El fuera de juego de mi corazón

Capítulo 12: El gol que lo cambió todo

El partido fue una batalla. El rival era un equipo duro, de esos que juegan al límite del reglamento, con defensas que no dudaban en dejar el pie cuando el árbitro miraba para otro lado. Desde el primer minuto, el ambiente en el campo fue eléctrico, crispado. La grada rugía, los banquillos saltaban, los jugadores se encaraban en cada jugada. El cielo gris que había amenazado lluvia durante toda la mañana por fin se abrió, y una llovizna fina comenzó a caer sobre el césped recién regado, haciendo que el balón se volviera resbaladizo y traicionero.

Don Jesús cumplió su palabra: Valeria saltó al campo como titular. Lucas, para el público. Pero ella, para ella misma, era Valeria. Y jugó como tal.

Desde el vestuario, Mateo la había visto ajustarse las vendas por última vez antes de salir al túnel. Lo había hecho con una concentración casi religiosa, enrollando la tela apretada sobre su pecho, sobre su costillas, asegurándose de que nada se moviera durante los noventa minutos. Él había querido acercarse, tocarla, decirle algo que la tranquilizara, pero no pudo. Había demasiada gente alrededor. Demasiados ojos. Así que solo la miró, y cuando ella levantó la vista, intercambiaron un asentimiento. Un gesto mínimo. Un "estoy aquí" silencioso que valía más que cualquier palabra.

El himno sonó, los capitanes intercambiaron banderines, y el balón echó a rodar.

Los primeros minutos fueron de tanteo. El rival, el Racing de Santander, era conocido por su juego agresivo y sus defensas contundentes. Su entrenador, un tipo de sesenta años con cara de pocos amigos, había declarado en la previa que "este equipo no nos va a pasar por encima". Y lo decía en serio. A los tres minutos, el delantero centro visitante ya había hecho dos faltas. A los cinco, el árbitro ya había mostrado la primera tarjeta amarilla.

Valeria jugaba en la banda derecha, su posición favorita. Desde allí podía recortar hacia dentro, buscar el pase a la espalda de los defensas, o simplemente desbordar y centrar. Era su territorio. Y en ese territorio, nadie la superaba. Corría como una gacela, con una zancada larga y elegante que parecía no cansarse nunca. Los defensas rivales, acostumbrados a delanteros más predecibles, no sabían cómo pararla.

El primer aviso llegó en el minuto 12. Valeria recibió un pase de Javi en tres cuartos de campo, encaró a su marcador, y con un giro de cadera que parecía imposible lo dejó atrás. Se plantó en la frontal del área, midió la distancia, y chutó. El balón salió con efecto, buscando la escuadra izquierda, pero el portero visitante —un veterano de treinta y cinco años con reflejos aún intactos— voló y despejó a córner. La grada suspiró. Valeria se llevó las manos a la cabeza, frustrada, pero Mateo, desde el centro del campo, le lanzó una mirada que decía: "sigue así".

Pero el fútbol es cruel. Cuando un equipo no aprovecha sus ocasiones, el rival acaba castigándolo. Y eso fue exactamente lo que pasó en el minuto 23.

Un centro desde la izquierda, aparentemente inofensivo. El portero del equipo local, Iván, un chaval de veintitrés años con más potencial que experiencia, salió a cortar el balón y calculó mal. Se quedó a medio camino, el delantero rival cabeceó suave, y el balón entró mansamente en la portería vacía. Uno a cero. La grada enmudeció. Iván se tiró al suelo con la cara entre las manos.

Valeria se llevó las manos a la cadera y meneó la cabeza. Desde donde estaba, había visto venir la jugada. Había visto el error de Iván antes de que cometiera. Y sintió una mezcla de frustración y compasión. Ella también había cometido errores. También había sido la culpable. Sabía lo que se sentía.

El partido se puso cuesta arriba. El rival, con la ventaja en el marcador, se cerró atrás y empezó a jugar al contragolpe. Cada pérdida de balón del equipo local era un peligro. Cada jugada se volvía más tensa. Los defensas rivales, sabiéndose superiores, empezaron a dejar el pie. Una entrada aquí, un codazo allá, un tirón de camiseta que el árbitro no veía. El juego se volvió feo. Sucio.

Mateo lo notó enseguida. Llevaba demasiados años en esto para no darse cuenta de cuándo un equipo decidía ganar a base de provocaciones. Se acercó al árbitro en el minuto 31, después de una entrada criminal sobre Javi que ni siquiera fue pitada.

—¿No vas a sacar tarjetas? —le espetó, con la voz tensa.

—No me digas cómo hacer mi trabajo —respondió el árbitro, un tipo de cuarenta años con cara de pocos amigos.

—Entonces hazlo bien, coño.

Tarjeta amarilla para Mateo. Protestar también estaba prohibido, al parecer.

En el banquillo, don Jesús vociferaba. Se había levantado de su asiento y caminaba de un lado a otro del área técnica como una fiera enjaulada. Le gritaba cosas al cuarto árbitro, que asentía con indiferencia. El partido se le escapaba de las manos, y lo sabía.

Entonces, en el minuto 34, ocurrió.

Valeria recibió el balón en la banda derecha, a la altura del círculo central. No había nadie cerca —los defensas rivales, confiados, se habían tirado al ataque en una jugada anterior— y tenía espacio para correr. Mateo la vio desde el centro del campo. Vio cómo se giraba, cómo encaraba, cómo empezaba a driblar a los defensas como si fueran conos de entrenamiento. Vio esa chispa en sus ojos, esa determinación feroz que solo aparecía cuando olvidaba quién se suponía que debía ser y simplemente jugaba.

Valeria dejó atrás a dos defensas con una facilidad pasmosa. El tercero la esperaba en la frontal del área, plantado, dispuesto a pararla como fuera. Ella fingió un recorte hacia dentro, el defensa mordió, y entonces ella se fue hacia la línea de fondo. Centro raso, potente, medido al milímetro. Mateo, que había llegado al área como un tren, se elevó por encima de su marcador y cabeceó el balón contra la red.

Gol. Gol de Mateo. Gol de capitán.

El estadio entero rugió. Las gradas, que hacía diez minutos estaban en silencio, ahora temblaban con la celebración. Mateo corrió hacia el córner, se dejó caer de rodillas y deslizó sobre el césped mojado, con los brazos abiertos. Sus compañeros lo rodearon, le dieron palmadas, lo abrazaron. Pero él, en medio de aquella marabunta de cuerpos sudorosos y gritos de alegría, solo tenía ojos para Valeria.




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