeza para aislarse del ruido. No quería hablar con nadie. No quería que nadie le preguntara por qué tenía la cara tan seria. Y sobre todo, no quería tener a Lucas cerca.
Pero Lucas se acercó.
Se sentó en el suelo, a dos metros de distancia, sin invadir su espacio pero sin desaparecer tampoco. Bebió agua de su botella, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, y se quedó mirando el césped. No dijo nada durante un minuto entero. Luego, sin levantar la vista, habló.
—Mateo... ¿te pasa algo?
Era la primera vez que Lucas usaba su nombre de pila. Siempre era "capitán" o "Fuentes". Pero allí, en ese banquillo, con el sol cayéndoles a plomo sobre las cabezas, el chico había dicho "Mateo". Y sonó íntimo. Sonó peligroso.
—Estoy bien —mintió Mateo, sin quitarse la toalla.