El gran enredo

Capítulo 15

Valerie

No pudimos irnos, los chicos llegaron a la habitación impidiendo que nos fuéramos del lugar, por lo que Ethan a regañadientes volvió a llevar las maletas a nuestra habitación de hotel. He estado en reposo todo un día, hoy es la construcción de muñecos de nieve, pero la advertencia del médico me hizo quedarme en cama. Ahora llevo un collarín molesto, que escoce y fastidia, pero es lo que debo hacer mientras pasan las horas recomendadas, y el efecto del analgésico me ayuda a aliviar el dolor de mi espalda y cuello.

Ethan ha estado muy callado, como si estuviera molesto y preocupado a la vez. Desde la mañana ha estado entrando y saliendo de la habitación, me pregunta cómo me siento, me trae fruta picada y está pendiente de mis comidas. Nunca habría pensado que un hombre como él iba a ser tan atento, pero en todos estos días me ha callado la boca, me ha hecho pensar diferente y ahora no puedo dejar mirarlo con otros ojos.

Anoche cuando llegamos, los chicos estaban encima de mí ayudando con todo el equipaje, el arreglo de las almohadas en la cama, trayéndome chocolate caliente y algunas mantas calientes. Todos hacían algo hasta que el mismísimo Ethan les dio las gracias y les dijo que él me cuidaría.

—Gracias a todos —dice, colocándose junto a la puerta—. Pero el médico fue muy claro. Valerie necesita silencio y descanso absoluto. Yo me encargaré de todo. Por favor, vayan a cenar. Nos veremos mañana.

Saca uno a uno de la habitación con una eficiencia quirúrgica. Cuando la puerta se cierra finalmente con un clic metálico, el silencio que queda en la suite es tan pesado que se puede escuchar el sonido ficticio de la chimenea de la sala.

Ethan no se va. Se quita la chaqueta, se arremanga el suéter y empieza a mover una silla hacia el lado de mi cama.

—¿De verdad te vas a quedar aquí todo el tiempo? —pregunto, viéndolo acomodarse.

—Hice un juramento, Val. Y no hablo del acuerdo —me mira con una intensidad que me hace olvidar el dolor de la espalda—. Te dije que te cuidaría. Duerme. Estaré aquí cuando despiertes.

Las horas siguientes se funden en un sueño intermitente provocado por los analgésicos permitidos para el embarazo y el calor constante de la habitación. Cada vez que abro los ojos, él está ahí. A veces está leyendo un libro de tácticas que oculta cuando me ve despertar; otras veces, simplemente está mirando hacia la ventana, donde la nieve cae con una parsimonia hipnótica.

Es de madrugada cuando la conversación real comienza. No es la charla de “Rodrigo” y “Valerie”, sino algo más de Ethan y yo.

—Cuéntame algo real, Ethan —pido, mi voz es rasposa por tanto dormir—. No sobre el trabajo que haces ni del porqué huyes de un tipo tan grande como Tank. Cuéntame algo de tu vida antes de que todo esto... —hago un gesto hacia el lugar que nos rodea— fuera tu día a día.

Algo en mí pide que se acerque y se acueste a mi lado en la gran cama de la habitación. Pero aún no me atrevo a que lo haga, sin embargo, él lee mi mente, porque me pregunta si puede acercase a mí.

—¿Puedo? —Señala el otro lado de la cama.

Me pongo nerviosa, pero asiento. Me quedo estática cuando siento algo moverse en mi vientre. Hoy empieza mi quinto mes, no sé cómo es que el tiempo ha pasado tan rápido, mi abdomen cada vez es más grande. ¿Será por eso que siento un aleteo?

—Ethan —le llamo, él me mira preocupado. Tomo mi abdomen—. Sentí algo.

—¿Será el bebé?

—No lo sé, pero... ¡Dios mío!

Él me sonríe tan bonito que le regreso la sonrisa, mis ojos se llenan de lágrimas al darme cuenta que estoy feliz de vivir esto con alguien a mi lado, aunque seamos una mentira, en este momento todo se siente real.

—Estoy sintiendo a mi bebé, Mamut —le digo con un sollozo.

Su sonrisa se ensancha más, me acaricia la mejilla y limpia una de mis lágrimas de felicidad.

—Eres tan bonita, reina del Excel —susurra mientras me mira.

Este momento es tan real que hace que mi corazón se acelere más y más.

—Me pediste que te dijera una verdad, ¿cierto?

Asiento.

—Crecí en un lugar que no se parece en nada a este resort —empieza a decir, su voz baja y grave—. Me crie en un suburbio de Brooklyn, mis padres tenían buenos trabajos, aunque mi madre tenía hasta tres. Luego mi padre murió cuando tenía quince años, por lo que tuve que conseguir un trabajo mientras estudiaba para ayudar a mi madre.

Ahora es mi turno de ser sincera con él.

—Crecí intentando ser la “hija perfecta” de una madre que solo se preocupaba por el qué dirán. Mi carrera, mis amigas... todo es una construcción para evitar que la gente vea que, en el fondo, no tengo ni idea de quién soy sin un guion que seguir.

Ethan se inclina hacia adelante, su mano rozando la mía sobre el edredón.

—Lo que hicimos ayer en el hospital... cuando escuchamos el corazón del bebé —dice, su voz tiembla ligeramente—, eso no fue un guion. Fue lo más real que he sentido en años.

Nuestras miradas se entrelazan. En la penumbra de la habitación, la distancia entre el fugitivo y la reina de la planificación desaparece. No hay acuerdo, no hay dinero de por medio, no hay amenaza de un Santa fortachón. Solo hay dos personas rotas intentando encontrar un asidero en medio de una tormenta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.