El fuera de juego de mi corazón

Capítulo 10: El ojo del entrenador

El problema no llegó por los compañeros. Ni por el árbitro. Ni por ningún fisioterapeuta curioso. Llegó por donde menos lo esperaban: el entrenador.

Don Jesús era un hombre de sesenta y dos años, con más años de fútbol a sus espaldas que pelos en la cabeza. Había entrenado en tres continentes, subido a dos equipos a Primera, y sobrevivido a más crisis institucionales que nadie en el club. Era un tipo rudo, directo, de los que creen que el fútbol es cosa de hombres y los hombres son cosa de cojones.

Pero también era un tipo inteligente. Y la inteligencia, a diferencia de la fuerza bruta, no se ve venir hasta que ya te tiene agarrado del cuello.

Una semana después de la confesión en el café, don Jesús llamó a Mateo a su despacho.

—Cierra la puerta —dijo, sin levantar la vista del portátil.

Mateo obedeció. El despacho olía a tabaco y a café viejo, esa mezcla densa que se pega a la ropa y no se va ni con tres lavados. Las paredes estaban llenas de fotos, trofeos, banderines de equipos a los que don Jesús había entrenado. En la esquina, una pecera vacía que nadie recordaba cuándo había tenido peces. En la mesa, un montón de informes médicos y estadísticas ordenadas con una pulcritud casi obsesiva.

—Siéntate —dijo el entrenador, y por fin levantó la cabeza.

Sus ojos pequeños y oscuros se clavaron en Mateo con una intensidad que le heló la sangre. No era mirada de enfado. Era peor: era mirada de examen, de disección, como si don Jesús pudiera leer en los microgestos de su capitán todas las respuestas que no le habían dado.

—Voy a ser directo, porque no me gusta andarme con rodeos. ¿Qué coño le pasa al novato?

—¿A Lucas? —preguntó Mateo, intentando que su voz sonara neutra. Notó las manos frías, pegajosas contra los muslos—. No sé a qué se refiere, míster. Está entrenando bien. Los números son buenos.

—Los números son muy buenos —corrigió don Jesús, y el énfasis en el «muy» sonó como una acusación—. Por eso me preocupa. Llevo treinta años entrenando y conozco a mis jugadores. Un chico que llega nuevo, sin referencias, sin historial limpio, y de repente rinde como el mejor del equipo… Eso no pasa. No pasa porque sí. O es un genio o está escondiendo algo. Y los genios, Mateo, no se esconden. Los genios se crecen. Los genios ocupan espacio. El Lucas, en cambio, parece que quiere volverse invisible.

Mateo no dijo nada. Don Jesús siguió, ganando ritmo como quien sube una cuesta.

—El chico es callado, no se relaciona, siempre se ducha el último, nunca se cambia delante de nadie. Nunca. ¿Te has fijado? En tres meses, nadie en este vestuario le ha visto el ombligo. Va al baño con la bolsa, sale con la ropa puesta, y tú, Mateo, que eres el capitán, no has hecho nada para integrarlo. O al revés. Lo has integrado demasiado. Os veo juntos en los entrenamientos, en los descansos, en los vídeos. Y eso está bien, porque el chico necesita a alguien. Pero también es raro. Porque el Lucas no es como los demás, y tú eres el que debería darse cuenta si algo no va bien.

Mateo tragó saliva. Tenía las palmas sudadas, el corazón latiendo con fuerza en las sienes. Pensó en Valeria, en su pelo mojado después del entrenamiento, en la forma en que se envolvían las vendas alrededor del pecho cada mañana, en el ritual de sigilo que repetían como una letanía. Pensó en todas las veces que había estado a punto de llamarla «Valeria» delante de alguien, y en todas las veces que se había mordido la lengua a tiempo.

—No sé qué quiere que le diga, míster. El chico es tímido, nada más. No tiene ningún problema.

—¿Seguro?

Don Jesús se inclinó sobre la mesa, apoyando los codos en el marrón de la madera gastada. Por un momento, Mateo tuvo la sensación de que el entrenador podía verlo todo. Podía ver la verdad que llevaba semanas escondiendo. Podía ver las manos de Valeria entrelazadas con las suyas en el coche. Podía ver el miedo en los ojos de ella cuando alguien se acercaba demasiado. Podía ver las vendas, las miradas furtivas, los silencios cómplices.

—He hablado con el médico del equipo —siguió don Jesús, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Le pedí que revisara los informes de Lucas. No por nada malo. Solo para asegurarme de que estaba en plenas condiciones. El médico me dijo algo curioso: que Lucas nunca ha pasado el reconocimiento médico completo. Que siempre falta alguna prueba. Que hay cosas en su historial que no cuadran.

—¿Qué cosas? —preguntó Mateo, con la boca seca, la lengua como una lija.

—Eso es lo que me gustaría saber a mí. Pero el médico no puede decir nada sin su consentimiento. Y Lucas se niega a dar más datos. Dice que está bien, que no necesita más pruebas, que ya las hizo en su anterior club. Pero las pruebas no están. Y eso, Mateo, es sospechoso. Es muy sospechoso.

Mateo quiso decir algo. Quiso defender a Valeria. Quiso inventar una excusa convincente, una lesión infantil, un problema hormonal, cualquier cosa que desviara la atención. Pero su mente estaba en blanco. Solo atinó a repetir, como un loro aterrorizado:

—No sé nada, míster. Si tiene dudas, hable con él directamente.

—Lo haré —dijo don Jesús, y sus ojos se clavaron en los de Mateo como dos puñales—. Pero quería hablarte primero a ti. Porque eres el capitán. Y porque si algo está pasando con el chico, quiero que me lo digas. Aquí no hay espacio para secretos. El fútbol es un deporte de equipo. Y los equipos se basan en la confianza. Sin confianza, Mateo, no somos más que once extraños corriendo detrás de una pelota.

La palabra «confianza» resonó en la pequeña oficina como un disparo. Mateo pensó en todas las confianzas que había traicionado ya solo por callar. La confianza de sus compañeros, que creían tener un compañero más en el vestuario. La confianza del club, que había fichado a un delantero llamado Lucas Fernández. La confianza de don Jesús, que ahora miraba a su capitán como si pudiera oler la mentira en su aliento.




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