Valerie
Hoy he amanecido con una claridad insultante, una de esas que te hace sentir que el mundo es un lugar perfecto, cuando en realidad es una cáscara de huevo a punto de romperse bajo tus pies. El sol rebota en la nieve con tal fuerza que me obliga a entornar los ojos, incluso detrás de mis gafas de sol. Debería estar feliz; anoche logré “reparar” las crisis de mis amigas o al menos ponerles un parche de purpurina, pero la realidad es que me desperté con una sensación de náuseas que no tiene nada que ver con el embarazo y todo que ver con la mirada de Ethan.
Esa mirada. La que me dio anoche mientras sostenía mi mano bajo la manta cuando nadie miraba. No fue la mirada de un fugitivo sosteniendo sus salvavidas. Fue algo más oscuro, más denso, algo que no puedo permitirme analizar si quiero mantener mi cordura.
—Val, ¿estás lista para ser la reina del hielo? —pregunta Hollie, irrumpiendo en mi habitación con un entusiasmo que me hace desear haberme quedado bajo las sábanas de quinientos hilos para siempre.
Mi amiga ya está vestida con un conjunto de esquí blanco que la hace parecer un conejo de nieve de alta costura. Detrás de ella, Jenni intenta domar su cabello, que ha sucumbido a la estática del invierno.
—¿No es un poco peligroso el patinaje para una embarazada? —pregunta Jenni, frunciendo el ceño con genuina preocupación.
—El médico dijo que el ejercicio moderado es bueno —miento con una fluidez que ya empieza a asustarme—. Además, Rodrigo no se separará de mí ni un segundo. Es prácticamente un experto en... equilibrio.
Ethan sale del baño en ese momento. Se ha puesto un suéter de lana grueso color negro y unos jeans oscuros que le quedan peligrosamente bien. Su rostro está serio, sus ojos escanean la habitación y luego la ventana antes de fijarse en mí. Hay algo diferente en él hoy. No es solo el “Rodrigo” encantador que interpreta para mis amigas; hay una rigidez en sus hombros, una alerta felina que me dice que el peligro que presentí anoche no fue una paranoia. Quizás está angustiado de que estaremos al aire libre de nuevo y que Tank puede llegar a donde estamos. Sabemos que ese psicópata está filtrándose por las grietas de este resort.
—No tienes que hacer esto si no te sientes bien —me dice en voz baja, acercándose a mí mientras las chicas terminan de recoger sus bufandas y guantes en el pasillo.
—Tengo que hacerlo —le devuelvo el susurro, sintiendo el calor de su presencia—. Si me quedo encerrada, empezarán las preguntas. Además, eres un experto en supervivencia, ¿verdad? No dejarás que la futura madre de tu “hijo” termine de bruces en el hielo.
Él me mira intensamente, sus pupilas dilatándose por un breve segundo. Parece que va a decirme algo importante, pero al final no lo hace, solo asiente y me ofrece su brazo. Al tocarlo, una descarga eléctrica recorre mi antebrazo. «Es solo el frío» me digo. «O la estática del suéter de lana».
*
La pista de hielo del hotel es una joya arquitectónica: un círculo de cristal perfecto rodeado de pinos cargados de nieve que parecen guardianes silenciosos. El aire es tan gélido que se siente como fragmentos de vidrio entrando en los pulmones, pero el aroma a chocolate caliente y canela que flota desde los puestos cercanos intenta suavizar la atmósfera.
Mientras nos sentamos en los bancos de madera para ponernos los patines, noto que el resort está inusualmente concurrido. Hay familias, parejas tomándose selfies, todos riéndose y siendo felices.
A unos veinte metros, cerca de la zona de mantenimiento, lo veo. Lleva un uniforme del hotel que le queda sospechosamente apretado en los hombros y una barba que parece haber sido pegada por un principiante de teatro. Se mueve con una pesadez que no encaja con el personal de servicio.
Es Tank.
Mi corazón da un vuelco y el chocolate caliente que bebí hace un momento amenaza con volver a subir.
—Ese instructor de patinaje da un poco de miedo, ¿no creen? —comenta Olivia, ajustándose sus patines con elegancia—. Tiene cara de haber salido de una prisión de máxima seguridad, no de una escuela de deportes de invierno. ¿Ya lo habíamos visto antes?
Ethan no responde, pero sigo su mirada. Sus ojos se han convertido en rendijas. Siento cómo su mano se aprieta sobre mi tobillo mientras termina de anudar el cordón de mi patín derecho. Lo hace con una meticulosidad casi obsesiva, asegurándose de que mi pie esté firme.
—Quédate cerca de los chicos, Valerie —dice con un tono que no admite réplicas, un tono que pertenece a Ethan, no a Rodrigo—. No te alejes del grupo. Si alguien se te acerca más de lo normal, grita. No me importa si pareces loca. Solo grita.
—Me estás asustando —susurro.
—Esa es la idea. El miedo te mantiene alerta. La alerta te mantiene viva.
Entramos en la pista. Mike y Hollie ya están dando vueltas, riendo mientras Mike intenta hacer una pirueta y casi termina derribando a un grupo de niños. Jenni y Olivia patinan juntas, hablando probablemente de las repercusiones de la noche anterior. Sus esposos van detrás de ellas, enfrascados también en una conversación.
Ethan me sostiene por la cintura, sí que sabe patinar. Yo lo he hecho muy pocas veces, y eso cuando era una adolescente.