Ese día me levanté, desayuné, recibí una llamada, me vestí como a ella no le gustaba, con ropa que no combinaba, solo para darle ambiente a la vida. Llegué al hospital. La vi. Me vio.
-Te vi y te miré —me dijo con una pequeña sonrisa.
-Te vi y te lloré —respondí.
El gato descansaba en su regazo.
-No llores por lo que ya no se puede llorar. Tú lloras por mi vida, pero mi vida ya se va.
Tomé su mano. Recordé el invierno, la flor, la vida en lo imposible. El sol se apagó. La luna brilló más que nunca, sin terror, solo comprensión.
Eran las 9:00 a. m. cuando comenzó mi nueva vida.
El gato, al no encontrar calor, se bajó y se acurrucó entre mis pies. Lo tomé en brazos y le dije:
-Bueno, Luna, ahora somos tú y yo. Tú eres mi luna y yo tu constelación.
En la mesita había una nota:
"Sus pétalos son color sangre y parecen brillar más que nunca, sin embargo, el frío la ha secado dejándola mostrar por última vez lo que fue".
Sonreí. Recogí mi bolso y salí.
No era tristeza lo que me acompañaba por los pasillos del hospital, sino la felicidad de haber comprendido a alguien que jamás quiso más de lo que pudo dar.