Ethan
El frío de Burlington no es solo una cuestión de grados bajo cero; es una presencia física que se cuela por las costuras de mi abrigo y me recuerda, con cada ráfaga, que no pertenezco aquí. Estoy de pie sobre una alfombra de nieve blanca y perfecta, en medio de una finca privada cerca del resort que parece sacada de una tarjeta navideña de lujo, pero mis manos tiemblan. Y no es solo por el clima.
—¡Más cerca, Ethan! ¡No tengas miedo de tocarla, por Dios! ¡Eres el padre de ese niño, actúa como si la desearas! —grita Hollie, una mujer pequeña con una energía volcánica y una cámara que parece una extensión de su brazo derecho. Nos ha citado al amanecer para aprovechar la “luz dorada”, aunque para mí todo se ve de un azul gélido y amenazador.
Valerie está sentada en un trineo de madera tallada, envuelta en mantas de piel sintética que cuestan más que mi coche. Su vientre abultado es el centro de atención de toda la sesión. Ella me mira con esos ojos tan hermosos que podrían cortar el cristal. Está molesta. Está tensa. Y, sin embargo, está malditamente hermosa.
—Haz lo que dice —masca ella entre dientes, sin perder la sonrisa profesional que le dedica al lente—. Pon tus manos sobre mí y acaba con esto.
Me subo al trineo. El espacio es reducido, diseñado para la intimidad. Cuando me deslizo a su lado, mi muslo presiona el suyo y siento una descarga eléctrica que me recorre la columna. No es la primera vez que la toco, pero hoy es diferente. Hay algo en el aislamiento de este bosque de pinos que hace que la farsa se sienta peligrosamente real.
Rodeo su cintura con mi brazo. Ella se inclina hacia atrás, apoyando su espalda contra mi pecho. Su perfume es una mezcla de vainilla, sándalo y algo puramente metálico, inunda mis sentidos. Por un segundo, olvido que estamos huyendo. Olvido a Thorne. Olvido mi cuenta bancaria vacía. Olvido que somos una mentira.
—Cierra los ojos, Valerie —susurro cerca de su oído.
Ella obedece. Siento cómo su respiración, inicialmente errática, comienza a sincronizarse con la mía. Mi mano derecha se posa sobre su vientre, pero mis dedos rozan la calidez de su piel justo por encima de la pretina de su falda. Es un contacto mínimo, pero el mundo parece detenerse. No es solo una postura para Hollie. Es algo más. Siento una pulsación en la punta de mis dedos, un calor que sube por mi brazo y se instala en mi pecho.
Maldita sea. Me gusta esto. Me gusta demasiado. Y por la forma en que ella se presiona sutilmente contra mí, sé que ella también lo siente. Estamos cómodos en la mentira. O quizás, la mentira es el único lugar donde podemos ser honestos.
—¡Perfecto! ¡Esa es la química que buscaba! —exclama la chica, disparando ráfagas de fotos—. ¡Parece que no pueden vivir el uno sin el otro!
Si tan solo supiera que lo que nos une es el miedo a terminar en una fosa común. Y más cuando ambos estamos con la mente en el mensaje que nos dejó Thorne en nuestra habitación. Ya no estamos seguros allí, pero no podemos levantar sospechas con los chicos, estos días deben pasar rápido para poder irme de la vida de Valerie.
El almuerzo se lleva a cabo en el restaurante del resort. Es un evento benéfico llamado “La Mesa de Santa”, diseñado para que las familias de la zona traigan a sus hijos a comer con el hombre del traje rojo.
El lugar está saturado de guirnaldas, luces LED y el olor empalagoso del chocolate caliente. En el centro del salón, un Santa Claus de barba postiza y risa ensayada recibe a los niños. Inmediatamente se me hiela la sangre.
Este Santa luce como un hombre de al menos un metro noventa, con hombros que apenas caben en el traje rojo de terciopelo. Lleva mallas rojas que marcan unos músculos de acero y un gorro con blanco.
Allí está Tank de nuevo. ¡¿Hasta cuando?!
Mis pulmones se cierran. Mi primer impulso es agarrar a Valerie de la mano y salir corriendo, pero ella está distraída saludando a una viejita que le habla sobre su embarazo. Intento actuar con normalidad, pero mis ojos no pueden apartarse del Santa gigante. Tank está repartiendo bastones de caramelo con una delicadeza que resulta obscena. Sus ojos, fríos como el hielo de Vermont, recorren el salón hasta que encuentran los míos.
No sonríe. Simplemente inclina la cabeza, un gesto casi imperceptible, y se dirige hacia nuestra mesa.
—¡Ho, ho, ho! ¿Han sido buenos niños este año? —pregunta el Santa Claus, acercándose con el duende a su espalda, que no sé si es un trabajador del hotel o un secuaz de Hoger también.
Valerie se gira y su rostro se pone pálido. Reconoce la amenaza al instante. Tank se queda de pie justo detrás de mi silla. Siento su sombra cubriéndome. Es como tener a un tiburón respirando en tu nuca.
—Este caballero parece que tiene muchas cosas que confesar —dice Tank. Su voz es un retumbar profundo, una nota discordante en medio de la música navideña—. Santa sabe que a veces la gente huye sin dar explicaciones, haciendo daño a hijas indefensas y luego no da la cara. Escondiéndose en lugares donde no debería estar.
Siento una mano pesada posarse sobre mi hombro. Los dedos de Tank aprietan el hueso, justo lo suficiente para que el dolor sea una advertencia clara.
—¿Sabe qué le pasa a los que mienten a Santa, joven? —continúa Tank, inclinándose sobre mí. Su aliento huele a tabaco y menta—. Santa Thorne no tiene chimenea, pero siempre encuentra la forma de entrar. Y cuando entra, no deja regalos. Deja... limpieza. Él odia el desorden.