El domingo amaneció gris, con ese cielo plomizo que prometía lluvia para el mediodía. Mateo llegó al estadio dos horas antes del partido, como siempre, pero esa mañana algo era distinto. Había una tensión en el ambiente, un rumor de fondo que no lograba identificar. Los utilleros hablaban en voz baja. El segundo entrenador revisaba las alineaciones una y otra vez. Y don Jesús, en su despacho, no había salido a saludar a los jugadores.
—¿Qué pasa? —preguntó Mateo a Javi, el mediapunta, que estaba atándose las botas en el vestuario.
—No sé, capitán. El mister está de mala leche. Ha cambiado la alineación tres veces esta mañana. Y creo que el novato no va a jugar.
Mateo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—¿Lucas? ¿Por qué?
—Pregúntale a él —dijo Javi, encogiéndose de hombros—. Pero algo le ha pasado. Llegó tarde al calentamiento y el mister le ha echado una bronca monumental. Luego se han encerrado los dos en el despacho y han estado hablando media hora. Cuando ha salido, Lucas estaba blanco como la pared.
Mateo se levantó de golpe. Cruzó el vestuario a zancadas, esquivó a los compañeros que se ponían las espinilleras, ignoró la voz de Rojas que le preguntaba algo sobre la presión rival. Necesitaba encontrarla. Necesitaba saber qué había pasado.
La encontró en el túnel de vestuarios, apoyada contra la pared, con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos del chándal. Llevaba el pelo recogido —siempre recogido— y la cara oculta tras el capuchón de la sudadera. Pero Mateo la conoció igual. La conocía por la forma en que respiraba, por la tensión de sus hombros, por el modo en que apretaba los puños dentro de los bolsillos.
—Valeria —susurró, acercándose—. ¿Qué ha pasado?
Ella levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos, las mejillas pálidas, los labios apretados en una línea dura. No había llorado delante de don Jesús, eso lo supo al instante. Pero había estado a punto.
—Lo sabe —dijo, con voz ronca—. No todo. Pero lo bastante. Me ha dicho que han llegado informes anónimos. Que alguien ha escrito al club diciendo que un jugador del primer equipo no es quien dice ser. No han dado nombres, pero...
—Pero el club ha empezado a investigar —completó Mateo, con el corazón encogido.
—Sí. Y don Jesús me ha dicho que si tengo algo que contarle, que se lo cuente ahora. Porque si la investigación sigue y descubren algo que yo no he contado... entonces no podrá protegerme.
Mateo apoyó la mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Valeria. Podía sentir el calor de su cuerpo, podía oler su olor limpio mezclado con el del césped recién regado. Y en ese túnel, en ese lugar que tantas veces había sido testigo de sus miradas furtivas y sus roces accidentales, Mateo tomó una decisión.
—Vamos a decírselo —dijo.
—¿Qué?
—Vamos a decírselo. Los dos. Él y tú y yo. Le contamos la verdad. Quién eres. Qué haces aquí. Por qué te escondes. Y luego que decida él.
Valeria lo miró como si estuviera loco. Y quizás lo estaba. Quizás el amor te vuelve loco de verdad, te hace perder el instinto de conservación, te convierte en alguien capaz de arriesgarlo todo por una persona.
—Si se lo decimos, me echan —respondió ella, con un temblor en la voz—. Y te echarán a ti también por encubrirme.
—Pues que nos echen —dijo Mateo, y la frase le salió con una determinación que ni él mismo sabía que tenía—. Prefiero que nos echen juntos a que te descubran a ti sola. Prefiero estar fuera contigo que dentro sin ti.
—Mateo...
—No me pidas que sea sensato. No puedo. No cuando se trata de ti.
Valeria cerró los ojos. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas, lentas, pesadas. Mateo las secó con el pulgar, con una ternura que le desarmó a él mismo. Nunca se había sentido así. Nunca había querido a nadie de esa forma tan total, tan absurda, tan contra todo pronóstico.
—Vale —dijo ella, abriendo los ojos—. Vamos.
Caminaron juntos hacia el despacho de don Jesús. El pasillo estaba vacío —todos los jugadores en el vestuario ultimando los preparativos— y sus pasos resonaban en el suelo de cemento como un redoble de tambores. Mateo caminaba delante, un poco más rápido, como si quisiera llegar antes de que el miedo se lo impidiera. Valeria iba detrás, con la cabeza alta, los hombros hacia atrás, la mirada fija en la nuca de Mateo. La mirada de alguien que por fin había dejado de correr.
Llamaron a la puerta.
—Adelante —dijo don Jesús.
Entraron.
El despacho olía a tabaco y a preocupación. Don Jesús estaba sentado detrás de la mesa, con las manos cruzadas sobre el teclado del ordenador. Tenía los ojos cansados, las ojeras profundas, la mandíbula apretada. Cuando los vio entrar a los dos, no mostró sorpresa. Como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía días.
—Siéntense —dijo, señalando las dos sillas frente a la mesa.
Mateo y Valeria se sentaron. Por un momento, nadie habló. Solo se oía el zumbido del ordenador, el rumor lejano de la grada que empezaba a llenarse, el latido de tres corazones acelerados.
—Míster —empezó Mateo—. Lo que le vamos a decir...
—Déjame a mí —lo interrumpió Valeria.
Y entonces, con una voz que temblaba al principio pero que se fue haciendo más firme a medida que avanzaba, Valeria contó todo. Contó quién era. Cómo había llegado a ser Lucas. Por qué se había vendado el pecho. Por qué se duchaba a solas. Por qué nunca se había bajado la camiseta en los reconocimientos médicos. Contó los años de miedo, las huidas, los cambios de equipo. Contó las noches llorando en habitaciones de hotel, las duchas frías para que no se notara el maquillaje de los moretones, las comidas de equipo donde no podía beber alcohol por miedo a que se le fuera la voz.
Contó también lo que no le había contado nunca a nadie. Cómo había empezado todo, con doce años, cuando un entrenador de su pueblo le dijo que no podía seguir jugando con los niños porque ya era una mujercita. Cómo su padre, que la había apoyado hasta entonces, de repente le dijo que tenía que dejar el fútbol y ponerse faldas. Cómo se escapó de casa con quince años, una mochila y unas botas. Cómo conoció a un hombre que le prometió que la ayudaría a cambiar de identidad a cambio de la mitad de su sueldo. Cómo había vivido durante años con el miedo constante a que alguien levantara la mano y dijera: "tú no eres quien dices ser".