El fuera de juego de mi corazón

Capítulo 8: La verdad

El sol del sábado entraba a rachas por la ventanilla del coche. No era un sol pleno, de esos que queman y obligan a entrecerrar los ojos; era un sol tímido, que aparecía y desaparecía entre nubes altas y grises, como si él también dudara de si merecía la pena asomarse a ese día. Mateo llevaba diez minutos aparcado frente al café. El motor apagado desde hacía nueve y medio. Las manos pegadas al volante como si fuera un clavo ardiendo, o quizás como si el volante fuera lo único que le impedía salir huyendo.

Había dormido mal. Esa clase de sueño lleno de vueltas y sábanas enredadas y pensamientos que giraban en bucle como una grabación rota. Se había despertado una hora antes de lo necesario solo para estar seguro de que no llegaría tarde. Había planchado una camiseta que no necesitaba planchar. Se había mirado al espejo tres veces. Se había preguntado, en cada una de esas tres veces, qué demonios estaba haciendo allí.

Llegar tarde sonaba a cita. Y esto no era una cita, se repitió mientras apagaba el teléfono para no distraerse con notificaciones. Era una conversación. Una charla entre compañeros de equipo. Un capitán y su jugador resolviendo un malentendido. Nada más.

Pero mientras cruzaba la calle —los pasos demasiado largos, la respiración demasiado controlada— y empujaba la puerta del café, supo que mentía. Lo supo por el modo en que el corazón le dio un vuelco al ver la espalda encorvada sobre la mesa del fondo. Lo supo por la forma en que el ruido ambiente se apagó de repente, como si alguien hubiera pulsado el silencio en el mando a distancia del mundo.

Lucas ya estaba allí. Sentado en la mesa del fondo, la de siempre —porque Lucas siempre elegía la misma, la que daba la espalda a la pared y tenía visibilidad de toda la entrada—, con un vaso de agua con gas delante y las manos entrelazadas sobre la mesa. Manos sin vendas. Por primera vez en todo el día, Mateo las vio desnudas a la luz del sol. Eran manos pequeñas. Manos cuidadas, con las uñas cortas y limpias, sin ningún anillo. Manos que no parecían de un futbolista de élite, sino de alguien que había pasado años protegiéndolas. Escondiéndolas. Tendiéndolas con miedo.

Llevaba una sudadera gris, ancha, de esas que no dejan adivinar nada. El pelo suelto, cayéndole sobre los hombros como una cortina castaña que le ocultaba parte de la cara. Y la chaqueta de cuero doblada en la silla de al lado. Su chaqueta. La que le había dejado la noche anterior y que Lucas no había devuelto.

—Hola —dijo Mateo, y su voz sonó ronca, como si llevara horas sin hablar. O como si hubiera estado gritando dentro de su cabeza toda la noche.

—Hola —respondió Lucas. Y había algo en su mirada que Mateo no había visto nunca. Determinación, sí. Miedo, también. Pero además una tristeza tan honda que parecía venir de muy lejos, de antes de conocerlo, de un lugar al que nadie debería tener que ir tan joven.

Mateo se sentó enfrente. El café olía a grano recién molido y a promesas rotas. Olía a domingo por la mañana y a conversaciones que cambian vidas. Un camarero se acercó con la libreta, Mateo pidió un cortado que no pensaba beber, y esperó a que el ruido de la máquina de espresso se llevara por delante el silencio. Porque el silencio, pensó, era lo peor. El silencio era el sitio donde las cosas no dichas crecían como malas hierbas.

—Anoche —empezó Lucas, bajando la voz hasta casi un susurro— casi te lo digo en la terraza.

—Lo sé.

—No pude. Me dio miedo. No de que lo supieras tú. Sino de lo que pasaría después. De que no pudieras mirarme igual. De que me miraras y ya no vieras a Lucas, sino a... —Hizo una pausa. Tragó saliva. Sus dedos jugueteaban con el borde del vaso de agua—. De que me miraras y no supieras qué ver.

Mateo tragó saliva. Tenía la garganta seca, las palmas sudadas, el corazón haciendo cosas raras en el pecho, como si estuviera aprendiendo a latir de nuevo. Nunca había tenido miedo antes de una conversación. Había discutido con entrenadores delante de estadios enteros, se había enfrentado a árbitros con el partido en juego, había dado charlas en vestuarios llenos de hombres que le miraban como si fuera el dueño de la verdad. Pero nada de eso le había preparado para esto. Porque nada de eso había tenido el peso de estar a punto de perder a alguien que ni siquiera estaba seguro de haber encontrado.

—Lucas —dijo, y el nombre le supo a mentira en la boca. No era un nombre falso, exactamente. Era un nombre que ya no le cabía a la persona que tenía delante—. Tú me dijiste que no te llamara Lucas en casa. ¿Cómo te llamas de verdad?

Lucas desvió la mirada hacia la ventana. Fuera, el sol iluminaba una calle cualquiera, con gente que iba a sus compras, niños que correteaban persiguiendo una pelota, una mujer que paseaba un perro pequeño. Una vida normal que seguía su curso mientras dentro de ese café el mundo de Mateo estaba a punto de incendiarse. Lucas se llevó una mano al cuello, un gesto inconsciente que Mateo había visto hacer a jugadores nerviosos antes de un penalti. Y entonces abrió la boca.

—Valeria —susurró. Tan bajo que Mateo tuvo que inclinarse sobre la mesa, acercar el torso, casi tocar las manos que seguían temblando sobre el mármol—. Me llamo Valeria.

Y el mundo, efectivamente, se incendió.

No fue un incendio ruidoso, de esos con llamas altas y gritos. Fue un incendio silencioso, íntimo, de esos que queman por dentro. Mateo notó cómo el aire se volvía más denso, cómo el ruido del café se alejaba varios metros, cómo el suelo dejaba de ser firme bajo sus pies. Valeria. La palabra reverberaba en su cabeza como una campana que alguien acababa de tocar y que no dejaba de sonar. Valeria. Cuatro sílabas que cambiaban todo y no cambiaban nada al mismo tiempo.

Mateo no dijo nada. No pudo. Se quedó mirando a la persona que tenía enfrente —Valeria, se corrigió, Valeria, aprende a llamarla Valeria— y sintió cómo todas las piezas que había estado intentando encajar durante semanas caían de golpe en su sitio. Las vendas en el pecho, tan apretadas que a veces se las veía ceñir bajo la ropa. La ducha a solas, siempre a solas, incluso después de los partidos más duros cuando todo el mundo se tiraba al agua caliente sin pudor. La voz que se le escapaba a veces, especialmente cuando reía de verdad, cuando la risa era sincera y se le iba un poco más arriba de lo que debía. La cintura estrecha bajo sus manos la noche que bailaron sin querer bailar. La forma en que se movía, distinta a los demás, más liviana, con una gracia que nada tenía que ver con el fútbol. La noche en el túnel de vestuarios, cuando sus dedos se habían entrelazado y él había sentido algo que no sabía cómo llamar, algo que le había recorrido el brazo hasta el pecho y se le había quedado ahí, enquistado, como una verdad que no se atrevía a pronunciar.




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