El gato negro

La llegada

¡Miau!

-¡Jesús, María y José! ¡Explícame esto! —dijo sorprendida.

Yo me reí y respondí:

-Ya que dices que vas a morirte, te traje un amigo para que te acompañe.

-¿Un gato? ¿Y negro?

-Deje de ser racista y mire el lado positivo —le dije burlándome.

Lo llamó Luna. Yo le dije que era nombre de hembra, pero el gato era macho.

-No juzgues, sé por qué se lo puse —me respondió.

Luego entendí: el gato era la luna de su sol. Se complementaban.

Solo pasaron tres días. Malas noticias aparecieron y sentí que el mundo se derrumbaba. Entré a la habitación. Nos miramos. No hacía falta hablar.

-¿Sabes? Me gustó el gato… aprendí que a veces es bueno intentar cosas nuevas, porque prefiero decir “al menos lo intenté” a “¿y si lo hubiera intentado?” No la dejé terminar. Sonrió con lo que le quedaba de fuerzas. El gato dormía en su regazo.

-Cuídala, cuídate, amate, ama, sonríe, llora, baila, canta… y jamás dejes que el “qué dirán” corrompa tu alma.

La abracé. Nos abrazamos. No necesitábamos palabras, pero dolía no tenerlas...




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