El cielo amaneció encapotado, con esa luz gris que no sabe si ser día o noche. Mateo llegó al parking con media hora de antelación, como si la puntualidad pudiera ahuyentar los fantasmas. Pero los fantasmas no necesitan luz para existir. Los fantasmas viven en las costillas, en el hueco del cuello, en la memoria de las yemas de los dedos.
Se sentó en el mismo bordillo, con las manos otra vez metidas en las mangas de la sudadera, pero el silencio ya no era su aliado. El silencio ahora tenía forma de pregunta. Y la pregunta era siempre la misma: ¿y si hoy la miras y no sientes nada? ¿Y si la miras y sientes demasiado? ¿Y si ella se da cuenta?
Llevaba toda la noche dándole vueltas a las tres palabras que había escrito en el chat: Gracias por hoy. Tres palabras que podían significar cualquier cosa. Tres palabras que Valeria —porque era Valeria, no Lucas, aunque en su cabeza a veces se confundieran— había recibido con un Siempre, capitán que sonaba a promesa. O a trampa. O a las dos cosas.
Cuando los primeros coches empezaron a llenar el parking, Mateo se levantó, se sacudió las gotas de rocío del pantalón y respiró hondo. Hoy no voy a huir, se repitió como un mantra. Hoy la miro a los ojos y dejo que pase lo que tenga que pasar.
Pero el cuerpo no siempre obedece a las buenas intenciones.
El vestuario olía a ambientador barato y a sudor acumulado de días anteriores. Rojas ya había colocado su bocina en el banco y sonaba algo de Bad Bunny a volumen criminal. El Puma discutía con Javi sobre quién había metido más goles la temporada pasada, y el ambiente era el de siempre: ruidoso, masculino, predecible.
Mateo se cambió en su taquilla, la número 5, la que llevaba desde juvenil. Se puso los pantalones cortos, la camiseta de entrenamiento, las medias. Cada gesto era automático, aprendido de tanto repetirlo. Pero cuando llegó el momento de vendarse las manos —porque él también se las vendaba, aunque no desde casa como Valeria—, se detuvo.
Tenía las vendas en la mano. Blancas. Sencillas. Las suyas no eran como las de Valeria, que siempre llevaba colores diferentes: rojas, azules, a veces negras. Mateo llevaba las mismas desde hacía años. Las compraba en el mismo sitio, del mismo ancho, de la misma marca. No le gustaban los cambios. Los cambios desordenaban.
Pero mira dónde estás, pensó mientras se enrollaba la venda alrededor de la muñeca. Mira cómo está tu cabeza desde que llegó esa chica.
Y entonces oyó la puerta.
No necesitó levantar la vista para saber quién entraba. El vestuario no se quedó en silencio —Rojas seguía con su música, el Puma seguía gritando—, pero Mateo sintió un cambio en la densidad del aire. Como cuando una nube tapa el sol y la sombra te recorre la espalda sin avisar.
Levantó la cabeza.
Valeria llevaba el pelo recogido en una coleta baja —la misma que Mateo había aprendido a odiar y a desear por igual—, ligeramente húmeda, como si acabara de ducharse antes de salir de casa. Llevaba una sudadera gris demasiado grande para ella, de esas que parecen de su hermano mayor. Las manos, como siempre, ya vendadas. Esta vez de color mostaza. Un amarillo apagado, tierra, que le daba un aire a otoño.
Entró con la cabeza gacha, pero esta vez no se fue a la esquina opuesta. Esta vez dejó la mochila roja en el banco de al lado del de Mateo. Sin preguntar. Sin pedir permiso. Como si fuera el sitio que le correspondía.
Mateo sintió un escalofrío que le subió desde el coxis hasta la nuca.
—Buenos días —dijo Valeria. Su voz sonó ronca, como si también hubiera dormido mal, ese tono ligeramente grave que se había entrenado para mantener.
—Buenos días —respondió Mateo. Y su voz sonó igual.
Se miraron un segundo. Solo un segundo. Pero en ese segundo pasaron tantas cosas que Mateo tuvo que agarrarse a la venda medio enrollada para no perder el equilibrio. Los ojos verdes de Valeria tenían un brillo extraño hoy. No era tristeza. No era alegría. Era algo más parecido a la expectación, a la espera de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Valeria se sentó a su lado en el banco. Su muslo —delgado, fuerte, el de una futbolista— quedó a centímetros del suyo. La tela de su pantalón de entrenamiento —negro, ceñido— rozó la pierna de Mateo. Y Mateo, en lugar de apartarse como había hecho otros días, se quedó quieto. Parado. Como un animal que sabe que moverse es peor que quedarse.
—¿Has dormido bien? —preguntó Valeria mientras se deshacía la coleta para volvérsela a hacer, un gesto nervioso que Mateo conocía bien.
—No —admitió Mateo. Y fue honesto. Quizás demasiado honesto para las siete y cuarto de la mañana.
Valeria lo miró de reojo. Tenía una expresión que Mateo no había visto antes en ella. No era la sonrisa torcida de siempre. No era la mirada baja de novato asustado. Era algo más íntimo. Más peligroso. Más humano.
—Yo tampoco —dijo Valeria. Y su voz tembló un poquito al decirlo.
No dijeron nada más. El vestuario seguía haciendo ruido a su alrededor, pero ellos dos estaban dentro de una burbuja. Mateo terminó de vendarse las manos con movimientos torpes, como si fuera la primera vez. A su lado, Valeria desayunaba un plátano a pequeños bocados, con esa forma suya de comer que parecía siempre un gesto íntimo, algo que no debería estar viendo nadie.
—Oye, Mateo —dijo Valeria de repente, con la boca llena—. Lo del otro día... en el túnel... no fue sin querer.
Mateo se quedó helado. Literalmente helado. Sintió la sangre en los oídos, un zumbido blanco que le anuló todos los demás sonidos. Se giró despacio hacia Valeria, con el corazón en un puño, y esperó.
Valeria no le devolvió la mirada. Tenía los ojos fijos en su plátano, en la piel amarilla que pelaba con las uñas. Pero su voz era firme. Más firme de lo que Mateo se esperaba.
—Dije que fue sin querer porque vi que te asustaste. Y no quería... no quería que te sintieras incómodo. Pero la verdad es que no sé por qué lo hice. Solo que en ese momento, contigo allí, tan cerca... mis dedos se movieron solos. Como si supieran algo que yo todavía no sé.