Ethan
El fuego en la chimenea arde como si quisiera crear todo un incendio forestal. Lanza sombras doradas y naranjas que bailan sobre el techo de madera, creando un falso santuario. El ambiente es engañosamente acogedor, un contraste absoluto con la mina terrestre emocional que estoy tratando de desactivar en mi cabeza. El aire huele a pino quemado y vainilla.
Todos están aquí. El círculo de la verdad, o más bien, el círculo de la farsa. Mike y Hollie están acurrucados en un gran sillón de cuero, intercambiando miradas melosas, la pareja que vive en un musical de Broadway tiene sus problemas internos, pero siguen intentándolo, eso me parece bien.
Tom y Olivia están sentados en sillas separadas, perfectamente erguidos, la rigidez en sus posturas haciendo eco de sus problemas familiares. Ellos son la perfección que solo los abogados de élite pueden lograr mantener hasta que el juicio se cierra. Y Jenni está en el centro, con su expresión de gurú de la energía, sosteniendo un cuarzo de amatista pulido, lista para oficiar nuestro ritual diario de tortura psicológica.
Hollie me ha traído un chocolate caliente en una taza de cerámica gruesa. Sabe a canela, chocolate negro de alta calidad y una pizca de la culpa que siento por haber usado la fantasía de su amiga para arreglar su matrimonio, al menos temporalmente. Yo necesito la cafeína y el azúcar. Mi adrenalina ha estado alta desde que llegué a este estado, y ahora que las crisis personales de las amigas de Valerie han sido resueltas –o al menos, redireccionadas hacia nuevos proyectos y realidades crudas–, me siento más expuesto. El objetivo final ya no es la supervivencia de ellas, es la mía. Y la de mi reina del excel.
Val está sentada a mi lado, envuelta en esa manta de lana gris. Parece inmensamente lejos, inmersa en su propio mundo interno de listas y planes de escape. Su rostro, iluminado por el fuego, muestra una concentración tranquila. A pesar del embarazo y el estrés que le estoy causando, ella irradia control. Un control que sé que es una máscara tan elaborada como mi personaje de “Rodrigo”.
—Bien, parejas —anuncia Jenni, su voz tiene el tono de un director de orquesta que pide silencio antes de una sinfonía—. Damos inicio a la meditación de la conexión. Pero hoy será interactiva. Vamos a jugar a “Yo nunca, nunca...”. Pero con una regla de oro de honestidad total. La confesión debe involucrar una experiencia o una verdad que, aunque sea solo tuya, haya afectado o revelado algo sobre el funcionamiento de tu pareja. Si tú lo hiciste, y afecta o involucra a tu pareja de alguna manera, ambos beben un sorbo de sus bebidas.
El juego comienza con preguntas seguras, casi corporativas.
—Yo nunca, nunca he olvidado un aniversario importante —dice Hollie, mirando a Mike.
Este se ríe y bebe. Hollie bebe con una sonrisa de “lo sabía”. Están en su zona de confort, donde las faltas son perdonables y el amor es el pegamento entre ellos.
—Yo nunca, nunca he revisado el correo electrónico de mi pareja mientras dormía —dice Tom, quien ahora mira a Olivia.
La abogada se congela. Tom sonríe, una sonrisa que dice “te tengo”. Ella bebe, su sorbo es largo, mínimamente calculado. Es una confesión de desconfianza profesional, no romántica. Me doy cuenta de que estos dos no tienen una relación, tienen una auditoría constante. Eso me hace sentir mal, porque realmente deberían hablar entre ellos y decirse sus verdades. Pronto colapsaran y todo su entorno arderá en llamas.
Es el turno de Jenni. Ella cierra los ojos por un momento, siente la energía del cuarzo.
—Yo nunca, nunca sentí envidia real de mi pareja por un logro profesional o personal.
Mike y Hollie beben. Tom y Olivia se quedan mirando sus bebidas. Ninguno bebe. La envidia no existe en su ecuación, solo la competencia y el alineamiento de intereses. Si uno gana, el otro gana. Pero la envidia... la envidia es humana.
—Bebe, Tom —susurra Olivia, y él la mira sorprendido. Ella le guiña el ojo, dándole una prueba de imperfección, tal como Valerie le aconsejó. Tom da su trago y se ríen. Están jugando un juego más profundo que el de Jenni.
Entonces, la gurú me mira a mí. Me siento como si fuera un documento clasificado a punto de ser desclasificado.
—Rodrigo —dice Jenni, con esa voz suave pero penetrante que atraviesa las capas de cinismo—. Lanza una confesión que sabes que es solo tuya, algo que te ha mantenido despierto por la noche, pero que Valerie te ayuda a superar. Una debilidad profunda.
Pienso rápidamente. Necesito una verdad lo suficientemente grande para justificar mi supuesta pasión caótica por ella, pero lo suficientemente vaga para no revelar mi estatus de fugitivo. Necesito ser honesto sin revelar la verdad.
—Yo nunca, nunca he considerado renunciar a todo, a mi carrera, a mi vida estructurada, y vivir en un pueblo pequeño solo por culpa de un impulso... el impulso de no tener que volver a tomar una decisión que afecte a las personas que me importan —digo, mirando fijamente a Valerie. Es una verdad. Mi ansiedad por el fracaso y la responsabilidad me tienen en vela.
Valerie me mira con una ceja arqueada, la única señal de que entiende perfectamente la referencia a mi vida. Ella entiende el peso de la toma de decisiones. Ella bebe de su chocolate. Yo también bebo. La mentira se vuelve un poco más dulce. Es nuestra verdad disfrazada.