El fuera de juego de mi corazón

Capítulo 7: El mapa invisible

La fiesta era en un bajo al otro lado de la ciudad, un piso enorme que los padres de Rojas le habían dejado para la ocasión porque estaban de viaje. Mateo aparcó tres calles más allá, no por falta de sitio sino porque necesitaba caminar. Necesitaba el ruido de sus propias pisadas sobre el asfalto para convencerse de que no estaba soñando.

La noche estaba fresca, con ese aire de final de septiembre que huele a leña lejana y a cambio de estación. Mateo metió las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuero y caminó despacio, mirando las luces de los portales, los coches aparcados, las sombras que se movían detrás de las cortinas. En cualquier otra ocasión, ese paseo habría sido una tregua. Un momento a solas antes del ruido. Pero esa noche, cada paso le acercaba a Lucas. Y cada paso le parecía una decisión irreversible.

Puedes dar la vuelta, le susurró una voz en la nuca. Puedes volver al coche, irte a casa, poner una excusa mañana. Nadie se enterará.

Pero otra voz —más pequeña, más jodidamente honesta— le respondió: Y te pasarás la noche pensando en él. Como todas las noches. Como todas las putas noches desde que lo conociste.

Llegó a la puerta del piso y se detuvo. La música ya se oía desde la calle, un reguetón viejo que Rojas ponía en todas sus fiestas. Voces, risas, el ruido de una lata siendo aplastada. Mateo levantó la mano para llamar al timbre y se quedó a medio gesto. La mano le temblaba. La misma mano que había levantado trofeos, que había agarrado camisetas de rivales, que había señalado el córner en los minutos finales. Temblando como un niño antes de cruzar la puerta del colegio el primer día.

Llamó.

Le abrió Javi, el mediapunta, con una copa en la mano y una sonrisa ya borrosa.

—¡Capitán! —gritó, como si llevara días sin verlo—. ¡Por fin te dignas a salir! Pasa, pasa, hay birra en la nevera y Rojas ha traído unos nachos que te cagas.

Mateo entró. El piso era un laberinto de pasillos estrechos y habitaciones mal iluminadas. La gente se arremolinaba en la cocina y en el salón, y el humo de los cigarrillos flotaba en el aire como una segunda piel. Reconoció a varios compañeros: el Puma en un rincón con una chica que no era su novia, Rojas sirviendo cubatas con una alegría de borracho feliz, dos defensas del filial discutiendo sobre el último partido.

Y entonces lo vio.

Lucas estaba en la terraza. Estaba de espaldas, apoyado en la barandilla, con un vaso de plástico en la mano y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Miraba el cielo. O miraba nada. Esa forma suya de estar en un sitio sin estar del todo, como si siempre estuviera esperando el momento de irse.

Llevaba lo mismo que en el entrenamiento, pero sin la sudadera: solo la camiseta negra de manga larga y los vaqueros ajustados. El pelo recogido en esa coleta baja que Mateo había aprendido a odiar y a desear por igual. Las manos, por primera vez en todo el día, sin vendas. Mateo se quedó mirándole las manos desnudas como si estuviera viendo algo prohibido. Los dedos largos, las uñas cortas, esas pequeñas cicatrices de los roces con el césped. Manos de futbolista. Manos que una noche, en un túnel de vestuario, se habían entrelazado con las suyas sin querer.

—¿Vas a quedarte ahí parado todo el rato? —le preguntó una voz a su espalda.

Era Lucas. Se había dado la vuelta sin que él lo oyera y ahora estaba ahí, a dos metros, con el vaso en la mano y esa media sonrisa que le torcía la boca. La luz de la terraza le daba de lado, dibujándole una sombra alargada sobre el suelo. En la penumbra, con la camiseta negra pegándose a su torso delgado, Lucas parecía más frágil. Más pequeño. Más... Mateo no supo decir qué. Más algo que le removía las entrañas.

—No sabía si acercarme —admitió Mateo.

—Eso es nuevo —dijo Lucas, y su voz sonaba diferente aquí, fuera del vestuario. Más suave, quizás. Menos impostada—. El capitán Fuentes sin saber qué hacer.

—El capitán Fuentes no sabe qué hacer desde hace semanas —respondió él, sin pensarlo.

Lucas arqueó una ceja. El gesto era tan sutil que casi pasó desapercibido, pero Mateo lo captó. Captaba cada gesto de Lucas desde hacía días. Era como si su cuerpo hubiera desarrollado un radar exclusivo para el novato, una frecuencia que solo él podía sintonizar.

—Ven —dijo Lucas, y se hizo a un lado para que cupieran los dos en la barandilla—. El humo de dentro me estaba matando.

Mateo se acercó. La terraza era pequeña, con dos sillas de plástico y una maceta medio seca en una esquina. Se apoyó en la barandilla a su lado, dejando un espacio de medio metro entre ellos. El espacio que la prudencia le obligaba a mantener. El espacio que sus dedos querían cruzar.

Por un rato, no dijeron nada. Solo estuvieron ahí, viendo las luces de la ciudad, oyendo el ruido de la fiesta como si fuera el rumor de un río lejano. Un coche pasó por la calle con la música a todo volumen. Alguien rió dentro del piso. Lucas bebió un sorbo de su vaso —Mateo vio que tenía Coca-Cola, nada de alcohol— y suspiró.

—Me alegro de que hayas venido —dijo, sin mirarlo.

—No sabía si hacerlo.

—Lo sé. Por eso me alegro.

Mateo giró la cabeza para mirarlo. El perfil de Lucas contra el cielo oscuro era algo que quería guardar en algún sitio seguro. La línea de la mandíbula —más suave que la de los otros chicos, pensó Mateo, aunque enseguida apartó ese pensamiento—, la curva de la nariz, la forma en que el viento le movía el pelo y él no hacía nada por sujetarlo. Parecía cansado. Parecía hermoso. Parecía las dos cosas a la vez, y eso lo rompía por dentro.

—Lucas —dijo, y su nombre sonó distinto en su boca. Más grave. Más íntimo—. Lo que me dijiste hoy en el vestuario... lo de la mano...

—No fue sin querer —completó Lucas, esta vez sin bajar la mirada. Se giró para mirarlo de frente, y sus ojos verdes se fijaron en los de Mateo con una intensidad que le cortó la respiración—. Lo sé. Te lo dije. Pero igual debería habérmelo callado. Porque ahora te veo así, con esa cara de estar a punto de salir corriendo, y no sé si hice bien en decírtelo.




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