Ethan
El cuerpo de Valerie pesa menos de lo que imagino cuando la atrapo antes de que su cabeza golpee el mármol frío del vestíbulo. Es un peso muerto, una fragilidad que me quema los brazos. Mi corazón golpea contra mis costillas como un animal enjaulado.
Toda nuestra farsa se ha terminado. Sus amigas finalmente se enteraron, algo que perfectamente es un error.
—¡Valerie! ¡Val! —grito, ignorando a la multitud que empieza a rodearnos.
La gente murmura, pero me importa un bledo lo que digan de nosotros. Solo me importa el color blanquecino de su rostro y el hecho de que este desastre es, en gran parte, responsabilidad mía.
—Apártense —gruño, pero una sombra se proyecta sobre nosotros.
Rodrigo Cortés.
El tipo del abrigo caro. El hombre que la rompió antes de que yo tuviera la oportunidad de intentar arreglarla. Se queda allí de pie, mirando a Valerie con una mezcla de fastidio y una posesividad que me revuelve las tripas. No se agacha. No intenta ayudar. Solo observa, como quien mira un proyecto que se ha salido de control.
—Suéltala —dice Rodrigo. Su voz es una línea plana de autoridad—. Soy su pareja. Yo me encargaré.
Siento una oleada de calor subir por mi cuello. Mis dedos se aprietan alrededor de los hombros de Valerie, protegiéndola.
—No eres nada —le digo, levantando la mirada para enfrentarlo. Sus ojos son fríos, vacíos de cualquier rastro de humanidad—. Ella se desmayó por tu culpa. Aléjate de ella si no quieres que te rompa esa cara de idiota que tienes.
Rodrigo suelta una risa seca, cargada de desprecio.
—¿Y tú quién se supone que eres? ¿El guardaespaldas? ¿El chófer? Tienes ese aire de desesperación que solo tienen los que viven al día. No tienes ningún derecho a meterte en nuestra relación, ni a tocar lo que me pertenece.
—Ella no te pertenece. No es un objeto —respondo, intentando mantener la voz baja por Valerie, aunque por dentro quiero destrozarlo—. Y si tuvieras un gramo de decencia, estarías preocupado por ella y por el bebé, no por tu estúpido orgullo. No la valoras, Rodrigo. Ni a ella, ni a la vida que lleva dentro. No mereces ni pronunciar su nombre.
Él da un paso adelante, acortando la distancia, pero antes de que pueda responder, un grito agudo corta el aire del vestíbulo.
—¡Basta!
Es Olivia. Quien pronunció el nombre de Rodrigo antes, ambos la miramos, pero solo el imbécil a mi lado respondió. Ella viene corriendo con Jenni y Hollie detrás. Sus rostros están desencajados. Pero cuando Olivia llega a nuestro lado, no mira a Valerie con la preocupación habitual. En su mano derecha estruja un sobre de manila amarillento. Sus ojos están inyectados en sangre.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta Jenni, arrodillándose al otro lado de Valerie—. ¿Quién es este hombre?
—Yo soy Rodrigo Cortés —dice él, recuperando su compostura—. Y este... sujeto, se niega a soltar a mi novia.
El silencio que sigue es ensordecedor. Jenni mira a Rodrigo, luego me mira a mí, y luego a Valerie, que empieza a emitir un quejido débil, volviendo a la conciencia. Estos momentos son dañinos para su estado, necesito sacarla de aquí, llevarla a un sitio a salvo, pero siento que será imposible hacerlo.
—¿Rodrigo? —susurra Hollie, mirándonos confundida—. Pero si Rodrigo es... —me señala a mí.
—No —dice Olivia con una voz que suena como el cristal rompiéndose. Tira el sobre de manila al suelo, frente a mis rodillas—. Él no es Rodrigo. Él no es nadie. Es un fraude.
Valerie abre los ojos lentamente. Su mirada está nublada, perdida, hasta que se enfoca en el sobre. Yo sé qué es. No necesito abrirlo. El rastro de Tank es inconfundible. El juego ha terminado.
—¿Ethan? —murmura Valerie, intentando incorporarse. La ayudo a sentarse, pero ella se aparta de mi toque como si mis manos quemaran.
Olivia abre el sobre y saca un fajo de papeles. Mi registro de nacimiento, mi expediente laboral, fotos mías, fotos con Larissa, fotos de mí en el aeropuerto antes de montarme en el avión y venir a Vermont. Todo estaba allí.
Valerie parpadea, recuperando la consciencia justo a tiempo para escuchar esas palabras. Se incorpora con dificultad, apoyándose en mi brazo. Ve los papeles. Ve a sus amigas. El pánico en sus ojos es total, pero no por la verdad de mi nombre, sino porque sabe que el muro se ha derrumbado.
—Chicas... puedo explicarlo —susurra Valerie, con la voz quebrada.
—¿Explicar qué, Valerie? —espeta Jenni, levantándose y dando un paso adelante con los ojos llorosos—. ¿Que nos presentaste a un desconocido como el amor de tu vida? ¿Que nos hiciste llorar de alegría por tu “final feliz” mientras te reías de nosotras?
—¡Yo no me reía! —grita Valerie, su cuerpo tiembla—. ¡Lo hice por miedo! Rodrigo me abandonó embarazada, me humilló... necesitaba protección, necesitaba dignidad... No podía decirles que era un fracaso.
—¡Nos tenías a nosotras para eso! —Hollie interviene, con la voz rota—. Somos las Guerreras. Se supone que no hay secretos entre nosotras. Pero nos engañaste durante semanas. Miraste a Olivia a los ojos mientras le dabas consejos matrimoniales, sabiendo que este hombre es un extraño al que le pagas por mentirnos.