El fuera de juego de mi corazón

Capítulo 9: Las reglas del silencio

Las semanas siguientes fueron un aprendizaje constante. No del fútbol —eso ya lo dominaban—, sino de la ausencia. Aprendieron a verse a solas —en el coche de Mateo, en parques vacíos a las dos de la madrugada, en algún bar de las afueras donde nadie los conociera y donde pudieran pedir dos cafés y compartir una mirada larga sin que nadie levantara la ceja— y aprendieron a no tocarse delante de los compañeros. Eso fue lo más duro. Las manos que querían encontrarse en el pasillo, los brazos que buscaban un roce casual en el vestuario, los dedos que temblaban por rozar una muñeca, un hombro, la curva de una espalda bajo la ropa ancha. Todo eso tuvo que volverse invisible.

Aprendieron que la complicidad podía ser un guiño lejano en el entrenamiento, un mensaje de madrugada que se borraba antes del amanecer, una chaqueta prestada que nadie miraba dos veces porque «el novato siempre pasa frío». Aprendieron a hablar con los ojos, a decir «te necesito» con un leve inclinar de cabeza, a pedir «espérame» con un parpadeo más lento de lo normal. Aprendieron el lenguaje de los que se esconden. Y dolía. Dios, cómo dolía.

Pero sobre todo, aprendieron a mentir.

—No podemos —le dijo Valeria una tarde, apartando la mano de Mateo con un movimiento tan rápido que pareció natural. Rojas había girado la cabeza en el vestuario, justo en el momento equivocado. Solo un segundo, pero suficiente para que ella retirara los dedos como si el contacto quemara—. No aquí. No todavía.

Mateo asintió. Tragó saliva y se ató las botas con más fuerza de la necesaria. «No todavía» era su frase favorita y la que más odiaba. Porque «no todavía» significaba «algún día», pero ese día nunca llegaba. Se quedaba flotando en el horizonte como un espejismo, siempre a la misma distancia.

Mateo entendía la necesidad del secreto —la entendía mejor de lo que nunca imaginó que tendría que entender nada—, pero eso no hacía que doliera menos. Dolía verla en los pasillos y no poder acercarse. Dolía oír a los compañeros hacer bromas sobre «el novato rarito» y tener que callarse, sonreír como si le hiciera gracia, desviar la conversación hacia el partido del fin de semana. Dolía ver cómo Valeria se encogía ligeramente cuando alguien le daba una palmada en la espalda o le decía «oye, Lucas, tú sí que estás fuerte, ¿eh? ¿Qué haces en el gimnasio?» y ella tenía que reír, decir cualquier cosa, cambiar de tema antes de que alguien notara que debajo de la ropa ancha había un cuerpo que no era exactamente como ellos creían.

Dolía, sobre todo, la noche en que el Puma se acercó a él en una fiesta. Era sábado, habían ganado fuera de casa, y el equipo había celebrado en un bar con música alta y cerveza barata. Valeria no había ido, claro. Había puesto la excusa de un «dolor de cabeza» —los dolores de cabeza eran su mejor aliado— y se había quedado en la residencia, leyendo algo en su habitación a oscuras, esperando quizás un mensaje que no llegaba porque Mateo no podía mirar el móvil sin levantar sospechas.

El Puma estaba borracho. No del todo —los futbolistas profesionales no podían permitirse el lujo de emborracharse del todo—, pero sí con esa media borrachera cálida que afloja las lenguas y disuelve los filtros. Se acercó a Mateo con una sonrisa de complicidad mal entendida, le puso un brazo sobre el hombro y dijo, como si le confiara un secreto enorme:

—Oye, capitán, ¿tú qué le ves al Lucas? Porque el chaval es raro, ¿no? Muy callado, muy suyo... No habla con nadie, no se ríe de los chistes, no va al vestuario cuando terminamos los partidos... siempre se queda un rato más en la ducha, solo. Y no sé, yo le he dicho algo un par de veces y me ha contestado como con miedo. ¿Tú crees que será gay o algo?

Y Mateo tuvo que sonreír. Dios, cómo le costó esa sonrisa. Sintió los músculos de la mandíbula tensarse —exactamente como ella le había dicho que le pasaba— y tuvo que hacer un esfuerzo consciente por relajarlos. Tuvo que darle una palmada en el hombro al Puma, justo donde él acababa de ponerle el brazo a él, y cambiar de tema como si nada. No pudo decirle que Lucas era Valeria. No pudo decirle que estaba enamorado. No pudo decirle que por las noches, cuando se quedaban a solas en el coche, ella se deshacía la coleta y dejaba el pelo suelto —primero la goma, luego los dedos peinando las ondas que nadie veía nunca—, y entonces dejaba de ser el novato reservado para convertirse en la chica de ojos verdes que le robaba el aliento. Tampoco pudo decirle que esas duchas más largas no eran manías, sino el tiempo que ella necesitaba para vendarse otra vez el pecho antes de salir, para asegurarse de que no había un pliegue que delatara la verdad.

—Es tímido —respondió Mateo, y notó cómo las palabras sabían a ceniza en su boca. Pero la sonrisa se mantuvo, ancha y falsa como un billete de euro que fuera de cartón—. Pero buen jugador. Déjalo en paz. No le des más vueltas, Puma, que te vas a hacer daño.

El Puma rio, se encogió de hombros y se fue a por otra cerveza. Y Mateo se quedó allí, en medio de la fiesta, rodeado de gente que reía y bebía y se abrazaba, y nunca se sintió más solo.

Esa noche, mucho después, en el coche, Valeria lo notó tenso. Llevaban veinte minutos en el aparcamiento vacío de un supermercado —su sitio, el único donde se sentían a salvo— y Mateo todavía tenía los nudillos blancos sobre el volante. La lluvia fina golpeaba el parabrisas con un ritmo insistente, como un dedo llamando a una puerta que nadie quería abrir.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella. No llevaba la coleta. El pelo suelto le caía sobre los hombros, oscuro y liso, y Mateo pensó que era injusto que la belleza pudiera doler tanto.

—Nada.

—No me mientas. Se te nota en la mandíbula. Cuando te pasa algo, aprietas la mandíbula. Y ahora la tienes tan tensa que parece que vayas a romper los dientes.

Mateo se llevó una mano a la cara, sorprendido. Sus dedos recorrieron la línea de la mandíbula, sintiendo la dureza de los músculos contra la palma. No sabía que ella lo conocía tan bien. O quizás sí. Quizás llevaba meses conociéndolo mejor que nadie. Mejor que su madre, mejor que su mejor amigo de la infancia, mejor que ningún entrenador que hubiera analizado cada uno de sus movimientos en el campo.




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