Ella odiaba a los gatos, no porque fuera alérgica, simplemente no los soportaba. No encontraba “lo lindo” en un animal que a cada rato dejaba pelos por donde fuera. Jamás tuvo uno, pero hablaba como si alguna vez lo hubiera tenido. Prefería a los perros, y cuando su familia le decía:
-El perro también tira pelos-
Ella respondía:
-Sí, pero un perro es más útil que un gato.
Si había algo que le aterraba era el color negro. Decía que simbolizaba el horror, lo paranormal, tanto de la vida como de la muerte. Siempre repetía:
-Benditos los vivos, que no sufren aquí arriba lo que les hubiera tocado si seguían.
Nadie la entendía; la trataban de loca. Su familia, amigos, conocidos… pero ella jamás dejó de decir lo que pensaba.
Una tarde de invierno tomó una flor entre sus dedos.
-No está viva- Concluyó.
Me acerque y pregunté:
-¿Por qué dices que no está viva, si sus pétalos están más vivos que nunca?
Ella me miró y respondió:
-Sí, son color sangre y parecen brillar más que nunca, pero el frío la ha secado, dejándola mostrar por última vez lo que fue.
Yo la observé y dije:
-¿Te refieres a estar viva?
-pensaba en algo más —respondió—, pero tu pensamiento no está lejos de la realidad.
No dije nada más. Esperé a que se despidiera de la flor, o mejor dicho, de la rosa. Hacía mucho frío y teníamos que volver a casa.
Le encantaba escuchar música clásica. Bailaba aunque lo hiciera fatal, cantaba aunque sonara pésimo. Jamás le dio importancia al “qué dirán”. Cada vez que le preguntaba qué haría al respecto, decía:
-Que digan lo que quieran. Gorda, flaca, alta, baja, bonita, fea, morena o blanca… siempre me juzgarán. Pero te aseguro que en mis últimos días el “qué dirán” no hablará. El silencio los inundará, y se transformará en: “Tan buena persona que era”.
Esa fue su última noche en casa. Se sentía fatal, no por ser ella misma —eso era lo que más amaba—, sino porque su cuerpo ya no soportaba tanto dolor interno. Llegaron el agotamiento y el sueño… y se quedó dormida.
Cuando llegué, no estaba en la cama, estaba en el suelo. Llamé a la ambulancia, la llevaron de urgencia. Toda la familia vio su estado. Yo estaba a punto de quebrarme: ella era lo último que me quedaba. Perderla sería caer en culpa y en una posible depresión. Sabía que no todo era color de rosas… así como el rojo existía, también existía el negro.
-No llores- me dijo ya despierta en una habitación, rodeada de cables que le transmitían “vida”-. Llora por los vivos que lo necesitan, no por los muertos sin vida.
Me quedé callada. No entendía por qué me decía cosas tan duras.
-Los muertos tienen su día—Continuó—. Quiero rosas muertas por el frío en mi lápida, como último deseo.
-¡Cállese! —le grité—. ¡Usted no va a morirse!
-¿Cómo estás segura? —me respondió—. Así como estoy conectada, también podré desconectarme, y no hablo de ahora.
La entendí por primera vez. Volví a mis ocho años, cuando me caí y corrí hacia ella para que me consolara. Me decía:
-Ve e inténtalo otra vez. Prefiero que digas “al menos lo intenté” a que digas “¿y si lo hubiera intentado?”.
Lloré como nunca en su regazo. Ella consolaba sin esperar consuelo, daba sin pedir nada a cambio.
Pasaron dos semanas. Siempre conectada a cables, cada vez más. Yo ya no lloraba; no podía. Me sentía como agua en un tanque que tarde o temprano se vacía. Así fue con mis lágrimas, y ella lo sabía.
Hasta que un día tuvo que fundirse en la oscuridad para encontrar la luz de sus días...